Juan el Bautista “La encarnación de Cristo” – Exhaustiva – Parte 2/6

En el presente trabajo de “La encarnación de Cristo” estudiaremos la obra y ministerio de:  

JUAN EL BAUTISTA   

Juan el Bautista nació para un propósito muy especial, se le asignó la tarea más importe que pueda haber en la historia, la de preparar el camino y bautizar al Ser más bello e importante de todo el universo, a Dios encarnado:

“En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos,  porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías,  cuando dijo: par Voz del que clama en el desierto  Preparad el camino del Señor,  Enderezad sus sendas” (Mat 3:1-3)

Que privilegio más grande para un ser humano el de bautizar al Dios Hombre, a Cristo encarnado, una de las Personas de la  Trinidad ante  el  cual los ángeles  se  inclinan en adoración incesante, el  cual  es  Creador de todas  las  cosas, y por Quien todo subsiste, el Gobernante del universo,  el Redentor del mundo perdido, y el Juez final de  toda  la creación  de Dios.  Hay una profunda interrogante concerniente al bautismo de nuestro Señor Jesucristo, Aunque algunos pueden cuestionar  el  hecho mismo sin embargo fue bautizado  tanto  en agua como por  medio de los sufrimientos de la muerte, comparemos:

“Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos,  postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos,  el uno a tu derecha,  y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo,  dijo: No sabéis lo que pedís.  ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber,  y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. El les dijo: A la verdad,  de mi vaso beberéis,  y con el bautismo con que yo soy bautizado,  seréis bautizados;  pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda,  no es mío darlo,  sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.” (Mat 20:20-23)

“Otra vez fue,  y oró por segunda vez,  diciendo: Padre mío,  si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba,  hágase tu voluntad.” (Mat 26:42)

Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina;  la copa que el Padre me ha dado,  ¿no la he de beber? (Jn 18:11)

El ministerio que le fue encomendado a Juan en la tierra es uno de los más grandes en toda la historia, se le concedió el  más alto  honor  que  se le puede dar a un ser humano, el de bautizar al Salvador, y se  declara que Juan fue el último profeta del antiguo orden y que él es el mayor de todos los nacidos de mujer:

“De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista;  pero el más pequeño en el reino de los cielos,  mayor es que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora,  el reino de los cielos sufre violencia,  y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.” (Jn. 11:11-13)

Juan fue el mensajero del Señor, divinamente escogido  -el  heraldo que fue enviado especialmente a anunciar el advenimiento del Mesías-, tarea para la cual fue bautizado desde el vientre de su madre. Isaías predijo con respecto a Juan:

“Voz  que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en  la  soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese  todo  monte y collado; y lo torcido  se  enderece, y lo áspero  se  allane. Y  se  manifestará  la gloria de Jehová, y toda carne justamente  la  verá; porque la boca de Jehová ha hablado” (Is. 40:3-5).

Como podemos ver el trabajo de Juan el bautista fue muy especial, vino a preparar el camino al Dios encarnado, nuestro Señor Jesucristo.

Malaquías anunció también en nombre de Jehová: “He  aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de  mí.”  No debemos de pasar por alto esta comparación porque están completamente de acuerdo con lo que registra la predicción acércate Juan el Bautista, porque las dos están relacionadas con el ministerio de Juan, principalmente con el sistema de méritos de Moisés en la Ley y en ningún sentido en la gracia por la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La elección de Juan a que fuese el mensajero de Jehová y el heraldo de Cristo es algo que no se le ha encomendado a hombre alguno. A Juan  se  le  encomendó de forma divina la tarea de  preparar el camino  del Mesías como podemos comparar en Marcos 1:2 y Hechos 19:4

“Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,  El cual preparará tu camino delante de ti.” (Mr 1:2). “Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento,  diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él,  esto es,  en Jesús el Cristo.”(Hch. 19:4).

Todo esto había de acontecer para que Cristo “fuese manifestado a Israel.” El explicó: “… por  eso vine yo bautizando en agua” (Jn. 1: 31).

El mensaje del ángel a Zacarías es muy claro cuando le dice:

“No temas; porque  tu  oración ha sido  oída,  y tu mujer Elisabeth te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos  se  regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel  se  conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el  poder  de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar  al  Señor un pueblo bien dispuesto.” (Lucas 1:13-17)

Podemos notar que Juan tuvo una larga entrevista con los sacerdotes y levitas que estaban interesados en saber quién era él:

“Este  es el testimonio de Juan, cuando los  judíos  enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que  le  preguntasen: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres  tú  Elías? Dijo: No soy. ¿Eres  tú  el profeta? Y respondió: No.- Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?  Dijo: Yo soy la voz de  uno  que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías. Y los  que  habían  sido enviados eran de los fariseos. Y  le  preguntaron, y  le  dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas,  si  tú  no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan  les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está  uno  a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de  mí,  el que es antes de  mí,  del cual  yo  no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas sucedieron en Betábara,  al otro  lado del Jordán, donde Juan estaba  bautizando”  (Jn. 1:19-28).

Hay una cosa muy importante que debemos de reconocer y es el hecho de que el bautismo de los profetas estaba establecido como un procedimiento correcto en las mentes de las autoridades, ellos estaban conscientes de que el Mesías bautizaría cuando viniera.

Es importante hacer notar que los discípulos de Jesús también bautizaban, como está escrito:

“Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba” (Jn. 3: 22). En Juan 4:1-3 se  nos dice que Cristo no bautizaba: “Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos  habían oído  decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que  Juan  (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y  se  fue  otra vez a Galilea.”

El bautismo de Juan sirvió como un sello de su predicación reformadora, porque a él se le había encomendado que preparara el camino del Señor (Mt 3:3) y se confirma cuando él dice: “He  aquí  el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”  (Jn.  1:29). El bautismo extraordinario que  él  le  administró a Cristo nos confirma que Jesús era el Mesías. A pesar de que Juan estaba debidamente consciente de  que  él había sido elegido divinamente para esa misión  -pues  él mismo dijo: “Yo  soy la voz de  uno  que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta  Isaías”- sin embargo,  trató  de evadir la  responsabilidad de bautizar a Cristo. Esto  se  halla escrito en el Evangelio:

“Entonces  Jesús vino de Galilea a  Juan  al Jordán, para ser bautizado  por  él.  Mas  Juan  se  le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado  por  tí, ¿y  tú  vienes a  mí?  Pero Jesús  le  respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos  toda  justicia. Entonces  le dejó” (Mt. 3:13-15).

Hay una serie de razonamientos que Juan pudo haber tenido y que no alcanzaba a comprender ¿porque él tenía que llevar a cabo este trabajo?, aunque ya el Padre se lo había encomendado. Pero hay una serie de preguntas que Juan le podía hacer al Señor Jesús:

“¿Quién soy yo para poder tocar  tu  cabeza inmaculada? ¿Cómo podré extender mi mano derecha sobre  Ti  que has extendido los cielos como una cortina y que has afirmado  la  tierra sobre  las  aguas? ¿Cómo podré extender mis dedos pecadores sobre  tu  cabeza divina? ¿Cómo podré lavar al que  es  sin mancha y sin pecado? ¿Cómo encender al que es la Luz? ¿Cómo puedo orar por  Tí,  que recibes las oraciones de aquellos que ni siquiera te conocen? Al bautizar a otros los bautizo en  tu  nombre, para que ellos puedan creer que  tú  vienes en gloria; pero,  al bautizarte a  Tí, ¿a quién mencionaré? ¿En nombre de quién te bautizo? ¿En nombre del Padre? Pero  tú  tienes en  Tí  todo lo del Padre.  ¿O  en el nombre del Hijo? Pero no hay otro fuera de Tí, que por naturaleza sea Hijo de Dios.  ¿O  en  el nombre del Espíritu Santo? Pero El está absolutamente en  Tí,  pues es  de  la misma naturaleza,  de  la  misma voluntad,  de  la  misma mente, tiene el mismo poder, el mismo honor,  y  recibe contigo  la  adoración de todos. Por  tanto,  si  a  Ti te place,  oh  Señor, bautízame a mí que soy el Bautista.  Tú  me hiciste nacer, haz que nazca  de  nuevo. Extiende  tu  venerable mano derecha,  la  cual has preparado para  tí  mismo,  y  coróname con el toque de  tu  mano como heraldo de  tu  reino, para que como heraldo coronado, pueda  yo  predicarles a los pecadores, exclamando ante ellos:  He  aquí  el Cordero  de  Dios que quita el pecado del mundo  …  Y podemos  oír  lo que Cristo contesta:  Es necesario que  yo  sea bautizado ahora con este bautismo,  y  que luego,  yo  confiera a los hombres el bautismo  de  la  Trinidad. Préstame tu mano derecha oh Bautista,  para  este servicio. . . Toma mi cabeza que recibe  la  adoración de los serafines.   Bautízame, así como  yo  he de bautizar a todos los que creen en  mi,  con agua, con Espíritu  y  con fuego;  con agua, que es capaz de lavar  la  suciedad del pecado;  con el Espíritu, que puede hacer que lo terreno  se  haga espiritual; con fuego, que consume  por  naturaleza las impurezas de las transgresiones. Habiendo  oído  el Bautista estas cosas, extendió su diestra temblorosa, y bautizó al Señor.”

No debemos de olvidar que Juan era hijo del sacerdote Zacarías, de la clase de Abías, y que  la  madre de  Juan  era descendiente de Aarón directamente.

“Hubo en los días de Herodes,  rey de Judea,  un sacerdote llamado Zacarías,  de la clase de Abías;  su mujer era de las hijas de Aarón,  y se llamaba Elisabet.” (Lc.1: 5).

Juan era,  por  tanto, sacerdote  por derecho propio, aunque no existe ninguna prueba de que él haya sido consagrado para el oficio sacerdotal, ni de que lo haya sido.  El  era legalmente sacerdote del mismo modo como lo fueron los grandes profetas del Antiguo Testamento, lo cual tiene gran significado en relación con el ministerio del bautismo. Por un hombre así, tan especial, escogido y provisto  por  Dios, fue bautizado Cristo.

Este es uno de los grandes misterios de la Biblia que el Señor Jesús, el Cordero sin mancha tomó consigo el pecado del mundo, que siendo el príncipe de paz, por causa nuestra fue sometido a la ira de Dios. Pero que un día el vendrá a regir a las naciones con barra de Hierro.

En su encarnación (en su primera venida), el vino como una oveja, como un cordero sin mancha, como el Príncipe de Paz. Pero esto será completamente diferente en su segunda venida porque vendrá a regir con mano de Hierro y con espada.

Siendo Cristo el hacedor de todas las cosas, el Dueño de todo, se humilló hasta lo sumo desde el momento de su nacimiento, naciendo en un pesebre:

“El cual,  siendo en forma de Dios,  no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo,  tomando forma de siervo,  hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre,  se humilló a sí mismo,  haciéndose obediente hasta la muerte,  y muerte de cruz.” (Fil. 2:6-8)

Nuestro Señor Jesucristo, que es santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, fue hecho pecado a favor nosotros. Existen muchas paradojas con respecto a la vida de nuestro Señor Jesucristo, porque siendo el Pan de vida, pareció hambre. Siendo Él la fuente de agua eterna, tuvo sed. Siendo el dador de la vida, tuvo que morir. Pero lo más extraordinario es que el que estuvo muerto, vive para siempre. Sí, esa es la grandeza de nuestro Señor Jesucristo, que venció la muerte y resucitó y vive para siempre. Gloria sea dada a Dios por tan grande regalo de la Gracia que nos dio a la humanidad. Que Él siendo sin pecado tomó para Si todos los pecados del mundo por amor a la humanidad.

Cristo en su humillación nos enseña las cosas finitas e infinitas de Dios y del hombre, del Creador y de sus criaturas. Cristo en su encarnación nos enseña las cosas del cielo y de la tierra, las de la vida y las de la muerte. El propósito en su encarnación era enseñarnos todas estas cosas, pero el problema es que al hombre natural le es difícil entender estos misterios, por eso se hace necesaria una conversación o “el nuevo nacimiento” para poder comprender las cosas que sólo se pueden discernir espiritualmente, porque es necesario que el hombre natural muera y nazca el hombre espiritual. Para esto sólo hay un camino, que es nuestro Señor Jesucristo. El nos lo dijo en su palabra:

“No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.” (Jn 3:7)

“Jesús le dijo: Yo soy el camino,  y la verdad,  y la vida;  nadie viene al Padre,  sino por mí.” (Jn 14:6)

A nosotros con un cerebro finito nos es muy difícil entender las cosas de Dios, como podemos comprender cómo pudo Dios nacer en forma humana, porqué tuvo que morir por nosotros los pecadores, siendo el sin pecado, cómo pudo mantener una comunicación constante con el Padre, cómo el siendo omnisciente pudo crecer en sabiduría y en estatura; cómo se le pudo dar a Él algo que no fuera suyo.

Hay muchas otras interrogantes que nos podemos hacer con respecto a Jesús en su humanidad, por ejemplo el poder calmar las ondas del mar con sólo el poder de su palabra; como pudo Él tener completo dominio sobre las esferas angelicales; cómo pudo Él estando encarnado estar asociado con el Padre y con el Espíritu con sus majestuosos atributos de gloria celestial que son atribuidos al Padre y al Espíritu Santo.

Todas las respuestas de estos misterios de este supremo Ser las podemos encontrar en su Palabra en su Revelación Especial la Biblia. Que Jesús siendo 100% Dios y 100% hombre, se despojó asimismo de todos sus atributos divinos para poder ser igual a todos los hombres para poder ser nuestro ejemplo a seguir; porque si Él pudo someterse a todo lo que Dios manda en su Palabra, nos enseña que también nosotros podemos hacerlo.

La  mente humana no puede sondear las inmensurables profundidades de su Ser, ni escalar sus alturas sin límite. Muchos hombres han tratado de estudiar estos misterios durante casi 2000 años, pero Dios ha revelado todo esto a los más humildes, a los que creen en su nombre y están sometidos a Él.

“En aquel tiempo,  respondiendo Jesús,  dijo: Te alabo,  Padre,  Señor del cielo y de la tierra,  porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos,  y las revelaste a los niños. Sí,  Padre,  porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre;  y nadie conoce al Hijo,  sino el Padre,  ni al Padre conoce alguno,  sino el Hijo,  y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. (Mat 11:25-27)

“Pero él da mayor gracia.  Por esto dice: Dios resiste a los soberbios,  y da gracia a los humildes.” (Stg. 4:6)

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