¿Quién Amará más? – Bosquejo para Sermones

Este es el Bosquejo para Sermones titulado ¿Quién Amará más?. Sea cual sea la medida de pecado que haya tenido o tenga que perdonarnos, Él merece nuestro supremo amor.

Cita Bíblica: Lucas 7:27–48

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Introducción:

Jesús, mesias, salvador, ovejas, pastor, bosquejoEste incidente tuvo lugar al principio del año de popularidad de Jesús y no debe confundirse, como ha hecho la tradición católica, con la ofrenda de María de Betania una semana antes de la muerte de Cristo. Jesús fue invitado por un fariseo que empezaba a dudar de quién sería Él (v. 39), pero no quiso recibirle con muchos honores para no ser confundido con un discípulo de Cristo y para probar a éste. Las cortesías orientales solían hacerse según la categoría de los invitados, y no quiso conceder a Jesús una alta categoría. El Señor no se dio por ofendido a causa de esto; sabía que tenía que ser el «despreciado y desechado» desde que Él despreció las ofertas del rey de este mundo.

Pero un conmovedor incidente le dio oportunidad de corregir el error del fariseo. Una mujer pública entró confundiéndose con la compañía y al acercarse los invitados a la mesa, ella quedó atrás, y. llorando, echóse a los pies de Jesús. Los judíos tenían la idea de contaminación por el mero contacto con los gentiles o pecadores de cualquier clase. Esto hizo al fariseo dudar de la santidad de Cristo y sus recelosos pensamientos dieron lugar al precioso discurso de Cristo. El esperaba, sin duda, un mensaje del «Profeta» invitado, pero no tan personal. «Una cosa tengo que decirte». Cristo siempre se dirige a los hombres de un modo personal. Así quiere hablamos hoy por este mensaje. Por él nos enseña:

1. Que Él requiere el amor más sincero y ferviente de nuestros corazones: Jesús calló, pero notó la frialdad de su hospedador. Muchos invitaban a Cristo como el fariseo; son cristianos tibios o profesantes; les gusta el cristianismo, pero no el fanatismo, dicen (anécdota: «he dejado mi religión en casa»; un joven, miembro de una iglesia, fue hallado en un baile público por otro joven no creyente. Al expresarle éste su extrañeza por tal encuentro, respondióle el aludido: «He dejado mi religión en casa»).

Pero lo más probable es que no había dejado nada en casa, porque no poseía nada. La religión que es, según su etimología, unión del alma con Dios, no puede dejarse y tomarse a gusto. Cuando existe es algo permanente que domina la conciencia y la vida. ¡Cuántos miles son así! Quieren a Cristo como un invitado a cortos ratos, no como el dueño de sus vidas; no le ofrecen lo mejor que tienen. Cristo calla, porque es el tiempo de prueba para el mundo y para la Iglesia, pero como dice el Sal. 50:21, un día hablará para vergüenza de los tibios e indiferentes; no sea, quizá, de nosotros mismos.

2. A Cristo no puede escamoteársele ni ocultársele nada porque conoce nuestros pensamientos: ésta es una de las características del Cristo histórico, según vemos en este caso y en Jn. 2:25. ¡Cuánto más lo será el mismo Cristo glorificado! Por esto decía Pedro: «Tú sabes todas las cosas» (Jn. 21:17). Cierto, por esto sabe la medida exacta de nuestro amor. El fariseo pensó que la complacencia de Jesús hacia una mujer pecadora era falta de conocimiento. Cuando en realidad era un exceso de conocimiento, no sólo de la mujer, sino del mismo fariseo.

3. Ningún pecado es barrera demasiado grande para el amor perdonador del Señor: ¡Cuán alentador ha sido este ejemplo para millares de pecadores, y pecadoras de la misma índole que ésta que obtuvo tan magnánimo perdón! Ningún pecador es demasiado grande para Él (anécdota: «los desechos del diablo»; cierto pastor, predicando sobre este pasaje de la mujer pecadora, ponderó de tal modo el amor de Cristo hacia los más perdidos que llegó a decir que el Señor no desdeñaría a aquellas almas repudiadas por el mismo Diablo, si es que el Diablo pudiera repudiar a alguien como demasiado miserable o perverso. Al terminar el culto, se presentó en el despacho del pastor una señora cristiana diciendo que venía a protestar de unas palabras del sermón que, según decía ella, «hacían poco favor aCristo». El pastor se disponía a explicar su pensamiento a la airada señora cuando llamaron tímidamente a la puerta. Era una de las mujeres perdidas de la ciudad que venía a dar cuenta de su conversión. Después que el pastor la hubo felicitado y orado con ella, preguntóle qué la había hecho decidir a entregarse a Cristo:

—¡Oh, señor!—dijo la pobre mujer—.

Fueron aquellas palabras de que Jesús no rechazaría ni aun a los desechados por el Diablo. Yo me siento tan vil después de mi vida de pecado que no me extraña que los hombres me desprecien, y me parecía que aun en el infierno las gentes deberían apartarse de mí. Pero el Salvador que usted ha descrito es exactamente aquel que yo necesitaba, por esto he acudido a Él.

Cuando esta mujer se marchó, la primera visitante se hallaba conmovida y no necesitó ninguna otra explicación).

4. Hay la misma imposibilidad para el pecador pequeño que para el grande sin la misericordia de Dios: esto va implicado en la parábola, y sobre todo en la frase «no teniendo ambos que pagar». Si el fariseo no era culpable de pecados de adulterio tenía, sin duda, una naturaleza inclinada al mismo pecado. Todo hombre o lucha o se complace con el pecado, pero no está libre de su influencia. Si Simón se hallaba en el primer caso, debía ser más comprensivo con la mujer; si en el segundo, su hipocresía le condenaba. Alguien ha dicho que de haberse conocido bien a sí mismo, se habría puesto al lado de la mujer a los pies de Jesús. Notemos tres errores de Simón:

a) Creía que el santo debe apartarse del pecador.

b) Que esta mujer era todavía pecadora.

c) Que él mismo era santo.

¡Cuántos sin ser Simón han caído en estos mismos errores! La frase «perdonó a ambos» en griego es «hizo caridad a ambos». Esto necesitamos de parte de Dios, caridad, no justicia. Mientras esperemos justicia no podrá haber perdón. Sobre el terreno de la justicia estamos todos perdidos; sobre el del perdón estamos todos salvos (anécdota: «la acertada frase de Josefina»; una muchacha de lindo aspecto fue a visitar a Napoleón pidiéndole gracia para un hermano suyo condenado a muerte. El emperador se negó afirmando que la culpabilidad del joven estaba probada.

—Pero es que yo no vengo—exclamó la afligida muchacha—a pedir justicia, sino perdón.

Josefina, que así se llamaba la joven, consiguió no tan sólo la libertad de su defendido, sino que Napoleón, prendado de su hermosura e ingenio, la elevó a emperatriz de Francia hasta que su imposibilidad en darle hijos hizo que fuese sustituida por María Luisa. Perdón, no justicia, necesitamos nosotros de parte de Dios. Afortunadamente, su gracia es súper abundante; no es transitoria ni veleidosa como la del ambicioso emperador).

¿Por qué hay tal imposibilidad? Jesús lo expresa en Lc. 17:10. Al hombre perfecto no le sobra nada para pagar a Dios sus beneficios, que nos rodean por todas partes, y aún menos las ofensas pasadas de nuestra ingratitud y desamor. Fuimos creados para esto, para la santidad, la obediencia y la gratitud a nuestro Creador. Cumplirlo de modo absoluto es como el jornalero que gana justo para la vida; si se atrasa no tiene con qué recuperar lo perdido. ¡Pobre del que confía en su justicia! (anécdota: «Tomas Hookes en la hora de la muerte»; algunos amigos del piadoso Tomas Hookes trataban de consolarle en la hora de la muerte, recordándole las nobles acciones de su vida, pero éste exclamó:

—No me habléis de estas cosas pequeñas e insuficientes. Habladme de la todosuficiente obra de Cristo en mi favor).

5. Jesús requiere que nuestro amor sea expresado: si la mujer se hubiese quedado fuera, amando a Cristo y deseando su perdón, pero sin osar expresar sus sentimientos, nunca habría oído la consoladora frase «tus pecados te son perdonados». Pero ella había escuchado, quizás, el llamamiento de Mt. 11:28, el cual fue pronunciado en aquellos días (según vemos por el contexto comparado de Mateo y Lucas). Aquello despertó su amor y no pudo ocultarlo. Notemos que el perdón fue consecuencia de esta actitud de la mujer, «perdonados porque amo mucho». ¿A quién? No a los que la envilecieron, sino al que la podía salvar. Pero sin expresar este amor no podía haber perdón. Por esto dice en Ro. 10:9:

«Si confesares y creyeres…» Si le amas, díselo y dilo a otros. De ahí las ordenanzas externas, el bautismo y la Cena del Señor. Pobre cristiano es, empero, el que se limita a tales expresiones rituales, pues el amor a Cristo debe ser expresado constantemente y de muchas formas. La mujer no pensó en el ridículo de ir a llorar sus pecados en público, ni en las malas interpretaciones que podían darse a su actitud, porque la oferta de descanso espiritual de parte de Cristo le había llegado al corazón. Cuando el alma mira fijamente a Cristo, no repara en los demás. Dice Spurgeon: «Las conversiones ruidosas de otros tiempos, con llanto y desvanecimientos en público están fuera de moda en este siglo, pero me temo que lo están también los frutos de aquella vehemencia». Falta expresión al amor a Cristo. ¿No será porque éste ha menguado generalmente? El vapor a alta presión tendrá que manifestarse o en un expansionamiento ruidoso o haciendo correr el tren; lo peor es que falte presión. Mejor es que el amor a Cristo se expresa en actividades útiles que en meras manifestaciones emotivas, pero es peor la ausencia de una y otra cosa.

6. Es preferible mucho pecado perdonado que poco sin perdonar:esto no es atenuar la gravedad del pecado. Feliz mil veces el que tiene menos pecado que presentar a Dios, menos ofensas al que sólo merece amor. Por otra parte, es difícil que no queden consecuencias del pecado en nuestras vidas, incluso después de obtenido el perdón (anécdota: «los agujeros en la puerta»; el padre de un travieso niño, queriendo hacerle observar su conducta, propúsole que cada vez que cometiera una mala acción o desobediencia pondría un clavo en una puerta de la casa, y cada vez que ejecutara una buena, arrancaría uno de aquellos. Avergonzado el niño al ver la puerta casi llena de aquellos mudos testigos de su mala conducta, enmendóse hasta el punto de que no quedara más que un solo clavo en la puerta. Cuando éste fue, por fin, arrancado, el padre observó que el muchacho no se mostraba tan complacido como era de esperar. Al preguntarle el motivo, respondió: «Cierto, los clavos están fuera, pero quedan los agujeros»).

Hemos podido ver a muchas personas limpiadas de sus pecados por la preciosa sangre de Cristo en nuestros largos años de pastorado. Pero en no pocas quedaban los agujeros del pecado, en su salud física quebrantada o en su carácter ya formado. Recuérdese, empero, que muchos agujeros, aunque afean, no inutilizan la madera, pero un solo clavo no arrancado imposibilita del todo labrarla. Así es con el pecado no perdonado.

Pero no olvidemos que un solo pecado puede privar al hombre del acceso a Dios y a la santidad, y la misma bondad natural puede crear una falsa confianza en nosotros mismos que nos inhabilite para acudir al indispensable Redentor de nuestras almas.

Conclusión:

Sea cual sea la medida de pecado que haya tenido o tenga que perdonarnos, Él merece nuestro supremo amor. No es que el que tenga mucho pecado haya de amar más y el que tenga poco pueda amarle menos, puesto que el sentimiento del pecado depende más de la conciencia del ofensor que de los propios hechos. Hay santos que lloraron sus pequeñas faltas del mismo modo que también hay grandes pecadores que se ríen de su impiedad. Si alguien ha sido noble, fue el discípulo Juan, y él amó mucho.

Si alguien fue justo según la ley, es Pablo, y éste se creyó el primero de los pecadores y amó también mucho. No es sólo al que se perdona más, sino el que siente mejor su pecado quien ama más. Cristo es muy sensible a las diferencias del amor. Él se siente amado más o menos por las almas. A Pedro dice: «¿Me amas más que éstos?». No sólo: « ¿Me amas?»; esto era evidente y notorio, sino «¿más que éstos?», en un grado superior a otros. ¿Somos nosotros de los que amamos más o de los que amamos menos a Cristo?

Si usted ha sentido o cree que este sermón le ha tocado su corazón y quiere recibir a Jesucristo como su Salvador personal, solo tiene que hacer la siguiente oración:

Señor Jesús yo te recibo hoy como mi único y suficiente Salvador personal, creo que eres Dios que moriste en la cruz por mis pecados y que resucitaste al tercer día  Me arrepiento, soy pecador. Perdóname Señor. Gracias doy al Padre por enviar al Hijo a morir en mi lugar. Gracias Jesús por salvar mi alma hoy. En Cristo Jesús mi Salvador, Amen.

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