Mas allá de la Salud Física – Estudio

Era una mujer sumamente delgada, pálida y débil. Lle­vaba enferma doce años. Sufría una incómoda e igno­miniosa hemorragia crónica. Había gastado todo su dinero en médicos, quienes, con sus tratamientos cientí­ficos, en lugar de sanarla, habían empeorado su padeci­miento. Y cada día se sentía más abatida a causa de su enfermedad.

Había oído hablar de las milagrosas curaciones que rea­lizaba un tal Jesús. Su anhelo era verlo. Creía que aquel hom­bre podía curarla. Con fe, se decía a sí misma una y otra vez:

«Si tan solo pudiera tocar su ropa, sanaría». (Marcos 5:28)

Un día vio a Jesús, se abrió paso entre la muchedumbre, cautelosamente se le acercó por detrás, extendió su brazo y tocó su ropa. De inmediato dejó de sangrar y se dio cuenta de que estaba curada.

Marcos registra que Jesús le dijo a la mujer que acaba de sanar:

«Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote». (Marcos 5:34)

¡Grandioso milagro! La mujer fue sanada. ¡Grandioso milagro! Yo también puedo encontrar en Jesús la curación de mis enfermedades.

No obstante, por maravillosa que haya sido la curación de la enfermedad de aquella mujer, esta constituye apenas una parte del milagro. En realidad es la parte menos importante del relato. Nuestro materialismo, nuestro interés en los beneficios terrenales, nos ha quitado el gozo de contemplar lo mejor, lo más sublime. En Cristo, esta mujer encontró in­finitamente más que la simple salud física para el ahora. El texto dice que en Cristo fue adoptada como miembro de la fa­milia celestial, que en Cristo encontró su salvación eterna, que en Cristo halló paz.

Si no se poseen estas tres bendiciones: la adopción divina, la salvación eterna, y la paz de Dios, la salud física, por muy buena que sea, no se puede disfrutar plenamente. Ahora bien, con estas tres bendiciones se disfruta de la vida aun en medio de la más espantosa enfermedad.

Detengámonos un instante para contemplar estas tres bendiciones.

bendición, gracia, bendecidos, saludLa primera bendición radica en la palabra «hija». Jesús declara a esta mujer ¡su hija! ¿Hija de Cristo una mujer anó­nima? ¿Hija de Cristo y miembro de la familia celestial una mujer enferma? ¿Hija de Cristo y coheredera de los bienes celestiales una mujer impura? ¿Tan rápido se le da el título de hijo a alguien? ¿Tan fácil es pasar de una insignificante posición a la exaltada categoría de hija de Cristo?

Sí, hija de Cristo. Porque llegar a .ser hijo de Cristo no es cuestión de tiempo, no es cuestión de obediencia, no es cues­tión de conocimiento. Es cuestión de creer, de aceptar. Por­que a todo aquel que recibe a Cristo, a todo aquel que cree en su nombre, le es otorgado el derecho de ser hecho hijo de Dios. (Juan 1:12) Todos podemos ser «hijos de Dios mediante la fe en Cristo». (Gálatas 3:26) De ahí que en el mismo instante en que deposita­mos nuestra fe en él se nos concede el derecho de afirmar con seguridad: «Ahora somos hijos de Dios». (1 Juan 3:2)

Ser miembro de la familia celestial es el glorioso destino que Dios tiene reservado para todo ser humano. El apóstol Pablo dice que Dios, en su inefable amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos. (Efesios 1:5) En el hecho de que pode­mos ser llamados hijos de Dios contemplamos el inmenso amor del Padre. (1 Juan 3:1)

Volvamos a Marcos 5: 34 para observar la segunda bendición.

«Hija, tu fe te ha hecho salva». ¿Te das cuenta? No dice: «Tu fe te hará salva», ni siquiera: «Tu fe te está haciendo salva». No, la afirmación de Cristo es: «Tu fe te ha hecho salva». Es decir: «Ya eres salva».

Increíble. Esta mujer no ha vivido nada del cristianismo y ya es salva. Asombroso. Esta mujer no conoce nada de las grandes doctrinas del cristianismo y ya es salva. Pero así es. Y gracias sean dadas a Dios de que así sea.

La salvación no depende de lo que yo hago, sino de lo que Cristo ya hizo por mí. La salvación no es algo que ocu­rre en nosotros. La salvación es algo que ocurre fuera de noso­tros y que tiene un impacto dentro de nosotros. Somos salvos por lo que Cristo hizo por nosotros, no por lo que Cristo hace en nosotros.

Elena G. de White dice que «la justicia por la cual somos justificados es imputada; la justicia por la cual somos santi­ficados es impartida. La primera es nuestro derecho al cielo; la segunda, nuestra idoneidad para el cielo». Elena G. de White

Observemos que nuestro derecho al cielo depende de la justicia imputada, no de la impartida. Nuestro derecho al cielo depende no de la santificación, sino de la justificación.

Repitámoslo: Nuestro derecho al cielo depende no de lo que Cristo hace en nosotros, sino de lo que Cristo hizo por nosotros. Ah ora ya estamos listos para ver la tercera gran bendición. Leamos de nuevo Marcos 5:34: «Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz». Ve en paz. No vivas en conflictos, no te angusties, goza, disfruta de tu salvación. Mientras aprendes a vivir en obediencia, mientras tratas de crecer en santidad, nunca ol­vides que tu derecho al cielo ya está ganado, que tu salvación eterna está garantizada. Tus aciertos y desaciertos, tus éxitos y tus fracasos no definen tu salvación. Tu salvación la de­fine la inmensidad del amor de Dios.

Permíteme ilustrar esta verdad para ayudarte a interiori­zarla. En diciembre de 2000 me sentía muy, muy triste. Mi esposa, Martha, se me acercó y me preguntó cuál era el mo­tivo de mi tristeza. Le dije que me deprimía mucho tener que pasar otra Navidad separado de Tita, nuestra única hija.

Tratando de consolarme, y sabiendo Martha que siempre había querido tener un perro, me preguntó:

—¿Crees que si te permitiera tener un perro en casa te ayudaría a consolarte?

—¡Oh, sí!, por supuesto —le respondí de inmediato.

Y fue así como el perro de mis sueños, un bulldog inglés, llegó a mi vida. En honor a su fortaleza lo llamé Rocky.

Cuando lo llevé a que le pusieran sus primeras vacunas, el veterinario me preguntó cómo se llamaba.

—Rocky —respondí con orgullo.

Y pude ver cómo escribía en su cuaderno: Rocky Perla. Extrañado, le pregunté:

—¿Por qué le agregó mi apellido?

—Porque usted lo compró, porque es su perro y porque vive en su casa —fue su respuesta.

Rocky vive en mi casa. Rocky es parte de mi familia. Rocky es mi perro. Rocky es todo un Perla. Pero desgracia­damente Rocky no siempre se comporta como un Perla.

Los Perla no hacemos nuestras necesidades fisiológicas en la sala de la casa. Sin embargo, un día, cuando mi esposa y yo regresamos del trabajo, nos encontramos con la amarga realidad de que Rocky las había hecho en el mismo centro de la sala. ¿Saben qué hice? Muy enojado tomé una soga, lo saqué al patio y lo ahorqué en la rama de un árbol. ¿Podría alguien creerme capaz de hacer eso? Por supuesto que no. Nos tocó limpiar muchas veces la sala y con cariño le fuimos enseñando a Rocky a comportarse como un Perla.

Aprendió algunas cosas, pero incluso ya de adulto Rocky ha hecho otras que no son dignas de un Perla. Una noche vomitó en nuestra recámara. Indignado, fui junto a mi ve­cino y le pedí prestado su revólver para matar al perro a dis­paros. ¿De veras me ves capaz de hacer eso? Claro que no. Jamás. Limpiamos la recámara y con todo cariño lo lleva­mos al veterinario.

Rocky, a pesar de todos los desastres que ocasiona, es mi perro, hasta el punto de que cuando me trasladé de Costa Rica a Miami con gusto pagué los trámites y el pasaje para traerlo conmigo a los Estados Unidos.

Por creer que Cristo Jesús es nuestro Salvador hemos sido adoptados y salvados. Justificados, pues, por la fe, vivamos en paz, porque esta realidad no la cambian nuestros aciertos o desaciertos, está garantizada, segura e inamovible, mientras continuemos creyendo que Cristo es nuestro Salvador personal.

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