Gozo en medio de la Angustia – Estudio

Hace algunos días quedé fuertemente impactado al leer que el premio Nobel de literatura, Ernest Hemingway, era nieto e hijo de abuelos y padres muy religiosos, y que de niño había entregado su corazón a Cristo y había sido bautizado.

El relato afirma que el pequeño y sincero Ernest deseaba ser bueno. Cada mañana oraba, pidiéndole a Dios que lo ayu­dara a ser un niño cristiano, le suplicaba que le diera fuerzas para no pecar y para cumplir con las expectativas que sus pa­dres, maestros y amigos habían depositado en él. Pero no podía. Le resultaba imposible. Siempre, al final del día, veía que en algo había fallado.

Frustrado por sus fracasos y decepcionado de su religión, renunció al cristianismo, se volvió ateo, enemigo de su anti­gua fe, y se entregó a una vida de «placeres».

Su biografía presenta un triste desenlace. Hemingway, ya adulto y en la cumbre de la fama, escribió: «Vivo en un vacío, en una soledad como la de una radio con baterías agotadas y sin energía eléctrica».

Con tales sentimientos no es de extrañar que un do­mingo de 1961 en Ketchum (Idaho) tomara un arma, la apuntara contra su propia cabeza, disparara y se suicidara.

Para muchos de nosotros es fácil identificarnos con Ernest Hemingway, porque una sincera evaluación de nuestra vida cristiana pareciera dejamos con tres opciones:

  • La primera, pretender que somos fieles, vivir una men­tira, actuando hipócritamente.
  • La segunda, vivir con la frustración de no alcanzar el ideal propuesto en la Biblia.
  • La tercera, por la que optó Hemingway, abandonar la iglesia y caer en el vacío de una vida sin Dios.

El apóstol Pablo vivió esta angustiosa tensión, la sintió tan intensamente que llegó al punto de sentirse miserable por no poder hacer el bien que deseaba y, en cambio, hacer el mal que aborrecía. (Romanos 7:19)

La causa de esta zozobra radica en la dualidad que pro­duce el hecho de que seamos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17) que siguen vi­viendo en cuerpos viejos. Somos personas a las cuales se les ha quitado el malvado corazón de piedra y se les ha colocado un corazón nuevo de carne, (Ezequiel 11:19) pero nuestro cuerpo sigue siendo corruptible. Somos seres humanos a los cuales se les ha puesto la Ley de Dios en la mente y el temor de Dios en el corazón, pero que todavía vivimos en un cuerpo de muerte. (Romanos 7:24)

El apóstol Pablo habla de esta dualidad:

«Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais». (Gálatas 5:17, RV95)

En el mismo momento en que nos entregamos a Crito nos convertimos en el campo de batalla donde se desarrolla el conflicto entre la carne y el Espíritu, entre el bien y el mal.

El destacado erudito Rudolf Schnackenburg acertó de llenó al declarar que la causa de nuestra terrible dualidad se debe a que en el momento de nuestra conversión se nos dio la capacidad para resistir al pecado pero no se nos dio incapacidad para pecar.

Gracias a Dios somos capaces de vencer el pecado; pero, aun cuando no nos guste, hemos de admitir que todavía somos carnales —es decir, sujetos a pasiones carnales—, y que, debido a ello, no poseemos la impecabilidad.

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Todos los cristianos sabemos que debemos vivir sin pecar, y más aún, ¡queremos vivir sin pecar! No obstante, muchas veces no alcanzamos este ideal. No porque no queramos, sino porque no podemos, porque nos falta la fuerza y lo que abunda en nosotros es la debilidad.

Es en momentos como esos cuando sentimos la amarga rea­lidad de las palabras que pronunció nuestro Señor Jesús:

«El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». (Mateo 26:41, RV95)

¿Hay alguna solución a esta angustia que produce la frus­tración de un ideal que no alcanzamos?

¿Es posible vivir un cristianismo feliz, libre de culpa y lleno de esperanza en medio de nuestras caídas, y a pesar de nuestros fallidos intentos de perfección cristiana?

La respuesta es rotundamente ¡sí! Y sí, únicamente por­que en Cristo siempre tenemos el perdón que elimina nues­tra tristeza por los pecados cometidos y la justicia que cubre nuestras imperfecciones.

El apóstol Pablo presentó claramente esta gran verdad del perdón en Cristo y de la justificación en Cristo. En tres bre­ves oraciones encontramos las tres grandes afirmaciones que constituyen el corazón del evangelio:

«Por tanto, hermanos, sepan que por medio de Jesús se les anuncia a ustedes el perdón de los pecados. Ustedes no pudieron ser justificados »Ir esos pecados por la Ley de Moisés, pero todo el que cree”, justificado por medio de Jesús». (Hechos 13:38-39)

Fíjate, querido amigo lector, en lo siguiente:

  • En primer lugar, observa la frase que afirma que por medie > de Cristo «se les anuncia a ustedes el perdón de los peca­dos». El perdón de los pecados es un anuncio, un anuncio de un acontecimiento ya ocurrido, ya realizado. El perdón de nuestros pecados es algo que Cristo logró hace más de dos mil años en la cruz del Calvario sin mi ayuda ni la tuya, in­cluso sin nuestra presencia. De ahí que el perdón de los pe­cados no sea algo que alcanzamos, realizamos o logramos nosotros después que hemos pecado. No. De ningún modo. El perdón de pecados es algo que ya fue realizado por Cristo. Por lo tanto, hoy es mi gozo, mi inmenso e indescriptible gozo, repetirme una vez más a mí mismo, y ahora compar­tir contigo, y anunciarle a todo el mundo a voz en grito, que en Cristo tenemos ya el perdón de nuestros pecados.
  • En segundo lugar, observemos detenidamente cómo sigue el texto: «Ustedes no pudieron ser justificados de esos pecados por la Ley de Moisés, pero todo el que cree es justificado por medio de Jesús». Cuando en el Sermón del Monte vemos la Ley en toda su profundidad, cuando en Cristo vemos la per­fección en toda su plenitud, nos frustramos porque nos damos cuenta de que lo mejor de nuestras vidas es como, en la grá­fica expresión del profeta Isaías, «trapos de inmundicia». (Isaías 64:6)

    Nos angustia saber que nunca, bajo ninguna circunstan­cia, lograremos la justicia perfecta que se requiere para en­trar al cielo.

    Pero, amigo, gózate conmigo, porque en el evangelio hay realmente buenas noticias. La buena noticia, la gran noticia del evangelio, es que en Cristo somos justificados, en Cristo somos declarados justos, en Cristo somos contados como justos… a pesar de que no somos realmente justos.

  • En tercer y último lugar, se destaca que todo lo que debemos hacer para tener el perdón que limpia nuestros pe­cados y la justicia requerida para ir al cielo, es creer, es aceptar que estamos perdonados y justificados en Cristo:

«Hermanos, sepan que por medio de Jesús se les anuncia a ustedes el perdón de los pecados. Ustedes no pudieron ser justificados de esos pecados por la Ley de Moisés, pero todo el que cree es justificado por medio de Jesús».(Hechos 13:38-39) La sal­vación es para todo aquel que cree.

La triste realidad es que nos vamos a perder, no por nues­tras acciones malas, sino por nuestra incredulidad.

Nuestra desgracia no es nuestra maldad, sino nuestra ter­quedad en no aceptar la solución a nuestra maldad: el sacri­ficio de Cristo Jesús, nuestro Salvador.

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