Las Relaciones Personales para Cristo – Estudio

No es necesario insistir en que como cristianos que­rremos que nuestras vidas cuenten para Jesucristo. Mag­netizados por su amor, querremos magnetizar a otros. Deja que haga algunas sugerencias acerca de cómo po­demos actuar de esta manera en nuestras relaciones con otras personas.

El método de la demostración

Sin duda alguna, ésta es la forma más clara. Nuestras vidas son muy a menudo el único evangelio que alguno de nuestros amigos leerá, y si la escritura que ven es repulsiva, no querrán saber nada más. En cambio, si se sienten atraídos por lo que ven, no será difícil conducirlos a Jesucristo, el autor de la transformación que les ha impresionado. Recuerdo una nadadora olímpica que, después de una intensa batalla interior, entregó su vida a Cristo. Se había sentido asombrada por la vida cristiana de una amiga suya, y esto la predispuso a prestar aten­ción a las buenas nuevas acerca de Jesús.

El método de la contribución

No tienes que haber sido cristiano por más que unos pocos días antes para que puedas comenzar a influir en los demás por medio de este método de demostración. Pero es tristemente posible que si arrinconas al Espíritu Santo en alguna esquina olvidada de tu vida, llegues a ser una especie de cristiano durante muchos años sin que nadie se dé demasiada cuenta y no sea atraído a Jesucris­to. Y cuando esto sucede, es más que una tragedia. Es una calumnia contra el nombre de Jesús.

Hay otra forma en que podemos ayudar a nuestros amigos, y a aquellos a los que ni siquiera conocemos. Y es dando. Puede que sea dando nuestro tiempo planean­do un programa de radio o ayudando a preparar un local para una reunión cristiana. Puede ser proveyendo el re­frigerio para una reunión en una casa. Puede que sea participando dando ideas para una reunión evangelística en el grupo juvenil. Puede ser comprando libros cristia­nos para dar o prestar a otros. Un hombre me escribió hace un tiempo para decirme que había llegado a la fe principalmente por medio de un librito cristiano. Escri­bió: «Puede que le divierta saber que cuando le conté a un amigo acerca de mi conversión, su comentario fue: “Bueno, esto no es nada. ¡El viejo Zutano lo encontró tan útil que compró cincuenta copias para distribuirlas entre sus amigos!”» Aquel hombre estaba empleando el méto­do de la contribución para intentar compartir su relación con el Señor entre sus amigos.

relaciones personales, cristo, relacionesPero el aspecto más evidente y básico del método de la contribución es el de la aportación financiera. Dar a movimientos cristianos que conozcas y que sepas que están consagrados a proclamar las buenas nuevas. Esto significa dar, habiendo adquirido previa información, con criterio y oración. Jesús se refirió una vez a un ma­yordomo prevaricador que fue descubierto por su amo y despedido. Pero antes de irse, fue buscando a los acree­dores de su amo y les rebajó sus facturas. Esto quería decir, naturalmente, que cuando se fuese, había conse­guido varias direcciones donde sería acogido amistosa­mente, debido a la ayuda económica que les había dado. Jesús encomió a ese hombre por su sagacidad (¡no por su honradez!) y expresó su deseo de que los cristianos tuvieran esta visión de largo alcance en su uso del dinero. «Haceos amigos con el uso sagaz de vuestro dinero, de modo que el día que se os termine el dinero aquí, haya gente para daros la bienvenida en un hogar eterno», dijo. En otras palabras, invierte dinero en evangelismo; por medio de ello algunos pueden oír y responder al evangelio, que si no hubiese sido por tu abnegada dona­ción lo habrían desconocido.

El método escondido

Hay un fascinante versículo en la Segunda Carta de Pablo a los Corintios donde les invita a que le apoyen en oración en su obra de dar a conocer el evangelio. Lo que les dice es, literalmente: «Vosotros estáis ayudando jun­tamente por debajo en oración.» ¿Qué debía tener en mente? Sugiero que está pensando en las fortalezas que eran un rasgo tan común en el mundo antiguo. El evan­gelismo involucraba el asalto de fortalezas semejantes en las vidas de las personas. Pero un asalto frontal es gene­ralmente inútil. Lo que se necesita es un túnel. Esto exige un trabajo duro, un trabajo sostenido, un trabajo en equipo. Un trabajo así no es ni público ni apreciado. Pero es crucial si la fortaleza ha de ser tomada. La oración es algo así. Asalta los recintos interiores de la voluntad de la otra persona de una manera que no pueden hacerlo nuestras palabras.

Ahora bien, dejadme confesaros en el acto que yo mismo no soy muy bueno en esto. Por temperamento yo preferiría mucho más lanzarme al asalto de murallas que minar un túnel en oración. Pero sé, y lo sé por una cons­tante experiencia, que lo que cuenta es el minado del túnel. Recuerdo de manera vivida una misión en la Uni­versidad de Cambridge hace algunos años. Habíamos visto una numerosa asistencia cada noche, entre ocho­cientas y mil doscientas personas. Pero no había muchos resultados evidentes en cuanto a conversiones. Nos vi­mos reducidos de vuelta a lo fundamental, de vuelta a minar en oración. Mucha parte de la última noche fue dedicada a la oración por parte de personas de todo Cambridge. En la última noche de la misión tuvimos una destacable apertura por parte del Espíritu Santo de Dios, y muchos respondieron a Cristo, tanto entonces como en las semanas que siguieron. Esto volvió a enseñarme otra vez que la oración es quizás el aspecto más importante del evangelismo, y el aspecto en el que yo, en todo caso, soy más propenso a fracasar.

El método de la invitación

Si un escolar de dieciséis años no hubiese empleado conmigo el método de la invitación, dudo mucho que estuviera yo escribiendo esto hoy. Me invitó a una re­unión donde descubrí de qué trataba la vida cristiana. Al ir asistiendo regularmente durante muchas semanas, ob­servé que otros adolescentes estaban utilizando el méto­do de demostración. Y ahora sé que había gente en el trasfondo minando con el método escondido. Estos fac­tores, bajo la buena mano de Dios, se combinaron para llevarme a ponerme de rodillas. Mi amigo, el que me había invitado, había descubierto a Cristo hacía sólo unas cuantas semanas. Era muy inexperto. Pero podía decir: «Ven y verás.» Y estaré siempre agradecido que así lo hizo.

Esto es precisamente lo que vemos que estaban ha­ciendo algunos en el primer capítulo del evangelio de San Juan. «Venid y ved», dice Jesús al primer par de discípu­los. Uno de ellos vuelve entusiasmado a casa y dice a su hermano Simón Pedro: «Ven y verás.» Poco después, llega­mos a un escéptico Natanael. Felipe contrarresta sus dudas precisamente con la misma invitación: «Ven y verás.»

El asunto es bien evidente. William Temple lo expresó de una manera clara:

Es totalmente inútil decirle a la gente: “Ve a la Cruz.” Hemos de poder decirles: “Ven a la Cruz.” Y sólo hay dos voces que pueden dar esta invitación de una forma eficaz. Una de ellas es la voz del Redentor sin pecado, con la que no podemos hablar. Y la otra es la voz del pecador perdonado, que se sabe perdo­nado él mismo. Ésta es nuestra parte.

Esto no precisa de una dilatada experiencia. No de­manda la capacidad de explicar las buenas nuevas. Pero sí demanda que hayamos encontrado a Jesús por noso­tros mismos. Y demanda el deseo de compartirlo con otros. Dadas estas condiciones, cobraremos valor para invitar a otros a la cena, a la reunión en casa, al servicio de la iglesia, a la campaña o a allí donde sepas que el evangelio será dado a conocer de una manera atrayente y relevante. Por lo que a mí respecta, el orador en estas ocasiones podría ser el arcángel Gabriel. Pero no podría hacer nada en absoluto si algunos cristianos fieles no hubiesen estado haciendo un buen trabajo con el método de la invitación. Y recuerda: vendrán si les gustas y si te respetan, y si están impresionados por los cambios que Cristo ha hecho en ti. Pero si no ven diferencia alguna en ti, no es probable que respondan a tu invitación.

Se había sentido asombrada por la vida cristiana de una amiga suya, y esto la predispuso a prestar aten­ción a las buenas nuevas acerca de Jesús.

El método testimonial

No es difícil ir un paso más allá del método de la invitación, aunque seas todavía muy nuevo en la vida cristiana. Es dar un testimonio acerca de Jesús. Estar dispuesto a decir: «Sí, hay una diferencia en mi vida, y se debe a Jesús. He descubierto que está vivo.» Algo sencillo así. «Haced a Cristo supremo en tu corazón y entonces, si alguien os pregunta la razón de vuestra con­fiada creencia, estad dispuestos a contárselo, y hacedlo de una manera gentil y respetuosa.» Éste fue el consejo de Simón Pedro: y él había tenido bastante experiencia para cuando escribió estas palabras. Me gusta el pasaje en la historia de la mujer samaritana que conoció a Jesús. Estaba tan entusiasmada que dejó su cántaro de agua junto al pozo (¡olvidándose de que a lo que había ido era a sacar agua!), se fue corriendo de vuelta al pueblo y dio un testimonio franco y brillante acerca de Jesús. «Venid y conoced a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho», dijo ella: «¿No será acaso el Cristo?» Los hombres del pueblo se sintieron impresionados por su testimonio. Decidieron cerciorarse, y después que Jesús hubo pasado dos días en su población, habían quedado convencidos. «Ahora creemos», le dijeron a la mujer. ¡Y cuán gozosa debió estar ella al ver el fruto que su testimonio había producido! «Y creemos porque le hemos oído por noso­tros mismos, no sólo por lo que tú nos has contado. De cierto, él es el Salvador del mundo.»

Es difícil exagerar la eficacia incluso del testimonio más vacilante acerca de Jesús dado por el creyente más reciente. En una misión llevada a cabo por una iglesia en East Anglia, un joven (de familia muy arraigada en aquel rústico pueblo) que procedía de un hogar muy pobre fue conducido al Salvador durante la mañana del último domingo. Aquella misma tarde tuvo ánimo para levan­tarse en medio de la iglesia y decir una sola frase: «Hoy he pedido a Jesucristo que entre en mi vida.» Todos le conocían, claro. Trabajaba en el matadero cercano. Sus palabras hicieron más impacto que el sermón. Así es el poder del método del testimonio para alcanzar a otros para Cristo. Está a nuestra disposición para utilizarlo.

El método de la conversación

¿Cómo alcanzó Jesús a hombres como Nicodemo o Zaqueo? No predicándoles un sermón, sino conversando con ellos de una manera normal. Esto es algo que querre­mos llegar a dominar. Nos dará compensación; es esti­mulante; constituye un reto y conduce a la humildad. ¡Qué compensación es ver a alguien, quizás alguien por quien has orado una y otra vez y por quien has sentido interés durante mucho tiempo, entregar su vida a Jesús! ¡Qué estímulo para ti, en lo mental y espiritual, cuando tienes que pensar tu camino por el evangelio y las obje­ciones que comúnmente se le plantean, para poderlo compartir de una manera eficaz cuando se ofrece la oportunidad -y se te ofrecerá, incluso cuando te sientes junto a una persona extraña en el autobús. El reto pro­viene de la total honradez con que hemos de actuar, de la disposición a eliminar toda traza de pretensión falsa y de realmente proyectarnos a la otra persona, incluso si ello significa sufrir carencia de alimento o de sueño, o meses de espera y de batalla en oración. Y conduce a la humildad porque, cuando comienzas a pensar en esto, es sencillamente fantástico que Dios emplee a personas como tú o como yo para, tal como lo decía San Pablo, «abrir ojos ciegos, volver a los hombres de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios». Pero sucede. Él lo hace, no tú (cuando comiences a pensar que eres bueno en esta actividad evangelística te sentirás inútil. Dios no puede usar ni usará una persona orgullosa). Pero aunque lo hace él, espera la cooperación de nuestros labios. ¡El Señor de la gloria accede a cooperar con no­sotros!

Siempre tengo la sensación de que Felipe, el negocian­te de Cesarea convertido en evangelista, nos da una es­pléndida lección objetiva de evangelismo por conversa­ción. Encontramos su historia en Hechos, capítulo 8. Era un hombre modesto. Lo vemos en que era el predicador en el gran avivamiento en Samaría, y sin embargo cuan­do Dios le llamó a descender al desierto, ¡al desierto fue, aunque debieron sentirse avergonzados miembros de su equipo cuando no acudió a predicar a los cientos que esperaban aquella tarde! Dios tenía un trabajo para él: una cita con una sola persona en el desierto.

Felipe divisó a este hombre montado en su carro, y tal era su entusiasmo que corrió hasta alcanzarlo. ¡Imagine­mos una carrera tras un carro en el desierto con una temperatura de más de 50 grados al sol! Si hubiese ha­bido alguien alrededor para verlo, habrían dicho que estaba loco. Pero no estaba loco. Estaba obedeciendo la voluntad de Dios. Y descubrió (como lo descubrirás tú) que Dios ya había preparado el camino. De todas las cosas increíbles, este etíope en su carro no estaba leyendo El Diario de Jerusalén, sino el Libro de Isaías. Más aún, estaba leyendo el pasaje acerca del Siervo del Señor que es llevado como cordero al matadero, y que delante de sus esquiladores no abre la boca. ¡Qué oportunidad! Pero Felipe no se precipitó sin tacto. Preguntó si podía ser de ayuda al caballero. El hombre en el carro le preguntó si podría ayudarle en una dificultad que tenía acerca del significado del pasaje. No es sorprendente que fuese in­vitado a subir al carro, y comenzó a hablarle al inquisi­tivo funcionario etíope acerca del Jesús a quien anuncia­ba aquella profecía. Poco después el hombre profesaba su fe, y aprovechó la oportunidad para bautizarse en la única agua en aquella cálida y desierta franja de Gaza: un manantial que sigue allí hasta el día de hoy.

Ahora bien, ¡no espero encontrar a personas leyendo Isaías 53 cada vez que les hablemos! Ni habrá bautismos instantáneos con frecuencia. Pero si le pedimos a nuestro Amigo que conduzca nuestras conversaciones cada día, y que nos dé oportunidades para hablar por él cuando él quiera, entonces nos encontraremos con ocasiones entusiasmantes. Lo cierto es que nos tomará la palabra. Nos encontraremos con oportunidades. A veces fallare­mos. A veces haremos algunos avances. A veces nos encontraremos detenidos por una dificultad acerca de la cual no conocemos la respuesta y tendremos que esperar para encontrarla. A veces, en cambio, tendremos el gozo de conducir a un indagador personalmente a Jesús. Y no conozco en la vida ningún gozo más grande que éste. Es el entusiasmo culminante de emplear nuestras relaciones como conductos de su amor. Y cada cristiano está llama­do a ello. ¡No te prives de esta bendición manteniéndote al margen!

¿Qué opinas? Únete a la Discusión