La Lámpara del Cuerpo

“La lámpara del cuerpo es el ojo;  cuando tu ojo es bueno,  también todo tu cuerpo está lleno de luz;  pero cuando tu ojo es maligno,  también tu cuerpo está en tinieblas. 35  Mira pues,  no suceda que la luz que en ti hay,  sea tinieblas. 36  Así que,  si todo tu cuerpo está lleno de luz,  no teniendo parte alguna de tinieblas,  será todo luminoso,  como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor. ” (LUCAS 11:34-36  RV60)

Tus ojos son la lámpara de tu cuerpo.  Si tu visión es clara,  todo tu ser disfrutará de la luz;  pero si está nublada,  todo tu ser estará en la oscuridad.* 35   Asegúrate de que la luz que crees tener no sea oscuridad. 36   Por tanto,  si todo tu ser disfruta de la luz,  sin que ninguna parte quede en la oscuridad,  estarás completamente iluminado,  como cuando una lámpara te alumbra con su luz.” (Lucas 11:34-36 NVI)

Todos conocemos la función tan importante que tienen nuestros ojos. Es un sentido del cuerpo humano, sumamente importante y vital para todo el desarrollo de nuestras actividades.

Es muy vital también, porque nos permite ver nuestro alrededor, apreciar la belleza de las cosas de la vida, ver esos atardeceres, y ver la belleza de las personas.

Cuando este órgano del cuerpo, empieza a fallar, inmediatamente acudimos al oftalmólogo a que  nos ausculte para decirnos que hacer, que medicina o tratamiento seguir.

A través de este sentido, entra toda la información a nuestro cerebro, y ahí es procesado para poder apreciar las formas y colores, y para que logremos comprender el mundo que nos rodea. Con estas palabras, pretendo que entendamos la importancia de nuestros ojos. La palabra de Dios, en el texto que nos ocupa, se ocupa de hablar de su importancia para nuestras vidas, no tanto en el especto materia, sino más bien, en el  espiritual.

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Notemos que nos explica que la lámpara de nuestro cuerpo son nuestros ojos. Es con ellos que alumbramos nuestro interior. Recordemos lo que Jesús menciono acerca de nuestro interior:

Y decía: Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas maldades de adentro salen y contaminan al hombre. (Marcos 7:21-23).

Pero a lo que el Señor se refería más que todo con respecto a nuestra visión es,  a nuestra naturaleza pecaminosa, debido al pecado original de Adán, Y al Señor lo que le interesa es nuestra vista espiritual. Si analizamos estas palabras, nos daremos cuenta que todo nuestro interior esta lleno de maldad y oscuridad. ¿Nos identificamos con algunas de estas palabras? Creo que todos, tenemos muchas de ellas.

Lo que Jesús pretendía decirnos es que no busquemos causas externas para nuestros males internos. Nuestra naturaleza caída nos heredó todos estos males. Ahora bien, ¿qué función entonces juegan nuestros ojos en todo esto? Ellos son nuestra lámpara, ellos se encargan de iluminar nuestro interior. Entonces estimado amigo, es lo que vemos con ellos lo que determinara nuestra luz interior. Por ejemplo, los programas de televisión que vemos, la clase de libros que leemos, incluso en como vemos a una persona del sexo opuesto, etc. Esto juega un papel  muy importante en nuestra vida. Debemos cuidar nuestros ojos, para que nuestro interior sea alumbrado, y recordemos que la Luz que debe de alumbrar nuestro interior debe de ser la luz de Cristo Jesús.

Otra vez Jesús les habló,  diciendo: Yo soy la luz del mundo;  el que me sigue,  no andará en tinieblas,  sino que tendrá la luz de la vida. 13  Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo;  tu testimonio no es verdadero. 14  Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo,  mi testimonio es verdadero,  porque sé de dónde he venido y a dónde voy;  pero vosotros no sabéis de dónde vengo,  ni a dónde voy. 15  Vosotros juzgáis según la carne;  yo no juzgo a nadie. 16  Y si yo juzgo,  mi juicio es verdadero;  porque no soy yo solo,  sino yo y el que me envió,  el Padre. 17  Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. 18  Yo soy el que doy testimonio de mí mismo,  y el Padre que me envió da testimonio de mí. (Juan 8:12-18).

Que necesitamos para tener derecho a esa Luz, nada más seguir a Cristo como el Señor de nuestras vidas, y ya no andaremos más en tinieblas, sino que tendremos la Luz de la vida

Por José Alberto Vega y Mario Samayoa.

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