¿Por qué Oramos?

En un mundo de causa y efecto, Dios podría parecer la Causa Suprema de todos los acontecimientos: Dios es el Creador y el ser humano es solamente un instrumen­to u objeto en sus manos, uno de los efectos de esta Pri­mera Causa. En tal caso, el ser humano no es realmente libre o responsable y no tiene dignidad individual. La oración se vuelve solamente un medio de influenciar la Primera Causa para producir diferentes efectos.

Dentro de este paradigma, los seres humanos oran a Dios para intervenir y para encontrar solución a sus diversas necesidades. En la enfermedad, uno acostum­bra orar para pedirle a Dios sanación. En la pobreza material, suele uno orar para pedirle a Dios dinero. En el caso de una vida insatisfecha, la oración es la herra­mienta utilizada para encontrar la felicidad de nuevo. Le pedimos a Dios por todo, incluyendo la victoria en la guerra, ¡imagina cuántos seres humanos deben causar confusión a este Dios a veces! Cuando dos países, dos partidos, dos ideologías o dos personas se encuentran en guerra y oran al mismo Dios por la victoria, ¿qué va a hacer Dios?, ¿puede Dios tomar partido?, ¿toma Dios partido?, ¿pueden los seres humanos cambiar el pen­samiento de Dios? Ciertamente es legítimo orar y pedir por todas estas cosas pero, en lo profundo de nuestro corazón y de nuestra alma, podemos estar orando por razones equivocadas.

Además, ¿qué podemos decir acerca de las perso­nas que lo tienen todo: riqueza, salud, fama, posición, educación, sabiduría, una bonita familia, etc.? Esas per­sonas también necesitan oración, aunque parezca que no tienen necesidades.

Pero, ¿realmente necesitamos razones para orar? Cuando oramos, ¿deberíamos buscar motivos?, ¿debe­ríamos orar porque tal cosa y porque tal otra y por­que…?, ¿necesitan nuestras oraciones tener causas, pues de lo contrario no necesitamos orar? Estas pregun­tas son más bien intelectuales y teóricas, pero la oración debe ser vista como una actividad espiritual que no ne­cesita razones o pruebas. ¿Si realmente no deseamos orar, si tenemos todas las pruebas y razones, si nos for­zamos para decir algunas fórmulas llamadas “oración”, es esto oración?

En este sentido, Dios no necesita oraciones. Aban­donemos este asunto de convertir a Dios en un rey ansio­so de homenaje o en un poder supremo, quien, cuando le pedimos, se satisface al conceder salud, riqueza, empleos, posiciones, elecciones exitosas y cualquier otra cosa que se nos ocurra. En la oración no es Dios quien tiene que cambiar; al contrario, somos nosotros quienes cambiamos. La oración es una fiel entrega a Dios, a través de la cual dejamos que Él haga todo lo que ha deseado hacer durante mucho tiempo, pero que nosotros no lo permitíamos. Con frecuencia, tal vez la mayoría de las veces, no compartimos con Dios las mismas Ideas y opiniones. Sin embargo, Dios sabe mejor que nosotros qué es lo que nos conviene. Oramos para que seamos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1, 4), para ser divinizados en confiada entrega a su voluntad.

En el mundo científico en el que vivimos, la causali­dad no tiene el mismo significado que tuvo alguna vez. Ya no existe una “causa final”, y Dios ya no es visto de esta manera. Más bien, Dios nos creó como personas responsables y desea que su creación sea responsable. Entonces, cuando oramos, de inmediato comenzamos a trabajar en aquello por lo cual estamos orando. Es ver­dad que Dios provee alimento para las aves, pero no envía sus ángeles para colocar la comida en sus nidos. Él hizo algo mejor: dio a las aves alas y energía vital para salir y encontrar la comida necesaria, en el momento oportuno.

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Es absurdo para los seres humanos orar de una ma­nera pasiva. Dios nos dio el poder de participar en su obra y es precisamente ésta nuestra obligación cuando oramos. En efecto, cuando oramos, Dios ora dentro de nosotros; cuando actuamos, Dios lo hace a través nues­tro. En la oración, somos transformados una y otra vez Para el cambio, nuestro corazón es un vehículo más importante que nuestros sistemas ideológicos, sociales y políticos. Sin embargo, solos no podemos cambiar nuestro corazón; más bien, en la oración, Dios nos ayuda a que comencemos a ver las cosas de la manera que Él las ve, y a actuar como Él actúa. Cuando oramos, nos despojamos de nuestros cómodos hábitos, de lo que es familiar para nosotros, del sentido de pena por nuestra antigua personalidad, del temor hacia todo lo nuevo. Con la oración hacemos más profundo nuestro sentido de responsabilidad por los demás, nos acercamos más a ellos y, entonces, vienen a ser una parte de nosotros. La oración nos conduce necesariamente a la acción.

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