El Día más Triste – Estudio

No importa lo grande que sea nuestro esfuer­zo, nunca podremos ganar ni exigir el amor de Dios. La salvación, la gracia, la bondad, y todo lo bueno llega a nosotros porque Dios rompe las barreras e invade nuestra pecaminosidad, nuestra humana imperfección, y nos persigue hasta que paremos de correr. En otras palabras: Dios llega hasta donde estamos nosotros por­que nosotros no podemos llegar hasta donde está Él.

Cedí Hurphey

El tercero del Génesis es, sin lugar a dudas, el capítulo más trágico y más triste de toda la Biblia, y el más ne­fasto de toda la historia de la humanidad. En él se narra la desobediencia de Adán, el catastrófico acontecimiento de la introducción del pecado en nuestro planeta.

Al escribir sobre los efectos de la caída de Adán, el após­tol Pablo afirma que por su desobediencia, el pecado y la muerte entraron en el mundo y así, la muerte pasó a toda la hu­manidad. Agrega además que por la transgresión de Adán mu­rieron todos, que el juicio que lleva a la condenación fue resultado de su pecado, que por su transgresión reinó la muer­te y vino la condenación a todos los seres humanos, y que por su desobediencia fuimos constituidos pecadores. (Romanos 5:12-20)

Antes de ese pecado todo era felicidad, después… casi todo es tristeza; antes de ese pecado todo era amor, después… casi todo es odio; antes de ese pecado no existía el divorcio, ni el dolor, ni el vicio, ni el crimen, ni la enfermedad, después… el pan nuestro de cada día son las rupturas matrimoniales todo tipo de tristezas, la corrupción, el desprecio por las leyes humanas y divinas, y toda clase de dolencias.

Con su pecado Adán arruinó la perfecta creación de Dios, dañó los impecables planes divinos para la humanidad, provocando dolor y tristeza al propio Creador.

¿Qué hizo Dios con Adán después de que este pecara y echara a perder su creación y todos sus planes? Lo mismo que hace contigo y conmigo cuando pecamos: Tratamos con amor a pesar de nuestra infidelidad.

En relación con aquellos lamentabilísimos hechos de Génesis 3 podemos captar cinco maravillosos aspectos del amor de Dios hacia los seres humanos.

el dia mas triste, día, Dios, estudioEn primer lugar, destaquemos que Dios ama tanto a Adán —al ser humano—, que al crearlo lo hizo libre, tan libre que incluso le dejó la libertad de rebelarse contra su propio amor, de desobedecer sus órdenes, de dañar su nueva creación y de arruinar los planes divinos para la humanidad.

¿Hubo alguna razón por la cual Dios lo creó así? Sí. Para que una verdadera relación de amor existiera, toda criatura humana había de tener la capacidad de rechazarlo. Porque el amor que no deja libertad no es amor; el amor que se impone, no es amor; el amor que se exige, no es amor.

El amor, para ser verdaderamente amor, ha de correr el riesgo de permitir al ser amado la libertad de no corresponder al amor que recibe, la libertad incluso de odiar al que lo ama, la libertad de morder la mano que le da el pan.

Una de las verdades más grandes es que desobedecemos a Dios porque él nos ama tanto que ha elegido otorgarnos la libertad de desobedecerlo, aun cuando nuestra desobedien­cia lo haya llevado al Calvario. Nuestra libertad para desobedecer a Dios es una de las muestras más grandes de su amor por nosotros.

Lo que más desea Dios de nosotros, de ti y de mí, no es una relación de perfecta obediencia; porque, de ser así, él nos hubiera creado sin la libertad de desobedecerlo. Lo que más desea Dios de nosotros es una relación de amor; por eso nos hizo con la capacidad de desobedecerlo. En pocas palabras: Mas que tu obediencia, Dios desea tu amor.

En segundo lugar, debemos observar que Dios ama tanto a Adán, al ser humano, que aunque nosotros somos los ofen­sores y él el ofendido, él toma la iniciativa para salvarnos. Nosotros, como Adán, vivimos alejándonos de Dios, hu­yendo de su presencia, hundiéndonos cada vez más en nuestra maldad. Si él no hubiera tomado la iniciativa de ir en busca nuestra, seguiríamos enfangándonos cada vez más en nues­tros pecados, alejándonos cada vez más de él.

Pero Dios nos ama, y si bien es cierto que nosotros lo que merecemos es ser abandonados en nuestra mortal rebelión, él toma la iniciativa y nos busca para rescatarnos. El, toda­vía hoy, busca a su hijo desobediente y pregunta con gran solicitud, ansioso de encontrarlo: «¿Dónde estás?».

En tercer lugar, es necesario resaltar que Dios ama tanto a Adán, a la humanidad, que se toma el tiempo para discipli­narnos, para castigamos, para corregimos. Su amor por noso­tros implica que para nuestro bien, y como parte indispensable de nuestra recuperación, Dios tiene que disciplinarnos. Un amor que no es capaz de aplicar disciplina y castigo no es amor. Dios «disciplina a los que ama». (Proverbios 3:12)

Por lo tanto, las palabras de Génesis que hablan de dar a luz los hijos con dolor, de la maldición de la tierra, de comer con dolor de ella todos los días de la vida, de espinos y cardos, del sudor del rostro y de la triste e inevitable realidad de vol­ver al polvo, (Génesis 3:16-20) han de ser tomadas no como simples sentencias re­tributivas del pecado cometido, sino como benditos medios de gracia diseñados por el cielo para nuestra restauración.

Dios nunca castiga por venganza, Dios siempre disciplina por amor. Dios nunca castiga por enojo, Dios siempre disci­plina para corregir. Dios nunca castiga para destruir, Dios siempre disciplina para restaurar. Los castigos de Dios no son manifestaciones de su enojo, de su cólera o de su furia en el sentido corriente de estos términos; los castigos de Dios son muestras de su amor, de su misericordia, de su interés por sa­carnos del pecado y llevarnos al cielo.

En cuarto lugar podemos ver que Dios ama tanto a Adán, a la humanidad, que ha introducido en nosotros cierta ene­mistad hacia lo malo, como vemos cuando le anuncia a la serpiente:

«Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón». (Génesis 3:15)

En quinto y último lugar es importante poner de relieve que Dios ama tanto a Adán, a la humanidad, que estuvo dis­puesto a sacrificarse para redimirlo.

El pecado trajo la desnudez, la vergüenza, la indignidad; realidades inevitables que el hombre y su mujer trataron de ocultar inútilmente con sus ridiculas y perecederas hojas de hi­guera. Pero Dios, en su infinito amor, «hizo ropa de pieles para el hombre y su mujer, y los vistió».

Esta expiación es obra exclusiva de Dios. Este vestido que él mismo hizo para cubrir la desnudez y la vergüenza causa­das por el pecado, requería la muerte de Cristo Jesús, el Cor­dero de Dios que quita el pecado del mundo.

Esto enseña que todo ser humano se halla imposibilitado para salvarse a sí mismo. Todo ser humano se halla total­mente imposibilitado para cambiar su propia vida, imposi­bilitado para cubrir su pecado, imposibilitado para justificarse a sí mismo, imposibilitado para hacerse a sí mismo perfecto. La salvación es Dios tomando acción a favor del hombre. Adán y Eva no confeccionaron sus vestidos; ellos única­mente mataron al cordero. Para nuestra salvación, lo único que nosotros hemos aportado son nuestros pecados, por los cuales murió Jesús.

Génesis 3: 9 destaca que: «Dios el Señor llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”». Este llamado es el llamado de justicia divina, que no puede pasar por alto el pecado hu­mano; es el llamado de la compasión divina, que se aflige por el dolor del pecador; es la llamada del amor divino, que ofrece redención al pecador.

Dios todavía llama con esta misma pregunta a cada ser humano, y nosotros no podemos ofrecer más que dos posi­bles respuestas.

Cuando Dios pregunta: «¿Dónde estás?», lo único que yo puedo responder es: «En las hojas de higuera o en la piel del cordero».

Cuando Dios pregunta: «¿Dónde estás?», lo único que yo puedo responder es: «En Adán o en Cristo».

Cuando Dios pregunta: «¿Dónde estás?», lo único que yo puedo responder es: «En mi justicia o en la justicia de Cristo».

Mi oración es que a la pregunta de Dios «¿Dónde estás?», tu respuesta sea: «¡En el Cordero! ¡En Cristo! ¡En su justicia!».

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