Aprendiendo a Perdonar – Estudio Bíblico

Cuando Jesús dijo: “Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”, estaba hablando en serio (Marcos 11:26). Vivimos en una cultura donde no siempre pen­samos cumplir lo que estamos diciendo. Por consiguiente, no creemos que los demás piensen hacerlo tampoco cuando nos hablan. No se toma en serio la palabra de una persona.

Todo comienza en la niñez. Uno de los padres le dice al hijo: “Si haces eso de nuevo, te voy a dar un par de nalgadas”. El niño no sólo lo hace de nuevo, sino que lo repite varias veces. Después de cada uno de los episodios, el niño recibe de su padre o madre la misma advertencia. Por lo general, no se toman medidas correctivas. Si finalmente se corrige al niño, se hace de manera más ligera que la prometida, o más fuerte a causa de la frustración del padre o la madre.

Ambas reacciones le envían al niño el mensaje de que sus padres no le están hablando en serio, o de que no siempre lo que ellos dicen es cierto. El niño aprende a pensar que no todo lo que dicen las figuras de autoridad es cierto, así que se siente confundido con respecto a cuándo debe tomar en serio lo que dicen, y si en realidad debe hacerlo. Esta actitud se proyecta a otros aspectos de su vida. Parte de este mismo marco de refe­rencia para conceptuar a sus maestros, amigos, líderes y jefes. Cuando llega a ser adulto, ya ha aceptado esto como normal. Sus conversaciones consisten ahora en promesas y afirmaciones en las que dice cosas que no quiere decir.

Le voy a dar un ejemplo hipotético de una conversación típica. Jim ve a Tom, al que conoce, pero con el que lleva algún tiempo sin hablar. ¡No! No puedo creer que me haya tropezado con Tom. No tengo tiempo para hablar.

Los dos hombres se miran.

Jim dice: “Gloria a Dios, hermano. Qué bueno verlo”.

Hablan por un instante. Como Jim tiene prisa, termina diciendo: “Tenemos que reunimos algún día para almorzar juntos”.

En ese breve encuentro, Jim no dijo lo que pensaba, por lo menos en tres ocasiones. En primer lugar, aunque no le entusiasmaba para nada ver a Tom porque tenía prisa, le dijo: “Qué bueno verlo”. En segundo lugar, en realidad no estaba pensando en el Señor cuando lo saludó diciendo: “Gloria a Dios”. En tercer lugar, no tenía intención alguna de convertir en realidad aquella invitación a almorzar. Sólo era un medio de despedirse más rápido y de paso, aligerar su conciencia. Así que en realidad, Jim no pensaba nada de lo que dijo en aquella conversación.

A diario se dan situaciones reales como ésta. Hoy en día, la mayor parte de la gente no toma en serio lo que está diciendo. Entonces, ¿es de extrañarse que nos cueste saber cuándo aceptar la palabra de una persona?

En cambio, cuando Jesús habla, quiere que lo tomemos en serio. No podemos tener de lo que Él dice el mismo concepto que cuando hablan otras autoridades o personas relacionadas con nosotros en nuestra vida. Cuando Jesús dice algo, lo dice en serio. Él nos es fiel, incluso cuando nosotros no le somos fieles a Él. El nivel de verdad e inte­gridad en el que camina trasciende nuestra cultura o sociedad. Cuando dijo: “Porque si voso­tros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”, lo estaba diciendo en serio.

Llevando esto un paso más adelante, Jesús no se limita a decirlo una sola vez en los evangelios, sino que lo dice muchas veces. Así resalta lo importante que es esta advertencia. Veamos unas cuantas de estas afirmaciones que hizo en diversas ocasiones.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

-Mateo 6:14-15

Y de nuevo:

Perdonad, y seréis perdonados.

- Lucas 6:37

En el Padrenuestro leemos también:

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nues­tros deudores.

- Mateo 6:12

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Me pregunto cuántos cristianos querrían que Dios los perdonara de la misma forma que ellos han perdonado a quienes los han ofendido. Sin embargo, ésta es exactamente la forma en que Él los perdonará. Como la falta de perdón abunda tanto en nuestras iglesias, no queremos tomar tan en serio estas palabras de Jesús. Abunde o no, la verdad no cambia. La forma en que perdo­nemos, liberemos y restauremos a los demás, es la forma en que seremos perdonados.

El perdón y el crecimiento espiritual

En nuestro propio ministerio hemos visto muchos ejemplos de falta de perdón. Cuando ministré en Indonesia por vez primera, me hospe­daron en el hogar de un acaudalado negociante. Aunque él asistía con su familia a la iglesia donde yo estaba ministrando, no eran salvos.

Durante la semana que estuve allí, su esposa recibió la salvación. Después la recibió él, y lo siguieron sus tres hijos. Hubo liberación, y cambió por completo la atmósfera de la casa. Su hogar se llenó de gran gozo.

Cuando supieron que yo iba a regresar a Indonesia con mi esposa, nos invitaron a que­darnos con ellos, ofreciéndose a pagar el viaje de avión de mis tres hijos y una joven que los cuidara.

Llegamos y ministramos diez veces en su iglesia. Yo prediqué sobre el arrepentimiento y sobre la presencia de Dios. Sentimos su presencia en los cultos, y todo el tiempo hubo llanto y gritos de liberación.

Nuevamente le ministramos a toda la familia. La madre del esposo, que vivía en la misma ciudad, asistió a todos los cultos. Ella también había contribuido a pagar el viaje de mis hijos con una fuerte cantidad de dinero.

Cuando se acercaba el final de la semana, aquella mujer me miró derechamente a los ojos y me preguntó: “John, ¿por qué yo no he sentido nunca la presencia de Dios?”

Acabábamos de desayunar, y todos los demás se habían marchado de la mesa.

“Yo he estado en todos los cultos”, siguió diciendo, “y he escuchado atentamente todo lo que usted ha dicho. He pasado al frente arrepen­tida, pero no he sentido la presencia de Dios ni una sola vez. No sólo eso, sino que tampoco la he sentido en ningún otro momento.”

Yo hablé con ella un rato, y después le dije: “Vamos a orar para que usted sea llena del Espíritu de Dios”. Le impuse manos y oré para que recibiera el Espíritu Santo, pero no pude sentir en absoluto la presencia de Dios.

Entonces Él me habló al espíritu. “Ella no quiere perdonar a su esposo. Pile que lo perdone.” Le quité las manos de encima. Yo sabía que su esposo había fallecido, pero la miré y le dije: “El Señor me está mostrando que usted no ha que­rido perdonar a su esposo”.

“Así es“, aceptó. “Pero he hecho cuanto he podido para perdonarlo.”

Entonces me habló de las cosas tan horribles que él le había hecho. Así pude ver por qué le costaba tanto trabajo perdonarlo. Pero le dije: “Para que usted reciba algo de Dios, necesita per­donar”, y le expliqué lo que enseña Jesús acerca del perdón.

“Usted no lo puede perdonar con sus propias fuerzas. Debe llevar esto ante Dios, y pedirle primero que Él la perdone a usted. Entonces podrá perdonar a su esposo. ¿Está dispuesto a dejarlo en libertad?”, le pregunté.

“Sí”, me respondió.

La guié en una sencilla oración: “Padre de los cielos, en el nombre de Jesús te pido perdón porque no he querido perdonar a mi esposo. Señor, sé que no lo puedo perdonar con mis pro­pias fuerzas. Ya he fallado, pero ahora, ante ti, lo libero de mi corazón. Lo perdono”.

Tan pronto como dijo aquellas palabras, le comenzaron a rodar las lágrimas por el rostro. “Levante las manos y hable en lenguas”, le indiqué.

Por vez primera, habló en un hermoso len­guaje celestial. En aquella mesa del desayuno sentimos con tanta fuerza la presencia del Señor, que nos sentimos abrumados y maravillados por ella. Lloró durante unos cinco minutos. Hablamos por un momento, y después la exhorté a dis­frutar de la presencia del Señor. Ella lo siguió adorando, y yo la dejé sola.

Cuando su hijo y su nuera lo supieron, se que­daron asombrados. El hijo dijo que nunca había visto a su madre llorar. Ella misma no recordaba la última vez que había llorad. “No lloré ni siquiera cuando murió mi esposo.”

En el culto de aquella noche fue bautizada en agua. Durante los tres días siguientes, su rostro resplandecía con una delicada sonrisa. Yo no recordaba haberla visto sonreír antes. Porque no había estado dispuesta a perdonar, había que­dado prisionera de esa falta de perdón. Pero una vez que dejó en libertad a su esposo al perdo­narlo, recibió el poder del Señor en su vida y se dio cuenta de su presencia.

Publicado originalmente 2013-06-15 14:36:11.

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