Esperanza para el Fracasado – Estudio

En Lucas 13: 6-9 encontramos la parábola que contó Jesús sobre la higuera estéril. Esta higuera constituye un símbolo adecuado del cristiano que, tras muchos años de profesión religiosa, se siente desanimado y confun­dido al considerar que su vida espiritual tiene muchas hojas pero… nada, absolutamente nada, de fruto.

Este relato es ideal para meditar en el amor de Dios cuan­do sentimos que nos encontramos en el triste foso del fracaso y la esterilidad espirituales.

En primer lugar, el versículo 6 comienza diciendo:

«Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, pero cuando fue a buscar fruto en ella, no encontró nada».

Precisamente fruto es lo que Dios espera encontrar en sus hijos. Fruto es lo que espera ver la humanidad en los que lle­vamos el nombre de cristianos. Fruto es lo que todos los se­guidores de Cristo deseamos tener y mostrar para gloria y honra de Dios.

El propósito, la razón de ser del cristiano, es llevar fruto. Cristo dice a cada uno de sus seguidores:

«Los comisioné para que vayan y den fruto». (Juan 15:16)

En segundo lugar, nuestra parábola enseña que la justicia di­vina demanda que el cristiano que no lleva fruto sea elimi­nado.

«Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, pero cuando fue a buscar fruto en ella, no encontró nada. Así que le dijo al viñador: “Mira, ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no he encontrado nada. ¡Cór­tala! ¿Para qué ha de ocupar terreno?”».

Ser cortado, ser eliminado, eso es lo que justamente me­rece el cristiano estéril.

Pero, ¡alabado sea Dios!, porque en tercer lugar esta pará­bola enseña que, en su gran amor, no nos impone el castigo que merecemos, sino que nos ofrece la gracia que necesitamos. Fijémonos en los versículos 7 y 8:

«Así que le dijo al viñador: “Mira, ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta hi­guera, y no he encontrado nada. ¡Córtala! ¿Para qué ha de ocu­par terreno?” “Señor—le contestó el viñador—, déjela todavía por un año más, para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono. Así tal vez en adelante dé fruto; si no, córtela”».

Esta parábola revela el amor de Dios hacia nosotros al mos­tramos que aun cuando, por nuestra improductividad, por nuestra maldad e inutilidad, merecemos ser cortados y elimi­nados, hay Alguien en el cielo que intercede por nosotros.

¿Te sientes improductivo, inútil y fracasado? ¿Has llegado a la conclusión de que no sirves para nada y de que no eres digno de la salvación? No te hundas en la depresión. Anímate, por­que Cristo Jesús, tu Redentor:

«Puede salvar para siempre a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive para siem­pre, para rogar a Dios por ellos». (Hebreos 7:25, DHH)

¿Te sientes miserable, inútil, estéril e improductivo? ¿Has llegado a la conclusión de que de­bes ser eliminado de la iglesia y del mundo? Recuerda que

« Cristo Jesús es el que murió, e incluso resucitó, y está a la de- techa de Dios e intercede por nosotros». (Romanos 8:34)

Comentando esta parábola de la higuera estéril, Morris Venden escribió:

«Escucha, amigo, ¿crees que has ido hasta el límite de la pa­ciencia de Dios y que todo lo que mereces es ser cortado? Aquí tienes la evidencia del juicio del Señor concerniente a ti en su día de misericordia y gracia. “Déjalo. Dale a este joven, dale a este adulto que ha menospreciado la gracia de Dios durante años, dales otro año más. Y otro después de este, y luego otro”».

Luego, Venden añade:

«El hombre se da por vencido antes que Dios».

Estoy prácticamente seguro de que estarás pensando: «Pero ahí hay una declaración que usted se está saltando, la del versículo 9:

“Así tal vez en adelante dé fruto; si no, cór­tela”». De acuerdo. Hagámonos una pregunta con respecto a esa afirmación: ¿Cuándo es que, a propósito de un cristiano improductivo, se dirá: «¡Córtalo!»?

Observa con atención la respuesta inspirada:

«El corazón que no responde a los agentes divinos, llega a en­durecerse hasta que no es más susceptible a la influencia del Espíritu Santo. Es entonces cuando se pronuncia la palabra: “¡Córtala! ¿Para qué ocupará aún la tierra?”».

¿Eres tú un árbol improductivo en la viña del Señor? ¿Comprendes que, por mucho que hagas, no eres más que un árbol en el terreno del Señor, es decir, en la iglesia, y que él es el único que puede hacer de ti un ser productivo, que lleve frutos para su honra? Sin embargo, ¿deseas, aun cuando sea débilmente, responder a los agentes divinos y llegar a ser fructífero para gloria y honra de tu Dios?

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Ten en cuenta, entonces, que Dios, en su gran amor, no te ha cortado, no te considera con frialdad, no se vuelve con indiferencia, ni te abandona a la destrucción. Al poner sus ojos sobre ti, clama, como clamó hace tantos siglos con respecto a Israel: «¿Cómo podría yo entregarte, Efraín? ¿Cómo podría aban­donarte, Israel?». (Oseas 11:8) ¡No! ¡Nunca! ¡Jamás! ¿Por qué no? Porque:

«Romperse puede todo lazo humano, separarse el hermano del hermano, olvidarse la madre de sus hijos, variar los astros sus senderos fijos; mas ciertamente nunca cambiará el amor providente de Jehová».

En tercer lugar, esta parábola enseña que Cristo no solo intercede por los improductivos, sino que también se com­promete a ayudar a producir al estéril. Leamos de nuevo el versículo 8, cuando el viñador intercedió por la higuera di­ciendo: «Déjela todavía por un año más, para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono».

Sí, ¡Cristo intercede por ti y por mí! Pero aún más, en su intervención no solo solicita otro plazo, sino que también se compromete a hacer todo lo que esté en su mano para ha­cernos producir: «Déjela todavía por un año más, para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono».

Se cuenta que un chino describió de esta manera su con­versión:

«Estaba yo caído en lo hondo de un pozo, atrapado en el cieno, clamando para que alguien me ayudara. En eso apa­reció un anciano de aspecto venerable que me miró desde allá arriba, desde la boca del pozo, y me dijo:

—Hijo, este es un lugar muy desagradable.

—Sí, ciertamente. ¿No puede usted ayudarme a salir?

-Hijo mío, mi nombre es Confucio. Si hubieras leído mis libros y seguido lo que en ellos se enseña, nunca habrías caído en el pozo.

Y se fue.

Pronto vi que llegaba otro personaje, esta vez un hombre que se cruzaba de brazos y cerraba los ojos. Parecía estar lejos, muy lejos. Era Buda, y me dijo:

—Hijo mío, cierra tus ojos y olvídate de ti mismo. Ponte en estado de nirvana. No pienses en nada desagradable. Así podrás alcanzar el nirvana del reposo y la paz, como lo he alcanzado yo.

—Sí, padre, lo haré cuando salga del pozo. ¿Pero mientras tanto?

Buda ya se había ido.

Ya estaba desesperado cuando se me presentó una per­sona completamente distinta. Se percibían en su rostro las huellas del sufrimiento, y le grité:

—¡Padre! ¿Puedes ayudarme?

Y entonces bajó hasta donde yo estaba. Me tomó en sus brazos, me levantó, y me sacó del pozo.

Luego me dio de comer y me hizo descansar. Y cuando ya me encontraba bien, no me dijo: «No te caigas más», sino:

—Ahora, andaremos juntos».

Ese era Jesús.

En tus momentos de desánimo y de fracaso, en el día de la derrota y la adversidad, es bueno recordar que: «Tu esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo. Tu debilidad está unida a su fuerza, tu ignorancia a su sabiduría, tu fragilidad a su eterno poder. Así que no has de mirarte a ti mismo ni depen­der de ti, sino mirar a Cristo».

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