El Consolador – El Espíritu de Dios que Mora en Vosotros

Cita Bíblica: Juan 16:5-33

Pero Yo os digo la verdad: Os conviene que Yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Juan 16:7

Pocos argumentos encontraremos en nuestra mente para convencemos de esta conve­niencia de la que habla Jesús a sus discípulos. “Os conviene que Yo me vaya”. Es una de esas frases que nuestra voluntad se resiste a admitir sin que nos invada una som­bra de tristeza. Esto mismo les sucedía a los discípulos de Jesús, en quienes recono­ce esa tristeza cuando les dice:

“Porque os he dicho estas cosas tristeza ha llenado vuestro corazón” (v. 6).

Pero esta tristeza momentánea era necesaria para que se cum­pliese el plan de salvación anunciado por los profetas. Esa consumación la haría Jesús en la cruz del Gólgota; pero la aplicación de esa obra consumada en Cristo la aplica­rá el Consolador, el Espíritu de Verdad, a todo el que es de la fe de Jesucristo. Comenzaba la hora en que los frutos de la salvación de Cristo se verían en sus re­dimidos. Por eso era necesario el Espíritu consumador y ejecutor de esos frutos en todo el que acepta a Cristo como su único y perfecto Salvador. El hombre, si no tiene el Espíritu, sólo puede vivir conforme a los deseos de su propia naturaleza, que nunca podrán agradar a Dios. Jesús iba a consumar el sacrificio de Sí mismo para el perdón total del pecado. El apóstol Pedro dice:

“Quién llevó El Mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, viva­mos a la justicia” (1 Pedro 2:24).

Aquí entra de lleno la presencia activa del Espíritu para convencer al hombre de pecado, de justicia y de juicio (v. 8).

a) De pecado:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Jesús está totalmente de acuerdo con este veredicto, cuando dice:

“Si no creéis que Yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:14).

En esta situación sólo hay una salida: Creer en Cristo. Porque:

“Todo aquel que permanece en Cristo, no peca; todo aquel que peca no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:6).

El Espíritu no te acusa de pecado, te con­vence de tu incredulidad, por eso estás lleno de pecado, porque no aceptas en tu vida al que quita el pecado de ti, a Jesucristo.

b) De justicia:

“La justicia por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en El…Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es Cristo Jesús” (Romanos 3:22,24).

El Espíritu te convence, de que tú por medio de la fe en Jesucristo, sin prestación alguna de tu parte, sino gratuitamente Dios te ha perdonado todos tus pecados mediante la san­gre de Su Hijo, de tal manera que Dios te ve vestido con la justicia de Cristo. Por eso el Espíritu con la Palabra nos alienta diciendo:

“Renovaos en el espí­ritu de vuestra mente, y vestios del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:23-24).

c) De juicio: Este juicio se celebró en la cruz de Cristo triunfando sobre las potestades de las tinieblas (Colosenses 2:15).

El veredicto está claramente confirmado y reza así:

“El que cree en Cristo, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18).

Llama la atención en este veredicto que en la causa de condena, no se hace referencia a las malas obras o buenas, ni a los pecados u omisiones, sino que se dice:

“Porque no han creído en el nombre del Unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).

No sería escandaloso decir, según esto, que Dios nunca te condenará por tus pecados, sino por tu incredulidad, porque no has creído en Su Hijo Unigénito Jesucristo. No nos llamemos a engaño, sin el Espíritu de Verdad, nos sucederá lo mismo que a los discípulos, todas estas cosas “no las podremos sobrellevar” (v. 12).

Pero cuando venga el Espíritu de Verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir. Juan 16:13

Dios, consolador, espíritu

El Señor Jesús hace notar a sus discípulos, que como hombres naturales sin la guía del Espíritu no alcanzarían a comprender y a vivir Su obra salvadora. Por eso el Espíritu es el único a quien el Padre por medio de Cristo, le ha encomendado el guiar a toda la verdad a los que son de la fe de Jesucristo, para que se haga en ellos reali­dad la obra salvífica de Cristo.

El Espíritu, pues, nunca nos propondrá un conjunto de noticias novedosas como al­gunos pretenden, sino que alumbrará el entendimiento del creyente para que sepa y acepte en plena certidumbre de fe lo que Dios le ha dado en Su Hijo Jesucristo: per­dón de pecados y herencia entre los santificados.

Tampoco el Espíritu está vinculado a un determinado magisterio eclesiástico, que pre­tenda hacer hablar al Espíritu para su propia cuenta doctrinal. El Espíritu no habla nunca por su propia cuenta, ni a cuenta de ningún magisterio, sino que “mora y es­tá” en el creyente (Juan 14:17), “para que sepa lo que Dios le ha concedido” (1 Corintios 2:12). Y el Espíritu siempre habla lo que Cristo ha dicho, y nos lo recuerda una y mil veces, confirmando en nosotros su vida y en nuestro corazón la esperanza cierta en sus promesas. Cuando un hombre, como el Papa, se arroga una asistencia especial del Espíritu por razón de su oficio, está intentando que el Espíritu glorifique al hombre y no a Cristo, que dice:

“El Espíritu me glorificará; porque tomará de lo Mío y os lo hará saber” (v. 14).

No dice que se lo hará saber a uno en un determina­do oficio, como el Papado, sino que el Espíritu hace saber a todo el que cree en Cristo, lo que Jesús es para él; y lo que ha hecho y hace en su vida diaria, hasta hacerle cohe­redero con Cristo (Romanos 8:17). Si alguien se atreve a decir que el Espíritu le ha guiado a otra “verdad” que no sea Jesucristo, tal persona miente a la Verdad del Espí­ritu y de Jesús.

También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vues­tro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. Juan 16:22

El Señor compara el porve­nir de los suyos con un nuevo alumbramiento; por un lado hay dolor y angustia, y por otro gozo y perenne alegría. Esto se dio en sus discípulos cuando pasaron de caminar viendo al Señor Jesús, a ser privados de su presencia física para caminar por fe en el poder del Espíritu. Y lo mismo le sucede a todos aquellos que creen en Jesucristo por la palabra de ellos. Y sabed que “nadie os quitará vuestro gozo”.

“Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre” (v. 29).

Esta no es una partida definitiva, sino que el Señor se adelanta para prepararnos lugar en la casa del Padre (Juan 14:2), después de abrimos camino nuevo y vivo para ir al Padre (Hebreos 10:20).

El Señor Jesús siempre se había ocupado personalmente de todo lo que necesitaban sus discípulos, incluso el orar por ellos al Padre. Por eso Él les dice:

“Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cum­plido” (v. 24).

El Señor les revela que el Padre mismo les ama y les dará todo lo que le pidan en Su nombre. Este clima de confianza y seguridad en el Padre parte de Cristo y es fuente de gozo indecible. El mismo apóstol Pedro es anunciador de este gozo diciendo:

“A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo aunque ahora no le veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8).

Pero los apóstoles antes de sentir ese gozo inefable y glorioso tuvieron que pasar tran­ces muy amargos; incluso cuando se sienten seguros de su fe por la claridad con la que el Señor les habla, tienen que escuchar de sus labios esta pregunta: ¿Ahora cre­éis? Esta fe no sufriría la prueba de permanecer junto al Señor, cuando Él tuvo que afrontar su hora final. Él proféticamente les dice:

“He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (v. 32).

La grandeza del amor del Señor hacia los suyos se muestra en esta situación con toda nitidez. Jesús no les dice todo esto a sus discípulos para reprocharles su poca fe, ni que le dejen solo en esa hora crucial. Él sabía muy bien que sin el poder de lo alto, que recibirían por el Espíritu, no podían soportar esta prueba, ni ninguna otra. La razón por la cual el Señor les dice todo esto, lo aclara diciendo:

“Estas cosas os he hablado para que en Mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (v. 33).

Y, sin embargo, ellos dejan solo a Jesús, su fortaleza de paz, y corren cada uno por su lado a la aflicción del mundo; dejan solo al Vencedor del mundo y corren a ocultarse en el vencido mundo.

¿Y tú qué haces? No lo dudes. Confía en Jesús, en Él tendrás Paz.

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