¿Eran Anatemas los Seguidores de Jesús? – Estudio

Juan 15:18 A 16:4

Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo… viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a Mí. Juan 16:1-2

El Señor Jesús nos advierte con toda crudeza sobre la realidad adversa, que nos puede envolver dentro de esta sociedad en la que Dios nos permite que vivamos.

Jesús no quiere que nos sintamos defraudados, al vernos odiados por el mundo y per­seguidos por la Gran Sinagoga o por otras formas de religión, que el hombre inventó para aquietar su “ego” perplejo ante lo desconocido.

Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes os he elegido del mundo, por eso el mundo os aborrece. Juan 15:19

Jesús nos ha elegido del mundo para que llevemos mucho fruto (v. 16). Este fruto no proviene del hombre sino del Espíritu que Dios da a todo aquel que es de la fe de Jesucristo. Y el Espíritu con sus frutos de amor, paz, bondad, testifica en el creyente que las obras del mundo (que se dan en todo hombre que no tiene la fe de Jesucristo), son malas, por eso el mundo aborrece al creyente como aborreció a Jesús. Así lo dice Jesús:

“A Mí me aborrece, porque Yo testifico de él, que sus obras son malas” (Juan 7:7).

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Y lo que a primera vista podía ser para el creyente causa de tristeza y amargura, Jesús le llama:

“Bienaventurados cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos” (Lucas 6:22-23).

Cuando recibes el vituperio, el aborrecimiento y que tu nombre suena como un anate­ma dentro de la Gran Sinagoga, se te hace tensa en el rostro la manifestación de esa alegría y gozo en el Espíritu, al ver cumplidas en tu presente las palabras proféticas del Maestro. Y percibes como un bálsamo en lo más profundo del alma, las palabras del apóstol que lloró amargamente por no poder soportar el vituperio:

“Si sois vitu­perados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (1 Pedro 4:14).

Lo que para nuestra propia naturaleza sería motivo de llorar amargamente, el Señor nos dice que es motivo de gozo y alegría, y garantía de que el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre nosotros.

“Si a Mí me han perseguido – dice Jesús – también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi Palabra también guardarán la vuestra” (v. 20).

Es imposible en este mundo que, quien acepta a Cristo como su único y perfecto Salvador, no sea perseguido como Cristo Mismo fue perseguido. Si esto no lo tene­mos claro, puede sucedemos como a la semilla que fue sembrada entre pedregales; quienes al oír la Palabra, la reciben con gozo, pero al venir la aflicción o la persecu­ción por causa de la palabra, luego tropiezan (Mateo 13:21).

Por eso Jesús también dice: “Bienaventurado el que no halle tropiezo en Mí” (Mateo 11:6).

Este es el argumento fundamental de todo este pasaje que nos presenta el Señor en Juan. Jesús nos advierte de los obstáculos que podemos encontrar en esta vida de fe en El, para que jamás decaiga nuestra fe.

El apóstol Pedro nos exhorta en el mismo sentido diciendo:

“Amados, no os sorpren­dáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os acon­teciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 4:12-13).

Lo que para el hombre natural será siempre un motivo de amargura, para el nuevo hombre en Cristo es gozo y alegría. En todo esto tiene un papel fundamental, el Consolador, el Espíritu de Verdad. En medio de todo este aborrecimiento y odio hacia el testimonio de Cristo en el creyente, se hace absolutamente necesaria la presencia del Consolador. Jesús conoce nuestra condición humana y sabe que nuestro testimo­nio sería imposible sin el Espíritu de Verdad. Por eso es esencial saber que en todas las situaciones diarias contamos con el Consolador. No tendrá, pues, mucho sentido llorar desconsolados. ¿O es que no confiáis en las promesas del Maestro? Ya que Jesús nos advierte una vez más:

“Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo” (16:1).

El griego utiliza el verbo “scandalizo” que en nuestro idioma podemos tradu­cir por: escandalizar, ofenderse, llamarse a engaño, desconfiar. O sea, que cuando nos sucedan todas esas cosas de las que el Señor nos ha advertido, no nos escandalicemos ni nos ofendamos, ni nos llamemos a engaño, ni mucho menos desconfiemos del Señor. En una palabra, que todo esto no sea tropiezo para nosotros.

Ya que la situa­ción puede ser tan extrema que “cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (16:2).

Uno no se explica cómo los hombres podemos llegar a ser tan religio­samente crueles e hipócritamente necios, si uno de los mandamientos principales de la ley de Dios, a quien se piensa rendir servicio con la muerte del prójimo, dice:

“Amarás al prójimo, como a ti mismo”.

¿Cómo se puede dar esta absurda monstruosidad en una iglesia que se llame cristiana? Pero, ¿por qué Señor, por qué la misma Iglesia Católica, en la que yo he sido forma­do, entregó a la muerte a tanta gente pensando que te rendía o rinde servicio a Ti?

La respuesta escuchada de tus propios labios, Señor, me deja más atónito todavía:

“Porque no conocen al Padre ni a Mí” (16:2).

Todo aquel que aborrece a su hermano, odia al prójimo o mata al que no piensa como él, poniendo como excusa el servicio a Dios, ni conoce a Dios de quien dice ser ser­vidor, ni a Cristo de quien tanto habla.

Por eso, amigos, examinémonos a nosotros mismos si estamos en la fe de Jesucristo, no sea que nuestra propia conducta esté proclamando que no se conoce a Dios como Padre ni a Su Hijo como único y perfecto Salvador. Por lo demás, tengamos plena seguridad en Su Palabra:

“El Señor es mi Luz y mi Salvación, ¿de quién temeré?. El Señor es la Fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmos 27:1).

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