Cristo, la Medida del Amor de Dios hacia el Hombre – Estudio

Cita Bíblica: Juan 3:16-36

“Ha dado a Su Hijo Unigénito…“  (v. 16).

Esto es lo que Dios ha hecho como señal irrefutable de su auténtico amor y firmeza inquebrantable de sus promesas para todo aquel que cree en Cristo Jesús.

Cuando uno escucha del Espíritu estas palabras escritas, la fe de uno se aúpa hasta la convicción plena del amor de Dios en Su Hijo, y hasta la certeza de sus promesas garantizadas en la entrega de Su Hijo Unigénito.

El resultado de esa convicción y certeza en Cristo es la vida eterna. Este es el único mensaje de salvación para todo hombre de hoy y de siempre. Porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Dios mismo ha dado a Su Hijo para salvar al hombre. ¿Quién, pues, puede dudar o negar el testimonio de Dios en su infinito Amor? ¿Qué excusa podemos poner tú y yo para no aceptar el gran don de Dios, que es Su Hijo, Jesucristo?. Y todo aquel que acepte a Cristo como su Salvador personal, dado por el Padre, jamás necesitará de otros mediadores terrenales o celestiales. Este es el núcleo del Evangelio de Jesucristo. Así lo indica Pablo a la iglesia de los Gálatas, 1:8: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro Evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”.

jesus, Dios, amorQué poco valoramos lo que Dios ha hecho en Su Hijo, cuando nos entretenemos en nuestra propia religiosidad, pensando ofrecer algo a Dios de nuestra propia cosecha, y nos negamos a aceptar al Hijo dado por Dios para rescatarnos de “nuestra vana manera de vivir”( 1 Pedro 1:18). El que anda en su propia religiosidad, intenta con sus propias obras justificarse ante Dios, y desconoce totalmente a Cristo como su Salvador. Con esa actitud de autojustificación está negando y despreciando al Hijo Unigénito dado por Dios para justificamos y damos vida eterna. Esta es la voluntad de Dios para con nosotros, que creamos en Cristo, como Su Amor reconciliador para todos nosotros.

“Para que todo aquel que cree en El, no se pierda” (v. 16b).

¿Por qué, pues, quieres perderte, si Dios no quiere que te pierdas?

Si buscas la salvación en tu iglesia papal o no papal, en otros hombres o en ti mismo, entonces te quieres perder. Dios no quiere que te pierdas, por eso te ha dado a Su Unigénito, Jesucristo.

Vuélvete a Cristo, déjate del “hombre que es semejante a la vanidad; y sus días son como la sombra que pasa”(Salmos 144:4).

“No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación”(Salmos 146:3).

La salvación sólo la hay en el Hijo de Dios, Jesucristo. El nos da testimonio de lo que vio y oyó, por eso ningu­no de nosotros tiene excusa para no creer en Él. Más el que cree en Él tiene vida eter­na. Y atestigua que Dios es veraz en Su Amor (v. 33), y en sus promesas.

Porque la finalidad de enviar a Su Hijo al mundo no fue para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él (v. 17). Cristo es el único que tiene esa misión de salvar, y nadie más. Él se basta y se sobra para hacer su obra salvadora, porque le ha sido dado todo poder en los cielos y en la tierra, y “sobre toda carne para que le dé vida eterna” (Juan 17:2).

“El que no cree ya ha sido condenado” (v. 18).

La falsa piedad religiosa presenta a Cristo como un personaje lleno de lástima e impo­tencia, por lo cual esa piedad religiosa intenta presentar sus propias obras como des­agravio de propia justificación ante Dios. Pero esto, lo que demuestra, es un total des­conocimiento del Amor y de la obra de Dios en Cristo. El hombre no tiene por sí mismo poder para salvarse, ni tiene poder sobre su propia carne. Sólo Cristo nos puede librar con su poder de este cuerpo de muerte, si le aceptamos a Él como nues­tro Libertador. Él no nos va a fallar, porque para eso lo envió Dios. Y no lo envió para condenarnos sino para salvamos, si de verdad creemos en Él.

A veces, o casi siempre, culpamos de nuestra condenación a las otras personas, a las estructuras sociales o a la corrupción galopante de este siglo, pero los únicos que nos podemos autocondenar somos nosotros mismos, por nuestra incredulidad, por no aceptar a Cristo como nuestro personal Salvador. Los falsos salvadores quieren cam­biar todo lo que rodea al hombre, o predican que el hombre cambie su entorno para realizarse en libertad. Cristo en Su Palabra nos dice que ese cambio se tiene que dar dentro del hombre por Su Santo Espíritu mediante la fe en Él. Y el único que hace del hombre de fe, ese nuevo hombre, es Cristo y nadie más.

Los hombres incrédulos intentan de distintas maneras o formas llegar a ese hombre perfecto, pero al final de cada modelo, que ellos forman, está la más perversa y refi­nada corrupción.

Mas el hombre que cree en Cristo “es creado según Dios, en la jus­ticia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).

Pero ninguna sociedad, ninguna religión, ningún grupo religioso o arreligioso, ningún ser humano puede crear ese hombre nuevo “en la justicia y santidad de la verdad”, sólo Dios por medio y en Su Hijo, Jesucristo. De ahí que todos los intentos de los hombres por hacer un hombre más justo, sabio y libre son simples sucedáneos del hombre espiritual creado según Dios en Cristo mediante la fe.

Muchos de los que les gusta llamarse cristianos no son más que sucedáneos religio­sos creados por los hombres con sus principios, normas y moral. Estos rehúsan creer en el Hijo de Dios y “no verán la vida sino que la ira de Dios está sobre ellos” (v. 36). Estos tratan de incompetente a Dios, al substi­tuir la fe en Cristo, por principios, normas y ceremonias religiosas, con los cuales piensan salvarse.

Cristo es la medida del Amor de Dios hacia el hombre

La medida del Amor de Dios hacia los pecadores, viene dada por la entrega de Su Hijo, Unigénito. Este Amor excede a todo conocimiento, pero no por eso es menos real y auténtico. Desde este infinito Amor de Dios comprenderás y verás que “el que cree en el Hijo de Dios tiene vida eterna” (v. 36).

En ti estará la certeza absoluta de que Dios es veraz en el Amor mostrado en Su Hijo. Porque ves esa realidad en ti mismo, esa realidad de vida eterna que es Cristo en todo aquel que en El cree. Los que han aceptado a Cristo se gozan y se alegran en esta gran salvación, y se apartan de las tinieblas de la religiosidad fabricada por el hombre y de toda forma de impiedad. Van gozosos a la Luz que es Cristo, y El alumbra toda su vida, disipando todo resto de tinieblas en ellos, para que sean hijos de Luz.

“Si andamos en Luz, como El está en Luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Este es nuestro anhelo con todos nuestros lectores, esa comunión en Espíritu, andan­do en la Luz que es Cristo, y en la certeza de que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. Si permanecemos en Su Palabra, cuando El venga no nos apartaremos de El avergonzados, sino que seremos manifestados con Él en gloria (Colosenses 3:4).

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