¿Acción o Reacción? – Estudio

Hay momentos en los cuales, después de haber cedido repetidamente a la misma tentación y haber sido manchados por el mismo pecado, nos preguntamos con an­gustia y desesperación: ¿Será posible que Dios aún me ame? ¿A mí, que soy débil y que no puedo vivir de acuerdo a su volun­tad? ¿A mí, que soy abiertamente impío? ¿A mí, que soy peca­dor, no solo por naturaleza, sino en la práctica, en la realidad y en este mismo momento? ¿A mí, que, queriendo ser su hijo, muchas veces actúo como un extraño, como su enemigo?

La respuesta natural y lógica a esta pregunta es: «No. No es posible que Dios me ame». La conclusión inevitable es: «Soy demasiado perverso para ser amado por un Dios tres veces santo».

Sin embargo, en esos momentos de fracaso espiritual, de pro­fundo desconsuelo y de terrible remordimiento, en los mo­mentos cuando los negros nubarrones de la inseguridad y la desesperación nos ocultan toda posibilidad de salvación y acep­tación por parte de Dios debemos, no porque así lo sintamos, sino por fe, aferramos con todas nuestras fuerzas a las palabras:

«Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros». (Romanos 5:8)

Sí, cuando tú y yo somos activamente desobedientes a Dios, él nos sigue amando. Cuando tú y yo nos hallamos en abierta re­belión contra Dios, él sigue amándonos. Cuando tú y yo permanecemos hostiles a Dios, él sigue amándonos. Cuando tú y yo decidimos ignorar a nuestro Creador, él continúa amándonos. Cuando tú y yo decidimos no sometemos al Rey de reyes y Señor de señores, no amarlo, no adorarlo, no servirle, él mantiene su amor constante hacia nosotros. Cuando tú y yo merecemos ser eliminados por el Todopoderoso, él decide, en lugar de aniquilamos, luchar por redimimos, demostrándonos su amor por medio del sacrificio de su Hijo en la cruz del Calvario.

«Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por noso­tros». Esta promesa es tan vital que merece que intentemos descubrir todos sus matices, leyéndola en otras versiones:

Dios Habla Hoy: «Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nos­otros».

Biblia de Jerusalén Latinoamericana: «Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Nueva Biblia Española: «Pero el Mesías murió por nosotros cuando aún éramos pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene».

La Biblia Latinoamericana (San Pablo / Verbo Divino): «Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nos­otros cuando todavía éramos pecadores».

Versión crítica de Cantera-Iglesias (BAC): «Pero Dios hace resaltar su amor a nosotros por el hecho de que, cuando nosotros éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros».

Este versículo destaca la amarga realidad de nuestra pecaminosidad, el hecho histórico de la muerte de Cristo y la seguridad de que esa muerte fue en nuestro favor, en tu favor, en mi favor.

En esta afirmación encontramos la realidad, la base, la esencia, el abecé del verdadero evangelio:

  • Para empezar: Tú y yo somos pecadores y merecemos la muerte eterna.
  • En segundo lugar: Dios, a pesar de que somos pecadores, malvados y depravados, nos ama.
  • Y tercero y último: El Padre entregó a su Hijo amado para que muriera por nosotros.

ensayo, amor, Dios, oveja perdida, reacciónJohn Newton, el perverso traficante de esclavos que se con­virtió al cristianismo, escribió el conocido himno que entre otras cosas, proclama: «Sublime gracia del Señor que a un in­feliz salvó. Fui ciego, mas hoy miro yo, perdido y él me halló». Y poco antes de morir, a los ochenta y dos años de edad, con­fesó: «Ya casi no tengo memoria, pero sí recuerdo dos cosas: que soy un gran pecador, y que Cristo es un gran Salvador».

Dios nos ama de manera incondicional. Es decir, nuestro Padre celestial no necesita una condición especial en nosotros para amarnos. El Señor nos ama, no por lo que somos, tene­mos o hacemos. No, Dios nos ama simplemente porque así es él, porque él es amor.

Dios no reacciona al amor, él es la fuente del amor. El amor de Dios no es suscitado desde el exterior por nuestra conducta, sino que surge de dentro de él por la propia esencia de su ser. El Creador es la fuente de su amor. El amor del cual se habla en este versículo es el amor de Dios, el amor que surge en Dios, no que es suscitado en Dios.

El texto dice que Dios mostró, probó, su amor hacia noso­tros siendo nosotros pecadores, cuando todavía éramos pe­cadores. No hay nada en el pecador que atraiga el amor de Dios, al contrario todo lo que hay en nosotros nos hace in­dignos de ese amor. Dios nos ama por lo que él es, no por lo que nosotros somos.

El amor de Dios es incomparable. No tiene parangón o paralelo alguno. Nadie amó en el pasado, nadie ama en el presente, y nadie amará en el futuro como ama el Señor. Noso­tros los humanos reaccionamos al amor con amor. Nosotros somos motivados al amor por el amor. Sin embargo, el amor de Dios ni es una reacción, ni es motivado, es simplemente generado. Por eso nunca, no importa lo que seamos ni lo que hagamos, dejará Dios de amamos. Y por eso los actos de Dios, ya sean bendiciones, disciplinas o castigos, siempre serán ac­ciones, no reacciones, de su amor hacia nosotros, y medios para nuestra redención.

Notemos que lo más destacable de estas palabras, como prueba del amor de Dios, no es la vida de Cristo, no es la en­señanza de Cristo, no son los milagros de Cristo, no es la in­tercesión de Cristo… ¡Es la muerte de Cristo!

Por último es necesario que comprendamos que nuestra salvación depende completamente del amor de Dios por noso­tros. Nosotros nos vamos a salvar o nos vamos a perder, no porque hayamos hecho cosas buenas o porque hayamos hecho cosas malas, ¡no! Nosotros somos salvos porque nos dejamos amar por Dios, y nos podemos perder si nos nega­mos a ser amados de Dios.

Alguien se estará preguntando: ¿Y qué sucede con nues­tra conducta?

Nuestra conducta es un resultado de nuestra reacción al amor de Dios. Si no aceptamos su amor viviremos en rebelde desobediencia. Si aceptamos su amor viviremos en gozosa obediencia.

Se cuenta de un fiel ministro del evangelio llamado Peter Miller, que tenía un vecino que lo odiaba por su incuestiona­ble testimonio cristiano. De hecho, aquel hombre se oponía violentamente al pastor Miller y ridiculizaba a sus feligreses. Un día este infiel fue encontrado culpable de traición y con­denado a muerte.

Cuando el pastor Miller se enteró de la noticia, viajó de in­mediato para interceder por él frente al presidente George Washington. El general escuchó los sinceros ruegos del pastor Miller, pero le dijo que no perdonaría la vida de su «amigo».

— ¿Mi amigo? ¡Ese hombre no es mi amigo! — respondió de inmediato Miller—. Es mi peor enemigo.

— ¡Qué! —exclamó llenó de asombro Washington— ¿Usted ha caminado sesenta millas para salvar la vida de su enemigo? Esto cambia completamente la perspectiva del asunto. Le voy a conceder su petición.

Con el perdón en la mano, Miller se apresuró al lugar donde su vecino iba a ser ejecutado y llegó justo en el mo­mento en que el prisionero era conducido al patíbulo. Cuando el traidor vio a Miller, exclamó:

— ¡Viejo Miller, has venido para vengarte de mí viendo cómo me ejecutan…!

Quedó, sin embargo, asombrado, al ver al ministro salir de la muchedumbre y leer el indulto que salvaba su vida.

Peter Miller llevó a cabo un acto noble, pero su acción es apenas una sombra de lo que hizo Cristo, quien no solo obtuvo el perdón de sus enemigos, sino que murió por ellos para lograrlo.

Mi pregunta es: ¿Creeremos que Dios nos ama?

Mi pregunta es: ¿Nos dejaremos amar por Dios?

Y mi ruego es: Creamos que Dios nos ama y dejémonos amar por Dios.

Esto es lo único que tiene el poder para cambiar total­mente nuestra conducta, nuestro carácter, nuestro ser; en fin, cambiar total, completa y definitivamente nuestra vida. ¿Reaccionaremos a la acción de Dios?

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