Explicaciones de Porqué no Salvan las Buenas Obras

El presente estudio de las “Explicaciones de Porqué no Salvan las Buenas Obras” servirá de mucha ayuda para todos aquellos que todavía creen que las buenas obras contribuyen o son suficientes para la salvación. La Salvación es por Gracia, por la pura misericordia del Señor que tuvo a bien el elegirnos desde antes de la fundación del mundo.

Introducción:

Un hermano escribió a nuestro ministerio El Punto Cristiano comentado sobre sus dudas sobre que las buenas obras en algo tienen que contribuir a la salvación, posiblemente que por medio de ellas se puede obtener la salvación.

Este tema es muy controversial sobre todo si hacemos un análisis entre Efesios 2:8,9 y Santiago que dice: “La fe sin obras es muerta” (Santiago 2:14-23. Y le doy la razón pareciera que hay una discrepancia en cuanto a la interpretación de estos dos textos, pero Efesios 2:10 nos una explicación en cuanto a las obras.

Su argumento comienza con Mateo 25:34-36

El hermano escribe en la Biblia dice: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. (Mateo 25:34-46). Y el hermano continúa diciendo: para mí las obras tienen una gran importancia, ya que una fe sin obras es una fe muerta. (Y le doy toda la razón).

Mi respuesta es:

Estimado hermano, porque somos salvos por gracia. Efesios 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe”. Si nosotros pudiéramos conseguir la salvación por buenas obras, como darle de comer al hambriento, etc. como dice en Mateo 25, entonces vana hubiera sido la muerte de Cristo en la cruz, Pero si leemos el versículo Efesios 2:10 vemos lo precioso de la previsión de Dios: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

La salvacion por fe, la fe sin obras es muerta,

Entonces si tienen valor las obras como un fruto del creyente, pero repito, no para salvación.

El hermano sigue el hilo del comentario:

Hermano Jose Alberto Vega entonces estarías ignorando lo de Mateo 25? yo no digo que debemos de realizar estas obras buscando la salvación, pero es más claro que el agua, el mismo Jesús lo dijo, no todo el que diga señor, señor se salvara, concuerdo en que nadie debe intentar gloriarse, pero acaso? uno simplemente puede ignorar lo que el mismo Jesús nos enseñó? que ayudando a quien más necesite lo estamos haciendo con el mismo?, ya que también se sabe que una fe sin obras es una fe muerta, es una fe incompleta, las obras, es la forma en que nos acercamos a Cristo vivo entre nosotros, creo que aquel que dice tener fe, pero no demuestra eso haciendo lo que el mismo Jesús nos dice en Mateo 25, creo es un cristiano incompleto.. Siempre y cuando se haga con amor al prójimo aclaro, si me falta el amor no me sirve de nada, no se puede hablar de Dios a alguien que esta muriendo de hambre, sin siquiera llevarle un pedazo de pan..

Mi respuesta:

No estoy ignorando lo que dice Mateo en el cap. 25, pero tenemos que ver por qué lo está diciendo, cual es el contexto, cual es la razón de las palabras de Jesús, veamos que está tratando Jesús de enseñar a sus discípulos comenzando desde: Mateo 25:34. “Entonces el rey dirá a los de su derecha: Venid, vosotros que sois benditos por mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo…Derecha e izquierda son plurales en el original; por eso literalmente dice: “de las partes derechas de su cuerpo” y “de las partes izquierdas de su cuerpo”.

Comentario

Puesto que el Hijo del hombre está investido con “toda autoridad” (11:27; 28:18; cf. Ef. 1:22) es llamado “el rey” (cf. Jn. 18:36; Ap. 19:16). Estar a la derecha del rey significa oír de sus labios “Venid”. Son recibidos a una comunión estrecha y permanente de amor con su Salvador, el Juez y Rey. No es posible imaginar una bendición más grande (Sal. 17:15; 73:23-25). Ellos son los que han sido y, como lo señala el tiempo del original, son permanentemente los bendecidos de—o: aquellos benditos por—el Padre, quien les otorgó la salvación, esto es, quien los libró del mayor de los males, el pecado y todas sus consecuencias, y los puso en posesión del mayor de los bienes, una posición justa delante del Padre y todo lo que ello implica.

Ellos oyen las palabras de gozo, “heredad el reino” (los santos, su iglesia). Acerca de “reino”, véase sobre 4:23; 13:43. Puesto que este es el día del juicio, aquí la alusión es al reino en su fase final. Los bienaventurados, que ya eran herederos por derecho, ahora pasan a ser herederos de hecho, y esto en el sentido completo de la palabra. Todas las promesas de la salvación plena y gratuita ahora están a punto de cumplirse en ellos eternamente y en forma siempre progresiva; todo esto en y por Cristo (Ro. 8:17). En cuanto a las implicaciones de la palabra “heredar”, véase sobre 5:5.

Es ciertamente maravilloso y consolador observar que antes de la mención de las buenas obras de estas “ovejas” (vv. 35, 36) se pone el énfasis en primer lugar en el hecho de que la base de su salvación, y por lo tanto de estas buenas obras, es el haber sido ellas elegidas desde la eternidad: el reino había sido preparado para ellas, y esto no recientemente sino “desde la fundación del mundo”. Sea que en esta frase se use desde o desde antes, etc. (Ef. 1:4), el resultado es el mismo: “desde la eternidad”. El beneplácito del Dios Trino, su gracia soberana, es el fundamento de la salvación de ellos. Sus buenas obras son el fruto, no la raíz, de la gracia. Hay que tener esto presente a través del estudio de los vv. 35, 36. ¡A Dios solamente sea la gloria!.

Habiendo señalado esto, prediciendo y describiendo las palabras de bienvenida que él mismo usará, Jesús ahora puede continuar: 35, 36, “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; necesitado de ropa y me vestisteis; estuve enfermo y me cuidasteis; estuve preso y me vinisteis a ver”.

A través de todo su ministerio, por medio del precepto y el ejemplo Jesús había enfatizado la necesidad de los sentimientos y las obras de amor, misericordia y generosidad (Mateo 5:7, 43–48; 9:36; 11:28–30; 12:7; 14:16; 15:32). Así que es completamente natural que esto es lo que espera de sus seguidores. Estos que aquí son llamados benditos han mostrado misericordia al Hijo del hombre mientras él estaba aún en el estado de humillación, “desechado de los hombres”.

Así que con mayor razón serán llamados “benditos” cuando él vuelva en gloria. Todas estas bondades me las habéis hecho a mí, dice el Rey cuando vuelve en gloria. La combinación “yo” (tácito) y “me” aparece seis veces sucesivamente.

Lo que merece atención especial es el hecho de que en cada caso de necesidad—tuve hambre, sed, fui forastero, etc.—y de satisfacción de esta necesidad—me disteis de comer, etc.—es el cumplimiento fiel de humildes deberes de la vida cotidiana lo que se da como razón para las palabras de congratulación y de aprobación, y para la grata invitación a entrar y tomar posesión de las bendiciones del reino en su etapa final. Lo que Jesús está diciendo es:

“En vuestra vida y conducta cotidianas en lo que con frecuencia se llaman ‘las cosas pequeñas de la vida’, habéis dado pruebas de que sois mis verdaderos discípulos. Por lo tanto, yo os llamo benditos”. Esto muestra que en el reino de los cielos hay lugar, mucho lugar, para gente que en el sentido técnico no han profetizado en el nombre de Cristo, no han echado fuera demonios, y no han hecho “maravillas” en su nombre. En realidad, no hay lugar para los que se jactan de esos “grandes logros” (7:22, 23). Es al seguidor no pretencioso de Cristo, al seguidor sincero que le honra en las cosas de la vida común, que él declara bendito.

Que estas personas son verdaderamente hijos genuinos de Dios es claro por la reacción que tienen ante las palabras del Hijo del hombre, el Rey: 37–39. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer, o con sed y te dimos de beber; y cuándo te vimos forastero y te recibimos, o en necesidad de ropas y te vestimos; y cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a ti? Estas personas están completamente ignorantes de haber hecho alguna buena obra—¡lo cual precisamente hizo que estas obras fueran tan buenas! Les parece extraño que habiendo realizado tan poco ahora reciban la acolada suprema, el elogio pronunciado por Aquel que es el Señor y Rey de ellos. Nótese también que se les llama “los justos” (los que son salvos por haber creído en Él por fe) . Parece imposible limitar esta expresión aquí solamente al sentido jurídico. Ciertamente el sentido jurídico es básico.

Pero la justicia imputada no se debe separar de la justicia impartida. La justificación va de la mano con la santificación. En el contexto presente el énfasis podría bien estar sobre la conducta que está en conformidad con la ley de Dios, obras que le son agradables.

El asombro expresado por estos seguidores del Señor es que el servicio que hicieron había sido hecho con espontaneidad, alegría, gratitud y humildad, y luego había sido olvidado completamente. La expresión de su sorpresa recibe una respuesta memorable: 40. Y el rey les responderá: os aseguro solemnemente, todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos, (aun) por el más humilde, por mí lo hicisteis. La conexión muy estrecha entre Cristo y sus seguidores genuinos es lo que se muestra aquí, como también en 10:25, 40, 42; Mr. 13:13; Jn. 15:5, 18–21; Hch. 9:4, 5; 22:7; 26:14, 15; 2 Co. 1:5, 10; Gá. 2:20; 6:17; Col. 1:24; Ap. 12:4, 13. Cf. Pr. 19:17. Todo lo que se hace por uno de los discípulos de Cristo, por amor a Cristo, se cuenta como si se hubiese hecho por Cristo mismo. Nótese especialmente “por uno de estos hermanos míos”, una maravillosa frase de amor condescendiente, lo que se hace aun más glorioso por la adición de las palabras “aun por el más humilde”. La referencia es al pequeño favor hecho a uno de los humildes de Cristo, uno que no será jamás mencionado en titulares, el pequeño favor que el hacedor olvida casi instantaneamente, pero que el Señor y Salvador del humilde habrá recordado a través de todas las edades y lo mencionará en el día del juicio. ¡Maravilloso! Jesús ahora se dirige a los de su izquierda y al hacerlo muestra que no solamente los seres humanos sino aun los ángeles son juzgados. Cf. 8:29; 2 P. 2:4; Jud. 6; Ap. 20:10, 14, 15.

Ahora veamos el argumento de Santiago 2:14-23

La fe sin obras es muerta

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? 15 Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, 16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? 17 Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma… 26 Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta. Santiago 2,14-26

Estudiemos el contexto del escritor bíblico:

Mostrar misericordia

2:12–13

En un breve resumen, Santiago define elocuentemente lo que ya ha escrito al fin del capítulo anterior (1:26–27): las palabras no acompañadas por la acción son vanas. El exhorta a los lectores a hablar y actuar dentro de la libertad que la ley del amor provee.

La historia bíblica nos enseña la triste realidad de que el pueblo de Dios, al descuidar la misericordia, no cumplió la ley del amor. En los tiempos de los profetas, por ejemplo, Dios le dijo a los israelitas impenitentes que él quería misericordia y no sacrificio (Os. 6:6). Más adelante, Miqueas formuló y contestó pregunta: ¿Y qué re- quiere el Señor de vosotros? Que actuéis justamente, améis misericordia y caminéis humildemente con vuestro Dios” (6:8). Finalmente, Dios habló por el profeta Zacarías: “Administrad verdadera justicia; mostrad misericordia y compasión los unos para con los otros” (7:9). Pero los judíos hicieron oídos sordos a la instrucción de Dios y endurecieron sus corazones. La persona que rehúsa ser misericordiosa experimentará la justicia de Dios sin misericordia.

Sin embargo, nadie puede reclamar para sí la misericordia de Dios por haber hecho actos de misericordia. La misericordia nunca se puede ganar sino que siempre se concede cuando se la busca. Si la pudiéramos ganar, la misericordia habría dejado de ser misericordia. Debemos mirar a Aquel que nos la concede. “La misericordia no triunfa a costa de la justicia; el triunfo de la misericordia se basa en la expiación lograda en el Calvario”. 138 El cristiano sabe que cuando llegue el día del juicio la misericordia triunfará sobre la justicia a causa de la obra meritoria de Cristo

V.14. ¿De qué sirve, hermanos míos, que uno afirme que tiene fe si no tiene obras? ¿Puede una fe así salvarle?

Santiago comienza formulando dos preguntas directas a las cuales el lector sólo puede contestar con una respuesta negativa. La fe sin obras es inútil para el hombre, ya que no puede darle salvación. ¿Significa esto que la fe no salva al hombre? Pablo escribe: “Pero al que no obra, sino que confía en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia” (Ro. 4:5).

¿Está Pablo diciendo una cosa y Santiago otra? De ningún modo. Lo que sucede es que Santiago está mirando una de las caras de la moneda llamada fe, y Pablo la otra. En otras palabras, Santiago explica el lado activo de la fe y Pablo el lado pasivo. En cierto sentido los escritores dicen la misma cosa, aunque contemplen la fe desde diferentes perspectivas. Pablo se dirige al judío que busca obtener la salvación obedeciendo la ley de Dios. A éste Pablo le dice: “No son las obras de la ley sino la fe en Cristo la que trae la salvación”. Por el contrario, Santiago dirige sus observaciones a la persona que dice que tiene fe, pero no la pone en práctica.

Considérense los siguientes puntos:

1. Fe sin obras. ¿Qué quiere decir Santiago cuando habla de la fe? Por cierto que no se está refiriendo a una afirmación doctrinal llamada confesión de fe tal como el testimonio Jesús es Señor (1 Co. 12:3). La diferencia entre confesar la fe por medio de una confesión—por ejemplo, recitando el Credo Apostólico—y confesar activamente nuestra fe por palabra y obra reside en que la fe expresada en la confesión puede ser nada más que un asentimiento meramente intelectual sin obras que lo confirmen. Esto es lo que Santiago tiene en mente cuando pregunta: “¿De qué¡ sirve, hermanos míos, que uno afirme que tiene fe si no tiene obras?”.

Santiago es específico. Dice: “si uno afirma que tiene fe”. No escribe. “Si un hombre tiene fe”. Santiago da a entender que la fe de esta persona en particular no es una confianza genuina en Jesucristo, De hecho, la proclamación que ese hombre hace de su fe está vacía. Si se limita a asentir con la cabeza a las palabras de una afirmación doctrinal, su fe es intelectual, estéril y vana.

La fe en Dios por medio de Jesucristo es una certeza que fluye de nuestros corazones, emana de nuestras mentes y se traduce en hechos. Una fe vibrante en palabra y obra, hablada y ejecutada por amor a Dios y a nuestro prójimo, nos salva.

V.15. Supongamos que un hermano o hermana se encuentra sin ropa y carece del sustento diario. 16.Si uno de vosotros le dice: “Vé en paz; caliéntate y sacíate”, pero no hace nada acerca de sus carencias corporales, ¿de qué sirve?

2. Palabras sin obras. Para Santiago, la fe y el amor van juntos. El recurre a una vivida ilustración para describir a alguien que no es un extraño ni un vecino sino un “hermano o hermana”.

Este hermano y hermana en el Señor “pertenecen a la familia de los creyentes” (Gá. 6:10) que mira con anhelante expectación a los miembros de la iglesia esperando ayuda en su tiempo de necesidad.

Santiago escribe que el hermano y hermana están sin ropa, es decir están pobremente vestidos, y que tienen necesidad del alimento diario. La situación es desesperada, en especial cuando el tiempo es frío.

¿Cuál es la respuesta a esta necesidad? “Si uno de vosotros”, dice Santiago, “que actúa como vocero solamente dice palabras huecas pero rehúsa ayudar, ¿de qué sirve que diga que tiene fe?”. Las palabras son muy buenas: “Ve en paz”. Esta es una típica despedida hebrea que aparece muchas veces en la Escritura y en los Apócrifos (Jue. 18:6; 1 S. 1:17; 20:42; 29:7; 2 S. 15:9: 2 R. 5:19; Mr. 5:34; Lc. 7:50; Hch. 16:36; Jdt. 8:35). Este saludo es más o menos nuestro equivalente de “adiós” (Dios vaya contigo).

Opino que el dicho ve en paz resume el dicho popular Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos. Es decir, que el hermano y hermana hambrientos y temblorosos hagan lo necesario por salir ellos mismos de su propia situación. “Caliéntense y sáciense”. Si el hermano y la hermana afligidos por la pobreza solamente se esforzaran, tendrían suficiente para comer y suficiente ropa para vestirse. Y Dios los bendeciría.

La ironía de toda la situación es que el que habla razona desde su propio punto de vista, porque él mismo tiene suficiente ropa para proteger su cuerpo del frío y suficiente comida para mantenerse bien alimentado. El es, sin embargo, quien dice palabras vacías que no le cuestan nada y que no tienen sentido para el oyente.

Si esta persona no hace nada acerca de las necesidades físicas de su hermano o hermana, ¿de qué valor es su fe? Santiago da la respuesta en el próximo versículo.

V,17. Así también la fe, por sí misma, si no va acompañada por la acción, está muerta.

3. Fe muerta. A veces los cristianos proclaman el evangelio del Señor sin tener en cuenta para nada las necesidades físicas de sus oyentes. Le hablan a la gente acerca de la salvación, pero parecen olvidar que la gente empobrecida necesita ropa y comida para hacer que el evangelio sea relevante. A menos que la palabra y el hecho vayan juntos, a menos que la predicación del evangelio vaya acompañada por un programa de acción social, a menos que la fe sea demostrada por medio de un cuidado y preocupación amorosa, esa fe está muerta.

Al enseñar la parábola del sembrador, Jesús distingue entre la fe transitoria y la fe verdadera. La fe transitoria es como la semilla sembrada sobre el terreno rocoso; no tiene raíz y dura solo un poco de tiempo (Mt. 13:21). Una fe así termina en una muerte inevitable.

En contraste con eso, la verdadera fe es como la semilla que cae en buen terreno y produce una cosecha abundante. La verdadera fe está firmemente enraizada en el corazón del creyente.

Particularmente en este versículo el escritor contrasta la fe que está viva con la fe que está muerta. Describe una fe vibrante al recordarle a sus lectores el ejemplo de Abraham ofreciendo a su hijo Isaac (v.21). Y usa un sinónimo para representar el término muerto. Es así que él escribe que “la fe sin obras es estéril” (v.20) bastardillas añadidas). Entonces, la fe que está muerta todavía es fe, pero es inútil, carece de valor.

Un ejemplo de la fe que no tiene valor es la fe del rey Agripa en los profetas. A causa de su trasfondo cultural, Agripa conocía el contenido de los libros proféticos del Antiguo Testamento. Pablo afirma que Agripa creía los profetas (Hch. 26:27). Pero la fe intelectual en sí misma, está muerta.

V.18. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe; yo tengo obras”. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por lo que hago. 19. Tú crees que hay un solo Dios. ¡Haces bien! Hasta los demonios lo creen—y tiemblan.

Dividimos esta sección en tres partes:

1. Argumento. No debe preocuparnos en este momento si Santiago debate con una persona real o imaginaria. El desarrolla su argumento como sigue:

Alguien dice: “Tú tienes fe; yo tengo obras”. Esta persona no quiere decir que Santiago tiene fe y ella tiene obras. No, quien habla se refiere a dos personas, una que afirma que tiene fe pero no tiene obras, y otra que insiste que tiene obras pero carece de fe. Separa la fe de las obras.

Supongamos entonces que una persona sólo tiene fe y otra sólo tiene obras. En tal caso, es posible que aquel que dice tener fe llegue a Dios más prestamente que el que sólo tiene obras a su favor. Y por eso, a causa de su fe, se considera superior a la persona que carece de fe pero tiene obras.

2. Desafío. Santiago rehúsa aceptar una división entre la fe y las obras. La verdadera fe no puede existir separada de las obras, y las obras aceptables ante los ojos de Dios no pueden ser hechas sin la verdadera fe.

Santiago le lanza un desafío al que habla: “Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por lo que hago”. Vale decir que Santiago quiere ver qué tipo de fe posee su interlocutor. Si la fe no ha echado raíces en el corazón del entonces dicha fe no llega a ser nada más que palabras huecas—es estéril. Lo contrario es la verdadera fe, la que está inseparablemente unida a obras de amor. Pablo resume este punto brevemente cuando dice: “Lo único que cuenta es la fe que se expresa por medio del amor” (Gá. 5:6).

El interlocutor de Santiago presenta un argumento adicional; dice que la fe no es necesaria. Aboga por un cristianismo práctico. Argumenta que hacer buenas obras es más importante que creer en una determinada doctrina. No se da cuenta de que esas obras suyas, llamadas “de caridad”, nada tienen en común con las obras de gratitud que se originan en el corazón agradecido de un creyente.

3. Corrección. Santiago se dirige aquí a todos los que intentan separar la fe de las obras. Los desafía a que le muestren una verdadera fe sin obras, u obras aparte de la fe. Y luego les dice que él les mostrará su fe por medio de su conducta. O sea, que en todo lo que él hace, la fe es el ingrediente principal. Así como un motor produce poder a causa de la corriente eléctrica que fluye en su interior, del mismo modo un cristiano produce buenas obras cuando la verdadera fe le da poder.

Oímos en esto un eco de aquella enseñanza de Jesús que dice que conocemos al árbol por su fruto; un árbol sin “buen fruto es cortado y tirado al fuego” (Mt. 7:19). Aquellos que hablan pero no actúan oirán a Jesús decir: “Nunca os conocí. ¡Alejaos de mí, hacedores de maldad!” (v.23). La fe sin obras es muerta.

En este capítulo, Santiago se refiere a dos clases de fe; la verdadera fe y la fe fingida. La primera clase es característica del verdadero creyente que muestra su fe “por medio de obras hechas en la humildad que viene de la sabiduría” (Stg. 3:13). La segunda clase es una demostración de una ortodoxia muerta que no va más allá de ser una serie de afirmaciones doctrinales que reflejan adecuadamente la enseñanza de las Escrituras. Por ejemplo, los judíos recitan su credo y dicen: “Oye, oh Israel: El Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Dt. 6:4). Pero si la fe no es más que una recitación de las palabras familiares de este credo—aunque estas palabras son totalmente bíblicas—la misma se ha transformado en un frío ejercicio espiritual que nada tiene que ver con una fe que fluye del corazón.

Santiago llega al quid de su ilustración. Dice: “Tú crees que hay un solo Dios. ¡Haces bien! Hasta los demonios lo creen—y tiemblan.” Pero lo cierto es que ningún ángel caído puede reclamar para sí la salvación en base a esta fe puramente objetiva. De modo similar, el hombre que sólo da su asentimiento intelectual a la verdad de las Escrituras, sin demostrar adhesión al Dios que confiesa, carece de verdadera fe. Su fe, que no es nada más que una pretensión, está muerta. La persona tiene sólo el conocimiento de que Dios es uno y que no tiene verdadera fe en Dios por medio de Jesucristo es peor que los demonios. Los demonios, dice Santiago, lo creen y tiemblan.

Lo que quiere decir es que aun entre los demonios prevalece la verdad doctrinal. Ellos confesaron el nombre de Cristo durante el ministerio de Jesús (Mr. 1:24; 5:7; Lc. 4:34). Su conocimiento del Hijo de Dios les hizo temblar, pero tal conocimiento no podía salvarlos. El conocimiento sin fe es inútil..

Espero que esto aclare las dudas sobre este tema.

Por Pastor: José Alberto Vega

Comentario al Nuevo Testamento de W. Hendriksen Mateo

Comentario al Nuevo Testamento de W. Hendriksen Santiago, p 109-112

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