¿Cuáles son las Consecuencias de la Obra del Espíritu Santo?

¿Quién es el Espíritu Santo? Respondimos que él es Dios en acción liberadora. ¿Cómo obra el Espíritu Santo? Por lo menos la Biblia nos dice dos cosas: El es el consolador y él es el otro Jesús. Nos queda por considerar una tercera pregunta: ¿Cuáles son las consecuencias de la obra del Espíritu Santo? Cuando el Espíritu Santo se nos presenta en la vida, ¿qué pasa? Quiero hacer dos afirmaciones que me parece en estos tiempos de cierta confusión doctrinal en cuanto al Espíritu Santo, es importante plantear. La primera afirmación es que cuando los cristianos hablamos del Espíritu Santo, a la luz de las Escrituras, estamos hablando del Espíritu que ya vino. Dios el Espíritu Santo es el Espíritu que ya vino. ¿Cuándo vino el Espíritu? Históricamente, conforme a las Escrituras, él vino de una manera muy particular y concreta en la historia el día de Pentecostés. El eco de salvación del Nuevo Testamento es el eco del Espíritu Santo. Esto comienza en Pentecostés, cuando el Espíritu fue derramado sobre la igle­sia de Jesucristo para capacitarla para el cumplimiento de la misión redentora que le cabe en la historia de los hombres hasta que el Señor venga.

Podemos decir entonces, que históricamente el Espíritu Santo vino en Pentecostés. Esto lo conocemos por Hechos capítulo 2. Pero, personalmente hablando, ¿cuándo vino el Espíritu Santo a mí, a Pablo Deiros, a mi vida? Yo testifico con gozo, con alegría y con gratitud al Señor, que el Espíritu Santo, todo el Espíritu Santo, vino a mi vida el día que yo arrepentido abrí por la fe mi corazón a Cristo Jesús y le reconocí como el Señor y el Salvador de mi vida. Cuando aceptamos por la fe a Jesucristo, la plenitud del Espíritu se hace evidente en nuestra vida. Todo el Espíritu Santo viene a nosotros. El Apóstol Pablo escribiendo a los Gálatas en 3:1-3 reprende a los gálatas precisamente por no entender esta verdad: “¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucifi­cado? Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?”

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Cuando hemos abierto nuestro corazón a Cristo, hemos recibido al Espíritu Santo. Cuando yo escuché a un predi­cador en la ciudad de Rosario, en Argentina, invitar a aque­llos que arrepentidos de sus pecados querían recibir a Cristo, y decidí recibirle, nadie me dio una estampita o un crucifijo, ni yo me tragué una hostia o algo por el estilo. ¿Qué fue lo que recibí? El Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Dios. En otras palabras, recibí la plenitud dinámica y activa de la presencia redentora de Dios en mi vida, recibí la plenitud del Espíritu Santo.

¿Cómo vino el Espíritu? El vino totalmente. No vino por pedazos, en entregas periódicas, o parcialmente. El vino totalmente y yo recibí la plenitud de Dios de manera total. El Apóstol Pablo escribiendo en la carta a los Romanos en 8:9 dice: “Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Aquí no se habla en términos de si está lleno hasta la mitad, está lleno 3/4 partes o está lleno del todo. O se tiene el Espíritu o no se lo tiene. Si se tiene el Espíritu se es cristiano, si no se tiene no se es cristiano. No hay confusión. Y si se tiene el Espíritu se tiene todo el Espíritu.

Con esto estamos hablando de la plenitud del Espíritu Santo, o sea, de la presencia total del Espíritu Santo en la vida del creyente. Sin el Espíritu no podríamos ser cristianos. Pablo escribiendo a los corintios en su primera carta (12:13) les dice: “Por un solo Espíritu fuimos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. Y yo agregaría “la misma cantidad”, si queremos hablar en términos de canti­dad. No es que a algunos se dio un poquito más y a otros se dio un poquito menos. No es que los que tenían pecados más grandes de los que arrepentirse se les puso a prueba y se les dio un sorbito, a ver si después con un poco más de con­sagración se les mandaba una cuota mayor. La Biblia dice que se nos dio a beber de un mismo Espíritu, la misma cantidad a todos. Es por esto que el Apóstol puede afirmar: “Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Co 12:3).

La presencia total del Espíritu en el creyente es testimonio de nuestra condición de hijos de Dios. Repito con el Apóstol Pablo (Ro 8:16): “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. Si no estuviera todo el Espíritu en el creyente no existiría ese testimonio, o ese testimonio sería incoherente, o no sería verdad. O todo el Espíritu o nada. O somos cristianos con todo el Espíritu o definitivamente no somos cristianos.

La segunda afirmación es que el Espíritu que ya vino es el Espíritu que no se va. Esto nos lleva a una cuestión más compleja, pero permítanme llamar la atención de ustedes sobre dos cosas. Por un lado, afirmar que él es el Espíritu que no se va, involucra el problema de nuestra relación con Dios y de nuestra actitud hacia Dios. Con esto tomemos muy en cuenta lo que en la Biblia en plural se llaman los pecados contra el Espíritu Sano. Noten el plural de la palabra “pe­cados” para que no haya confusión. Se trata de los “pecados” contra el Espíritu Santo. ¿Quiénes son los que pecan contra el Espíritu Santo? A la luz de las Escrituras es evidente que los que pecan contra el Espíritu Santo son los cristianos, son los creyentes los que cometen estos pecados. ¿Por qué y cómo? Los cristianos pecan contra el Espíritu Santo de dos maneras. Por un lado, según la Biblia, esto ocurre cuando los creyentes apagan al Espíritu. En 1 Tesalonicenses 5:19 el Apóstol exhorta: “No apaguéis al Espíritu”. ¿A qué se refiere Pablo con esta expresión? Los creyentes apagan al Espíritu Santo cuando no hacen aquello que deben hacer. El Espíritu está dispuesto a obrar con todo su poder a través de ellos, pero no puede forzar su voluntad. Con paciencia espera que le permitamos manifestarse a través nuestro. No ser dóciles a sus impulsos y frustrar sus intenciones es pecar contra él. Por otro lado, los creyentes pecan contra el Espíritu cuando lo contristan. Esta expresión viene de Efesios 4:30 donde el Apóstol amonesta: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. Contristamos al Espíritu cuando hacemos aquello que no debemos hacer. Cada vez que transgredimos los manda­mientos el Señor y hacemos cosas que se oponen a su volun­tad revelada pecamos contra el Espíritu. Sea que no hagamos lo que debemos hacer o que hagamos lo que no debemos hacer, en ambos casos se trata de pecados contra el Espíritu Santo.

Pero la Biblia habla también del pecado (noten el singular) contra el Espíritu Santo. En este caso, éste es un pecado propio de los incrédulos. ¿Cuál es el pecado contra el Espíritu Santo? Jesús lo menciona enérgicamente en Mateo 12:31 cuando dice: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres. Mas la blasfemia contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero”. Las palabras de Jesús suenan muy duras y terminantes. Este pecado debe ser muy terrible para que no merezca el perdón del Dios de toda gracia y paciencia. ¿Cuál es este pecado que Dios no puede perdonar? Algunos han dicho que se trata de algún insulto muy grosero contra el Espíritu. Pero el carácter perdonador de Dios se vería seriamente comprometido si él no pudiera perdonar un insulto, como lo hacen muchos seres humanos. Para otros se trata de algún serio error doctrinal. Sin embargo, no es necesario aprobar un examen de teología para entrar al reino de los cielos, de otro modo, ¿quién podría salvarse?

El autor de la carta a los Hebreos en su capítulo 10:29 nos da una clave para interpretar la expresión de Jesús. Plan­teando una situación hipotética, dice él: “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu”, con el rechazo del Hijo de Dios y la salvación por él obrada? ¿Acaso puede haber salvación para alguien que rechaza al Salvador? ¿Pue­de haber perdón divino para quien no quiere ser perdonado? ¿Es posible para Dios salvar por una decisión unilateral suya al pecador sin que el pecador confíe en Dios para su sal­vación? Por su propia naturaleza y carácter, y en coherencia con sus relaciones con los seres humanos, Dios no puede pasar por alto la libertad con que ha dotado a sus criaturas. De modo que el rechazo de la salvación que Dios ha provisto para los pecadores en Cristo Jesús es un pecado imperdo­nable. Ahora bien, ¿por qué Jesús lo califica de “pecado contra el Espíritu Santo” y Hebreos habla de él como la “afrenta al Espíritu de gracia”? Pues porque es precisamente el Espíritu quien convence de pecado, mueve al arrepen­timiento, evoca la fe, conduce a la salvación y produce el nuevo nacimiento. Para decirlo con una sola palabra, el pecado del que estamos hablando es la incredulidad. Y la incredulidad no es otra cosa que la resistencia consciente a la obra salvífica del Espíritu.

El Espíritu Santo que viene a la vida cuando confiamos en Cristo como Salvador y le obedecemos como Señor no se va cuando pecamos contra él con los pecados “en plural”. Pero el Espíritu no viene a la vida cuando con incredulidad se rechaza a Cristo como la única esperanza de salvación. Así, pues, el Espíritu que no se va no viene frente a este solo pecado “en singular”, que impide su obrar regenerador en la vida del pecador. Pero podemos estar seguros que cuando le permitimos morar en nosotros su presencia es para siempre, ya que él mismo es quien nos capacita para nuestra perseverancia por la fe.

¿No es maravilloso saber que todo el poder de Dios está a nuestra disposición gracias a la obra de Cristo y por la presencia poderosa del Espíritu Santo? Si le hemos recibido por la fe, hagámosle espacio en nuestro ser interior para que él se exprese en toda su plenitud, no le apaguemos ni le contristemos. Por el contrario, ofrezcámosle nuestro cuerpo, voluntad, inteligencia y sentimientos para que él pueda ha­cer evidente en nosotros y por nosotros la grandeza de su poder. Si la presencia del Espíritu no es una realidad todavía en su vida, abra su corazón a Cristo e invítele para que él sea su Salvador y Señor. El Espíritu de Dios que está activo en todas partes, puede hoy morar en su vida y hacer que ella se transforme en algo nuevo. El está presente y activo ahora en nosotros. Permitámosle ayudamos a tomar las decisiones de fe que debemos tomar para conocer mejor la grandeza del amor divino.

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