La Presencia del Espíritu en el Cristiano – Estudio

Cuando Cristo hubo consumado todas las cosas en la cruz, entregó el Espíritu. Esta frase no sólo indica que Jesús murió, sino que al hacerlo le dio su Espíritu a los discípulos. Fue como un pomo de perfume exquisito que al quebrarse dejó que el aroma invadiera toda su Iglesia.

Desde entonces, y desde que el huracán de Pentecos­tés llenó la casa donde los discípulos estaban reunidos, la Iglesia está llena del Espíritu Santo. El es la atmósfera de la Iglesia, su ámbito. El es el aliento que Jesús sopló sobre los suyos. El es la respiración del cuerpo de Cristo, su vida, su alma.

Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. (Juan. 20:22)

Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados (Hechos. 2:2).

También para cada cristiano el Espíritu es la respira­ción vital. Sin el Espíritu, el cristiano se asfixia, perece. En el corazón de cada creyente el Espíritu hace morada, inhabita, dicen los teólogos. Cada hombre se convierte así en un Templo del Espíritu de Dios

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (1 Corintios 3:16)

¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? (a Corintios 6,19)

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Tan íntima presencia del Espíritu, el Paracleto es dinámi­ca: El es el Maestro interior que recuerda cuanto enseñó Jesús y que lleva hacia la verdad interior, hacia la verdad plena. El es el testigo de Cristo y el abogado que asiste a los cristianos, El es quien lo escudriña todo y lo ilumina todo:

El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros…Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. (Juann. 14: 17,26).

El Espíritu Santo está presente en nuestros corazones como un agua viva, como una corriente de amor que se vierte en nosotros hasta colmarnos, y luego forma un río que mana hasta la vida eterna. Un río de aguas limpias, como de cristal. Un río que da vida y que calma la sed

Me hizo volver luego a la entrada de la casa; y he aquí aguas que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente; porque la fachada de la casa estaba al oriente, y las aguas descendían de debajo, hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar. Y me sacó por el camino de la puerta del norte, y me hizo dar la vuelta por el camino exterior, fuera de la puerta, al camino de la que mira al oriente; y vi que las aguas salían del lado derecho. Y salió el varón hacia el oriente, llevando un cordel en su mano; y midió mil codos, y me hizo pasar por las aguas hasta los tobillos. Midió otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta las rodillas. Midió luego otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta los lomos. Midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado. Y me dijo: ¿Has visto, hijo de hombre? Después me llevó, y me hizo volver por la ribera del río. Y volviendo yo, vi que en la ribera del río había muchísimos árboles a uno y otro lado. Y me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar; y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río. Y junto a él estarán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes; y por sus especies serán los peces tan numerosos como los peces del Mar Grande. Sus pantanos y sus lagunas no se sanearán; quedarán para salinas. (Ezequiel. (47:1-11)

Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna… (Juan 4:14)

En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. (Juan 7:37-39)

Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. (Romanos 5,5)
 Después me mostró un río limpio de agua de vida,  resplandeciente como cristal,  que salía del trono de Dios y del Cordero. (Apocalipsis 22:1).
Un río que bautiza con sus aguas de fuego.

El Espíritu Santo es “Dios —con— nosotros”; cerca­no, íntimo al hombre. Para oírlo no hay que viajar allen­de los mares, ni explorar regiones ignotas, ni remontarse arriba de las nubes. Al Espíritu Santo lo recibimos en nuestro bautismo, en la oración. El está con nosotros. Está cerca, siempre presente, en la intimidad, en el san­tuario de nuestro corazón.

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