¿Qué Hacer en la Encrucijada de la Vida?

Se cuenta que en la famosa batalla de Waterloo, en la cual Napoleón fue derrotado, el Duque de Wellington llamó a sus soldados y los desafió, diciéndoles: “Debemos conquistar aquella montaña. Esto es vital, porque si el enemigo llega primero, será mucho más difícil derrotarlo. Naturalmente —continuó el Duque— yo po­dría dar la orden y sé que ustedes me obedecerían, pero no quiero que nadie se sienta forzado. Por lo tanto, llamaré voluntarios y, para que nadie se sienta obligado por el hecho de que los estoy mirando, me daré vuelta, y los que estén dispuestos a participar de esta arriesgada misión, den un paso al frente”.

El Duque les dio la espalda y cuando se dio vuelta nue­vamente, se sintió desilusionado porque todos los soldados seguían en la misma línea, pero antes de que dijera nada, un oficial tomó la palabra y le dijo: “Señor, no se ponga triste, el ejército entero dio un paso al frente”.

Historias como ésta revelan la importancia de tomar decisiones en momentos críticos de la vida. En las grandes batallas de la historia, siempre hubo soldados valientes que dejaron de lado el temor y dieron un paso al frente. La Bi­blia está llena de historias de hombres y mujeres que fueron llamados a salir, partir y luchar. Aquellos personajes bíbli­cos supieron por experiencia propia lo que significa estar indeciso. Tuvieron sus dudas e inseguridades como todo ser humano. Lucharon contra el temor y el miedo, encararon un futuro desconocido, pero fueron capaces de ver a Jesús en la encrucijada de la vida y lo siguieron hasta el fin.

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Abrahán fue uno de esos personajes. El registro bíblico narra el momento de la gran decisión del patriarca de la siguiente manera: “Pero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” Génesis 12:1). Solamente quien salió alguna vez de su tierra es capaz de comprender el dolor y el sufrimiento que implica el hecho de partir. Las raíces están hundidas en el suelo que pisamos. El futuro se presenta desconocido sombrío. Algo nos dice que debemos partir, pero tenemos miedo, vacilamos y no sabemos qué actitud tomar.

En la orden que Dios diera a Abrahán, con todo, estaba implícita una promesa: “vete de tu tierra… a la tierra que te mostraré”, e innumerables ejemplos nos han demostrado que el mejor lugar para vivir es la tierra que Dios ha pre­parado para cada hijo. En realidad, partir, significa crecer. Dios estaba invitando a Abrahán a crecer. Sólo que el cre­cimiento involucra dolor y a nadie le gusta experimentarlo. Tal vez por eso sea difícil crecer.

Cuando era niño, tenía un compañero que perdió a su padre muy temprano en la vida. Tuvo que luchar mu­cho para poder estudiar. Mientras los otros disponían de tiempo para practicar deportes, él trabajaba. Se levantaba de madrugada y se acostaba tarde, sacrificaba horas de compañerismo con los amigos a pesar de ser una persona extrovertida. Pero él tenía un blanco. Sus padres habían sido personas humildes y había una tierra mejor a donde ir. Partió, y al partir aceptó todos los desafíos y sacrificios que el crecimiento involucra, y hoy es un profesional bri­llante, tiene una familia excelente y puede dar a sus hijos la comodidad que él nunca tuvo.

Cualquiera que lo ve hoy, no podría imaginar que las manos de aquel hombre un día sangraron debido a las am­pollas que se reventaban por el trabajo. Nadie sabe de las lágrimas que tuvo que derramar para pagar el precio del conocimiento. Las cosas son así. Cuando llegas finalmente a lo que Dios te mostró, la alegría y la satisfacción son tan grandes que ni te acuerdas de las dificultades que tuviste que enfrentar en el camino.

Hay una lección más que obtenemos de la orden divina dada a Abrahán: la vida, para ser vivida en plenitud, debe ser un permanente crecimiento. No existe un punto en el que el ser humano diga: “Estoy satisfecho y no necesito crecer más”. Esto es válido para todas las áreas de la existencia, pero principalmente para la vida espiritual y el conocimiento de la palabra de Dios. Salomón afirma que “la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18), y San Pablo agre­ga:

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Filipenses 3:12).

Hay un plan divino para cada ser humano. Existe un blanco, un ideal hacia el cual Dios quiere llevarnos. Esto nada tiene que ver con la predestinación. Dios dio liber­tad al ser humano y cada uno es arquitecto de su propio destino. Pero existe un rumbo ideal al cual Dios quiere conducirte: “Vete de tu tierra, —ordena— a la tierra que te mostraré”. Si Dios sólo ordenase partir y nos dejase sin rumbo en esta vida, en cierto modo estaría siendo injusto con sus hijos. Pero él te desafía a que nunca estés satisfecho con lo que conoces y, al mismo tiempo promete: “yo te mostraré”. Sí, existe una tierra maravillosa, pero no nece­sitas andar deambulando por la vida en busca de esa tierra. “Yo te mostraré”, es la promesa de Dios.

La peor cosa que puede acontecer con el ser humano es pensar así: “nací aquí y moriré aquí. Mis padres pensaban de esta manera, y yo continuaré pensando como ellos”. ¿Sabes? La historia debe ser siempre recordada y respetada porque es del pasado de donde sacamos fuerzas para creer en el futuro. Pero cuando la historia se convierte en tradición y la tradición se convierte en norma del comportamiento humano, comienza la decadencia del hombre.

Se cuenta que cierta familia cortaba la carne en forma de círculo para colocarla en la parrilla. Así fue hecho por varias generaciones, hasta que cierto día, un niño de apenas doce años tuvo la curiosidad de preguntar a su hermana por qué estaba cortando la carne en forma de círculo si la carne era rectangular: “No sé, mamá lo hace así”. El niño buscó a la madre y recibió la siguiente respuesta: “No sé hijo, tu abuela lo hacía así”. Insatisfecho, buscó a su abuela, a quien le hizo la misma pregunta, a lo que la anciana respondió: “No sé hijo, tu bisabuela lo hacía así”. Suerte para el niño, que la bisabuela aún estaba viva, y que respondió: “¡Ah, hijo, el problema es que tenía una sola parrilla y era redonda”.

¿Alguna vez pensaste por qué crees lo que crees? ¿Cuáles son las razones que justifican tu filosofía de la vida? ¿Por qué rindes culto a Dios de la manera que lo haces? El apóstol San Pablo da un consejo oportuno de la siguiente manera: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que «vuestro culto racional” (Romanos 12:1, la cursiva es nuestra).

Aquí, el apóstol habla de un “culto racional”, ¿tu culto es ‘racional’ o ‘tradicional’? Después, San Pablo continúa diciendo: “Y no os conforméis a este siglo; sino transfor­maos por medio de la renovación de vuestro entendimien­to, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2). ¿Es necesario reforzar la interpretación bíblica para entender que Jesús está hablando aquí del “inconformismo” con los patrones establecidos por la tradición? ¿Es difícil entender que el apóstol aconseja la “renovación” de la mente, para experi­mentar la voluntad de Dios?

¿Cuál es la voluntad de Dios? ¿Cómo se renueva la men­te? La voluntad de Dios sólo puede ser conocida a través de las Sagradas Escrituras: “La tierra que te mostraré”, dice Dios. ¿Y cómo lo hará? David responde:

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

La Biblia es la antorcha que ilumina nuestros pies para no perdernos en la infinidad de filosofías que pretenden mostrar el camino. La Biblia es el mapa. Muestra la ruta para llegar con éxito a la tierra que el Señor ha preparado para el ser humano. Por eso, San Pedro afirma:

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro” (2 S. Pedro 1:19).

La Biblia, ese mapa extraordinario que Dios dejó para mostrarnos el camino, por algún motivo, a lo largo de la historia, ha sido el libro más odiado y más amado. Con seguridad revela la voluntad de Dios, pero justamente por eso su lectura se torna peligrosa, pues es un libro que genera cambios. No es posible permanecer indiferente después de leerla. Tienes que tomar una posición, aceptar o rechazar, y el consejo divino es: “Renueva tu mente con ella”, “haz con ella de tu culto, un culto racional”. “Libérate de las corrientes de las tradiciones”, “rompe los tabúes” y “conoce la voluntad de Dios para ti”.

A lo largo de mi vida he encontrado personas sufrien­do en la encrucijada de la vida. Encontraron un día la Palabra de Dios. Sus ojos se abrieron a las verdades que no conocían, pero el peso de la tradición fue tan grande, que rechazaron las verdades bíblicas a pesar de sentir la voz de Dios diciendo: “Vete de tu tierra… a la tierra que yo te mostraré”.

El otro día, un joven estudiante de la Biblia me preguntó con ansiedad, casi con angustia: “¿Quiere decir que estuve equivocado toda la vida?” “No” —le respondí. “No estabas equivocado, la verdad es que estás creciendo”. “¿Crecien­do?”, se sorprendió. Después le expliqué lo siguiente: “Cuando estabas en la primaria, aprendiste a sumar, restar, multiplicar y dividir. Después, en la secundaria, aprendiste álgebra, trigonometría, física y química. Pero no terminaste ahí. Ingresaste a la universidad y aprendiste física nuclear, trigonometría espacial y física cuántica. ¿Sería justo que al llegar a la universidad pensaras que cuando estabas en la primaria, estabas equivocado? No. Estabas creciendo. Equivocado estarías si después de terminar la primaria dijeras: ‘No quiero aprender más’ ”.

El relato bíblico afirma que Abrahán tomó la decisión de partir cuando tenía 75 años de edad. Esto es extraordinario. Nunca es tarde para cambiar el rumbo de la vida, aprender y comenzar todo de nuevo. El anciano patriarca oyó el lla­mado divino y partió. Y no demoró su decisión. No lo dejó “para el próximo año” ni para después de “jubilarse”, o para después de terminar la “universidad”. El consejo divino es:

“En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido: he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2).

¿Existe lucha en tu corazón? ¿Oyes una voz a tu lado di­ciendo: “Todas las religiones son iguales, lo que realmente importa es creer en Dios y tener fe”? ¿Sabes? La obedien­cia a Dios y a u Palabra no es sólo un asunto de religión. No es simplemente salir de una iglesia y entrar en otra. La obediencia es un asunto de amar o no amar. Porque cuando amas a una persona lo que más deseas es hacer de todo para que sea feliz, y al final descubres que el más beneficiado y feliz eres tú mismo. Por lo tanto, hacer lo que Dios pide en su Palabra no es opcional o trascendental. Es un asunto de vida o muerte, de salvación o perdición. El propio Señor Jesús afirma que

“hay camino que al hom­bre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).

Cuentan la historia de una joven judía que aceptó a Jesús como su Salvador y decidió seguirlo hasta el fin. Los padres hicieron de todo para hacerla desistir, inclusive le pagaron un viaje alrededor del mundo durante un año, con la esperanza de que la hija se olvidara de la fe cristiana. Pero nada dio resultado. Amenazas, promesas, castigos, nada hacía que la joven convertida cambiara la decisión de seguir a Cristo.

Cuando cumplió los 22 años, los padres dieron una gran fiesta de cumpleaños para los vecinos, amigos y pa­rientes, y de repente, en medio de la fiesta, el padre pidió silencio y habló: “Esta fiesta no es sólo para celebrar el cumpleaños de nuestra hija, sino también para pedirle una decisión pública y definitiva: ‘o abandona a Jesús o abandona el hogar’ Hubo un silencio sepulcral. Nadie podía imaginar qué ocurriría. Había tensión y ansiedad en el ambiente. Todos miraban a la joven imaginando cuál sería su actitud. La joven cristiana se dirigió al piano, tocó una canción que hablaba de su inmenso amor por Cristo y después llorando dijo a sus padres que los amaba mucho, pero que jamás podría volver atrás con respecto a la decisión que había tomado.

¿Es este el momento de tomar una decisión? ¿Escuchas la voz de Jesús invitándote y al mismo tiempo tienes un montón de dudas, temores e inseguridades? No temas. El Señor Jesús jamás te abandonará. El está siempre a tu lado, dándote fuerzas para seguir adelante, hasta el fin de la jornada, ¡porque fuiste capaz de verlo en la encrucijada de la vida!

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