¿Cuando Damos por Gracia?

Una de las verdades más cruciales y alentadoras de todo el Nuevo Testamento es que ya no estamos bajo la Ley sino bajo la gracia.

El apóstol Pabló afirmó:

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la Ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino con/orine ni Espíritu. (Romanos 8.1-4)

La Ley nos decía qué hacer, pero no nos daba poder para cumplirla. Pero debido al sacrificio del Señor Jesús, el Espíritu Santo habita en todos los que rondamos en El. Y ahora tenemos el poder para hacer lo que Él quiere que hagamos, y aun más, porque:

Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. (Romanos 8.37).

gracia, diezmo, DiosNo sólo tenemos el Espíritu Santo morando en nosotros para darnos el poder cuando obedecemos, sino que continuamente nos recuerda a Dios y su indescriptible amor por nosotros, el cual colma todo nuestro ser. Cuando experimentamos ese amor, respondemos con amor y gratitud, los cuales se manifiestan en la obe­diencia. Ahora, permítame contarle una historia que ilustra la diferencia motivacional entre la Ley y el amor.

Se cuenta de una mujer que estaba casada con un hombre malvado, un tirano, por treinta años. Todos los días, antes de irse al trabajo, su esposo le daba una lista de deberes que debía cumplir antes que regresara por la noche. Ella enmudecía de temor cada vez que le pasaba la lista antes de salir por la puerta del frente. Durante el día, constantemente revisaba la lista, teme­rosa de que pudiera inadvertidamente pasar por alto una de sus órdenes. Ya a la hora de su regreso, cada noche, estaba extenuada por la tensión y el temor producidos por cumplir su asignación. Cada noche, él revisaba la lista punto por punto para cerciorarse de que nada había quedado sin ejecutarse. Luego se trabajaba la cena, se sentaba en su sillón favorito y dormi­taba hasta la hora de acostarse.

Después de treinta años de matrimonio, su esposo se enfermó y murió. La viuda vivió sola durante varios años. Luego conoció a un hombre que la trataba con absoluto respeto y era amable y considerado. El amor creció entre ellos y se casaron. Los recién casados de­cidieron vivir en la casa de la señora. Allí vivieron sus últimos años juntos y disfrutaron una relación formi­dable. Él la trataba como a una reina, y ella vivía muy feliz a su lado.

Un día, mientras ella se sentaba en el sofá de la sala, deslizó su mano por uno de los lados del cojín para enderezarlo. Sintió algo debajo del mismo. Se paró y levantó el cojín, curiosa por ver lo que su mano había tocado. Sacó un arrugado pedazo de papel, lo abrió y miró su contenido. Mientras leía las palabras del papel, una pequeña lágrima salió del rabillo del ojo y corrió por su rostro.

En su mano tenía un andrajoso pedazo de papel con palabras muy conocidas por ella: una lista manuscrita de órdenes preparada por su difunto marido. Ver esa lista de nuevo casi la hizo temblar de temor, ya que le recordaba cuán diferente era la vida que llevaba ahora en relación con la anterior. Leyó las palabras del papel, línea por línea, mientras lágrimas de gozo empezaron lentamente a descender por sus mejillas, acariciando su rostro adulto y cayendo luego en el papel que sos­tenía en su mano.

Mientras sus ojos se dirigían de nuevo al comienzo de aquella lista arrugada, una pequeña sonrisa apare­ció en su rostro. Observó que estaba haciendo todo lo que estaba en esa lista y aún más. Pero había una diferencia. En el pasado tenía nerviosamente que cum­plir los deberes de la lista por temor; ahora los estaba haciendo todos y mucho más debido a una relación de amor.

Arrugó el papel y se dirigió al cesto de basura. «Hago esto y más ahora», se dijo a sí misma, tirando a la vez el papel en el cesto, «… y sin ninguna lista».

Como puede ver, el amor nos transforma. Cuando Roy Harthern me habló sobre la ley del diezmo, co­mencé a dar por obediencia. Pero mando empecé a darme cuenta del gran amor de Dios por mí y su deseo de bendecirme, el nuevo enfoque  colmó mi ser y todo fue distinto. Experimenté el amor del  Padre. Le obede­cí porque le amaba y experimenté su bendición de amor. Cuando me enamoré del Señor, el diezmo ya no fue un asunto preocupante.

Ahora, en el nuevo pacto y por todas esas razones, debiéramos dar más del diezmo, el diezmo no es el destino en la dispensación de la gracia, ¡es el punto de partida!

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