La Conversión como Despertar Espiritual – Estudio

Un nuevo comienzo y un proceso transformador

La raíz de la conversión, como la raíz de la evangelización, se halla en los escritos proféticos. Allí el verbo hebreo shub, que significa “volverse”, aparece más de mil veces. Va vincu­lado con el llamado que los profetas hacen a Israel a que se aparte de sus pecados, que regrese a Yahvé, y que renueve sus votos. Esta palabra aparece también en conexión con las acciones de Dios para con Israel y las naciones. En este contexto resulta útil el siguiente comentario de Christopher Barth:

El llamado del profeta a “retomar” deriva su espe­cial fuerza y apremio del hecho de que confronta a sus destinatarios (entre los cuales está el nuevo pueblo de Dios tomado de entre los paganos) no sólo con una exigencia procedente de Dios, sino también con la realidad de Dios. El retomo del hombre y su renovación en la comunidad del pueblo de Dios es ante todo un acontecimiento dado y una realidad por medio de la venida de Dios, la renovación de su alianza y la venida de su Reino. Es sólo entonces que la conversión se hace invitación, se hace llamado y se hace exigencia.

En el Nuevo Testamento, la palabra que destaca epistrefo. La versión de los Setenta suele usarla para traducir el verbo shub. Significa “volverse, traer de nuevo, o retornar”. Con frecuencia se usa en relación con   el hecho de que los no creyentes se “vuelven” (por primera vez) apartándose de sus pecados (Hch 14:15) y se acercan a Dios (Hch 3:19; 26:20). Pero a veces esta palabra va relacionada con los creyentes que yerran (Stg 5:19-20) y que son traídos de nuevo a una relación correcta con Dios.

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Otro término que se suele usar en el Nuevo Testamento es metanoeo, que significa “cambiar de parecer”, a menudo con pesar, y “adoptar una nueva opinión”. Se usa tanto en el contexto del llamado al perdón de los pecados y la liberación del juicio futuro (Hch 2:38; 3:19; 8:22; 17:30; 26:20) como en referencia al problema de la apostasía dentro de la iglesia (Ap 2:5,16,21-22; 3:3,19).

Metanoeo va íntimamente ligado a epistrefo, como lo vemos en Hechos 3:19, donde Pedro llama a la multitud a que “se arrepientan y se conviertan”. Metanoeo aparece tam­bién en conexión con pisteuo, que significa “creer” o “adherirse, confiar o fiarse de”. Así, Jesús invitaba a sus oyentes a “arrepentirse y creer en el evangelio” (Mc 1:15).

Los usos de estas palabras diferentes en la Biblia subrayan varios aspectos del concepto bíblico de la conversión. Pri­mero, la conversión significa un volverse lejos del pecado (y del yo) hacia Dios (y la obra de Dios). Segundo, este acto entraña un cambio de mentalidad, que implica el abandono de una antigua visión del mundo y la adopción de una nueva. Tercero, la conversión comporta una nueva lealtad, una nueva confianza y un nuevo compromiso de vida. Cuarto, la conversión no es sino el inicio de un nuevo caminar y lleva de modo implícito la semilla de nuevos virajes. Quinto, la conversión va rodeada por el amor redentor de Dios, según es revelado en Jesucristo y atestiguado por el Espíritu Santo.

La conversión hemos de concebirla como un momento específico, un nuevo comienzo, así como un proceso trans­formador continuo. Esto parece claro a partir de la afirma­ción de Pablo en 2 Corintios 3:16-18: “Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transfor­mando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es romo actúa el Señor, que es Espíritu”. En este pasaje Pablo se está refiriendo a la incapacidad de Israel de comprender la Torá a causa de su ceguera espiritual. Sólo “por Cristo” puede ser eliminada esa ceguera, y puede Israel llegar a ver la verdad de la alianza (v.14). Esto es válido no sólo para Israel sino para toda la humanidad. Todos somos incapaces de ver a Dios porque estamos cegados por el velo de nuestros recados. Pero cuando nos volvemos o nos convertimos a Cristo, ese velo se quita. Este volvemos al Señor nos coloca en la esfera del Espíritu de Cristo, quien no sólo nos hace cosible el ver “la gloria del Señor” sino que constantemente -os va transformando, haciéndonos “cada vez más gloriosos”.

La conversión es, entonces, tanto un momento específico como la primera de una serie de experiencias transforma­doras. Es a la vez un viraje singular y un movimiento transformador continuo, posibilitado por el poder capacitador del Espíritu de libertad. El Espíritu nos hace volvernos al Señor, cuya gloria insondable se está revelando siempre ante nues­tros ojos.

En otros lugares del Nuevo Testamento (p.ej., Mc 1:15), la conversión se conecta con el reino de Dios. Se trata del nuevo orden de vida que Dios ofrece en Jesucristo mediante el poder capacitador del Espíritu. Se trata de una realidad futura que, sin embargo, se anticipa en el presente. Se trata de una realidad que experimentamos tanto en lo personal como en lo colectivo, en la comunidad de fe. Es un reflejo de lo que Dios ha hecho, está haciendo y va a hacer, pero es discernible básicamente en la obediencia de la fe. La conver­sión cristiana gira en torno a esta realidad futura-presente, personal-comunitaria, de reflexión-acción. En palabras de José Míguez Bonino, es “el proceso mediante el cual Dios incorpora , en existencia personal, a una participación activa y consciente en Jesucristo”.

Este proceso, que tiene un inicio distintivo aunque no conscientemente uniforme, implica un volverse constante­mente del yo hacia Dios. La obsesión por el yo enajena a mujeres y hombres de su vocación humana, de su llamado en la creación a estar los unos al servicio de los otros. El yo es un ídolo que los separa no sólo de su vocación sino también de su creador. Al volverse a Dios, quedan recon­ciliados con la verdadera fuente de la vida y renovados en su vocación. La conversión es, por tanto, un paso desde una existencia deshumanizada y deshumanizante a una vida humanizada y humanizante. O, en otras palabras, es el paso de la muerte y la decadencia a la vida y la libertad. En la conversión, mujeres y hombres quedan liberados de la es­clavitud del pasado y obtienen la libertad del futuro; se apartan del dios de este mundo que se acaba, para volverse al Dios que es siempre el futuro de todo pasado (Pannenberg).

En consecuencia, un paso así no puede quedar limitado a un único momento, porque eso significaría volver a la exis­tencia estática de la cual el evangelio nos libera. Más bien, la vida dinámica de la que uno se apropia en la conversión implica una serie de nuevos desafíos, nuevos virajes y nue­vas experiencias. Por una parte, es una vida de la cual uno se apropia en la historia, en medio de la realidad precaria y maligna de la historia. En tanto seres históricos, los creyentes se ven siempre asaltados por el mal y se ven siempre tentados a regresar al pasado y caer en el pecado; de ahí la exhortación bíblica a estar en guardia, a resistir la tentación, a apartarse constantemente del mal y comprometerse con Dios. Por otro lado, la nueva vida es parte de la “nueva creación” (2 Co 5:17) que Dios, en Cristo, está haciendo surgir. Los creyentes han sido colocados en el curso del reino venidero de Dios. Han sido constituidos en pueblo peregrino de Dios, llamados a cifrar sus esperanzas en “la ciudad del futuro” y a participar en las aflicciones de Cristo en el mundo (He 13:13-14). Por consiguiente, no han de evadirse de la historia sino más bien participar en su transformación por medio de su testimonio y su servicio. Al hacerlo así, encontrarán desafíos siempre nuevos y deben esperar acontecimientos siempre nuevos. Así, dice Pablo, “es como actúa el Señor”, quien “nos marcó ron su sello, y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones” (2 Co 3:18b, 1:22).

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