Bienaventuranza de no Escandalizarse – Bosquejo

Este es el Bosquejo para Sermones «La Bienaventuranza de no Escandalizarse» que te servirá para predicar en tu iglesia, en alguna reunión, para poder enseñar la palabra de Dios.

Cita Bíblica: Mateo 11:1–12

INTRODUCCIÓN:

500 años antes de Cristo, en ocasión de revelar Dios a Isaías la grandeza que habría de alcanzar su misericordia en la persona del Redentor, le inspira a escribir:

«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos vuestros caminos».

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En ocasiones los pensamientos de Dios son muy diferentes a los nuestros. Esto ocurre muchas veces entre un padre y un hijo de la Tierra. ¿Extrañaremos que sea así con Dios?

—Él es infinito y nosotros finitos.

—Él es eterno, nosotros temporales.

—El es perfecto, nosotros imperfectos.

—Él es omnisciente; conoce no sólo el pasado, sino el porvenir… Nosotros, ignorantes, podemos olvidar o reconocer graves errores pasados. En su caso no hay lugar a esto, porque conoce el futuro. La petición final del Sal. 90 es: «Ordena la obra de nuestras manos… la obra de nuestras manos confirma».

1. Coincidiendo con Dios: es una gran bendición cuando nuestros pensamientos y los de Dios coinciden, pero aquí tenemos un suceso en la vida de Jesús, en que no hubo coincidencia entre el que la sufrió y el que lo permitió, y esto puede ser a veces un motivo temporal de escándalo, o de doble bendición.

2. La bendición de no escandalizarse: Juan el Bautista había sido un correcto precursor de Jesucristo y había obrado eficazmente en orden a su posición delante del Señor…

a) Instruido por sus padres acerca de las maravillas en su propio nacimiento, estaba convencido de que Jesús era el Mesías de Dios, así lo expresó cuando vio a Jesús que se acercaba al Jordán: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Esto era una declaración altamente profética, inspirada por Dios.

b) Llevado por esta convicción declaró sin egoísmo de ninguna clase a sus admiradores que procuraban tentarle excitando su egoísmo natural en todo ser humano, sobre todo en los que han obtenido éxito y fama: «A Él conviene crecer más, a mí menguar». También ésta era otra profecía, pero contraria a los sentimientos humanos.

c) Había predicado sin temor no sólo a gente desconocida, sino también a los escribas y fariseos y a los soldados romanos que podían ofenderse y denunciarlo.

d) Pero por fin habían pasado más de dos años, Jesús estaba casi al fin de su ministerio y a pesar de sus muchos milagros en favor del pueblo judío, no se decidía al milagro mayor de tomar el Reino de manos del rey tirano Satanás. Y esto lleva al gran precursor a pensar:

¿Sería él el Mesías prometido, o algún otro bajado del Cielo en un caballo blanco como lo anunciaban los escribas en cada sinagoga de Israel? Es verdad que muchos sucesos acaecidos con motivo de su propio nacimiento coincidían en suponer que Jesús de Nazaret era el Mesías enviado por Dios. La mudez de su padre tras la visión en el templo, su repentina recuperación del habla y su inspirado cántico en el que él mismo había sido designado como profeta del Altísimo que iría ante la faz del Señor, la visita de María de Nazaret a su madre y el gozo que ambas habían sentido tras el inspirado saludo de su madre a su prima le hacían suponer que Jesús era verdaderamente el Mesías, pero todo esto no eran sino relatos que le habían sido referidos, y aquellos 30 años que Jesús permaneció en la carpintería de Nazaret, parecían hacer dudar de todo lo referente al nacimiento del Mesías.

¿Por qué Jesús no se había manifestado antes a Israel dominando con su poder milagroso a los odiados romanos y sobre todo a los impíos gobernantes Herodes Antipas y Herodes el Tetrarca, el cual había sucedido a su Padre Herodes Arquelao, y no era menos tirano que aquél? Todo ello inducía a dudar de que la voz escuchada con motivo del bautismo de su primo y el hecho de que una paloma se pusiera sobre él al terminar el bautismo de Jesús, no parecían sucesos suficientes para acreditar la mesianidad de Jesús de Nazaret a pesar de los milagros que éste estaba realizando en aquellos tiempos y en Israel.

La realización de milagros no parecía tan extraordinaria como hoy día, sobre todo por la calumnia que habían hecho correr los fariseos de que era en virtud de un pacto efectuado entre Jesús y Belcebú la causa de aquellos prodigios.

3. La gran pregunta de Juan y la respuesta de Jesús: parece que el famoso profeta era visitado en la cárcel por sus más fervorosos discípulos. y a dos de ellos envió a Jesús para que preguntasen: ¿Eres tú el Mesías prometido o esperaremos a otro?

a) El Señor efectuó varios milagros en presencia de ambos discípulos y finalmente les dijo: «Id a informar a Juan de todo lo que habéis visto y decidle: Bienaventurado el que no se escandalizare en Mí».

b) Esta es una bienaventuranza extraordinaria que corresponde a todas las demás sobre todo la que fue pronunciada por el ángel que anunció a la virgen María el nacimiento de Jesús: «Bienaventurada la que creyó…» Hay una gran bienaventuranza en creer, pero es mayor bienaventuranza el creer contra todas las apariencias. Esto sucedería al prisionero Juan dentro de pocos días, cuando llegó a la prisión un mensajero de Herodes con un hacha en la mano y le dijo: «Pon la cabeza sobre este pilón, es orden del rey».

c) Estas palabras eran no sólo un mensaje para Juan, que apenas tuvo tiempo de escucharlo y mucho menos de interpretarlo, sino más bien para miles de discípulos de Cristo, desde Esteban hasta su retorno en gloria que aún esperamos, y concierta muy bien con lo que dice Isaías acerca de la grandeza e incomprensibilidad de los planes de Dios.

d) Eran aplicables a Esteban, a Jacobo y a todos los cristianos de Israel y del mundo a través de los siglos. Muchas veces los planes de Dios no son como los nuestros y entonces o bien podemos decir como Elí: «El Señor haga lo que bien le pareciere» (1 S. 3:18).

e) O bien continuar exclamando como decía Jacob: «Contra mí son todas estas cosas» (Gn. 42:36). Pero ambos se equivocaron, pues ni Job se suicidó, sino que vivió aún muchos años y tuvo hermosas hijas e hijos, ni José había muerto, sino que había sido hecho virrey de Egipto.

f) Sin embargo, muchas veces en la Historia los deseos y clamores de los creyentes han sido frustrados hasta el momento de su muerte. Así ocurrió con el primer mártir, Esteban, y en miles de otras ocasiones. Cuántas oraciones habrían sido levantadas por los creyentes perseguidos pidiendo que Dios entrara en acción para anular los decretos persecutorios de Nerón, Domiciano y otros emperadores, cuando Tertuliano se sintió inspirado a exclamar:

«La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia», ante las muchas persecuciones que se llevaron a cabo durante los tres primeros siglos, y en los días de la Reforma cuando la autoridad religiosa estaba coaligada con las autoridades romanas y Dios permitió que miles de adoradores suyos fueran tratados como herejes, enemigos de la fe, y quemados vivos.

4. La duda no es pecado: apenas los discípulos de Juan habían expresado ante el Señor aquel sentimiento de duda acerca de su mesianismo, cuando Jesús empezó a elogiar a Juan el Bautista, quizás en los mismos momentos de la prueba suprema del gran profeta y servidor de Dios explicando que Juan era su precursor, que había actuado según la profecía con el espíritu y virtud de Elías, ¿por qué? Porque Jesús conocía la realidad de lo que ocurre cuando Dios llama a un siervo suyo por medio de la muerte súbita o como fruto de la persecución. Cuando los enemigos han estado actuando con la aparente pasividad de Dios, sometiendo a sus fieles a las mayores vejaciones y tormentos. Esto es lo que recordamos al visitar la «Torre de Constanza» en Francia. Las torres y calabozos de las islas Issi, cerca de Marsella, el monumento memorial de Smithfield, en Inglaterra, o la cárcel de Triana en Sevilla, y tantos otros lugares en que verdaderos creyentes hijos de Dios sufrieron y murieron del modo más alevoso por su fe en Jesucristo. Todos ellos desde aquí abajo han sido detenidos como los más desventurados de los hombres, mientras que allá arriba han recibido honores celestiales, y la corona de vida (Stg. 1:12; 1 Co. 9:25).

5. La bienaventuranza de los fieles en la dispensación de la fe: ¿Qué significa en este relato acerca de Juan el Bautista la declaración de Jesucristo: «Os digo que entre los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista, pero el que es menor en el Reino de Dios es mayor que él»? Efectivamente, Juan el Bautista había sido el mayor profeta de la antigua dispensación por las obras de la Ley—como dice el texto—(Gá. 3:10). Pero la venida de Jesús al mundo inauguró una nueva era, la de la fe en el Salvador invisible a través de todos los siglo

En esta nueva dispensación ha habido cristianos tan insignes que han llegado a dar su vida por Cristo, pero ha habido también sencillos creyentes que han creído en Jesucristo para su salvación, aislados en algún monte y que apenas saben decir otra cosa que «Jesucristo murió para ser mi Salvador». Juan fue el último profeta de la dispensación de la Ley proclamada en el Sinaí acerca de la cual fue dicho: «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas» (Gá. 3:12–14), y el eje de transición entre ambas dispensaciones, como profeta de Israel había sido el mayor de los profetas, pero ahora había llegado la era de la vida eterna obtenida por la obra de redención del Hijo de Dios hecho hombre, por lo cual puede considerarse que desde entonces la justificación por la Ley había quedado abolida por haber un medio mucho más fácil, y muy eficaz, de salvación para el más sencillo de los creyentes. Así lo expresó el Señor Jesucristo en este incidente del ensalzamiento de Juan (Mt. 11:25–29).

CONCLUSIÓN:

Creo que éste es el sentido verdadero de la declaración de Jesús, «el menor en el Reino de los Cielos mayor es que él» y no significa ningún despojamiento de los méritos humanos y morales de Juan. El había vivido como un nazareno en el desierto, quizá suponiendo que con esto obtenía méritos para la vida eterna, pero Jesús viene a expresar en esta proporción de la Sagrada Escritura que el mérito para la vida eterna depende de Él, en virtud de su sacrificio y de la fe que se adhiere al Salvador, Dios y Hombre. Nosotros hemos hecho esta elección de la fe en Él, abandonando la idea de nuestros propios méritos fomentada por la Iglesia católico romana en los siglos de mayor desvío, pero de mayor intensidad de esta fe, como consta en los escritos de los místicos españoles, que hoy reconocemos como nuestros más iluminados hermanos; véase en la poesía de Teresa de Cepeda (llamada santa Teresa de Jesús):

«Vivo sin vivir en mí,

Y tan alta vida espero,

Que muero porque no muero.

Aquesta divina unión

Del amor con quien yo vivo

Hace a Dios ser mi cautivo

Y libre mi corazón,

Más causa en mí tal pasión

Ver a Dios un prisionero,

Que muero porque no muero.

Sólo con la confianza

Vivo de que he de morir,

Porque muriendo el vivir

Me asegura mi esperanza,

Muerte, do el vivir alcanza;

No te tardes que te espero

Que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba

Es la vida verdadera,

Hasta que esta vida muera

No se goza, estando viva;

Muerte, no seas esquiva

Vivo muriendo primero,

Que muero porque no muero».

Si usted ha sentido o cree que este sermón le ha tocado su corazón y quiere recibir a Jesucristo como su Salvador personal, solo tiene que hacer la siguiente oración:

Señor Jesús yo te recibo hoy como mi único y suficiente Salvador personal, creo que eres Dios que moriste en la cruz por mis pecados y que resucitaste al tercer día  Me arrepiento, soy pecador. Perdóname Señor. Gracias doy al Padre por enviar al Hijo a morir en mi lugar. Gracias Jesús por salvar mi alma hoy. En Cristo Jesús mi Salvador, Amen.

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