Las Relaciones Personales en General – Estudio

Aquí estudiaremos las Relaciones Personales en el trabajo, la iglesia, con el prójimo, entre otras.

En el trabajo

No transcurrirá mucho tiempo antes que los compa­ñeros de trabajo se den cuenta de que ha sucedido algo. Puede que se pregunten qué es lo que te hace tan radiante incluso un lunes por la mañana. Puede que se asombren de que de verdad comienzas a llegar con puntualidad, que tratas a tu secretaria con una cortés consideración, y no como a un dictáfono por una parte, ni por la otra como a una amante. Puede que te tomen mucho el pelo, y habrás de recurrir mucho a tu buen humor y paciencia. Esperarán de tu parte una norma de conducta que no esperarán de los otros. ¡Qué cumplido es esto para tu Señor! Observarán tu honradez en las cosas triviales. Aunque la práctica de «tomar cosillas» de la empresa sea universal, aunque todo el resto se vayan media hora antes a casa cuando se les están pagando horas extras, esto difícilmente concordaría con tu profesión cristiana, y tus amigos serán bien rápidos en señalártelo.

¿Eres un empleado? Entonces tu actitud será la de hacer tu trabajo no sólo para conseguir tu salario o para mantenerte a bien con el jefe. Estarás trabajando para Jesús, y querrás producir un trabajo del que él estaría orgulloso. ¿Puedes imaginarte objetos hechos de cual­quier manera en su taller de carpintero en Nazaret? «Vo­sotros, empleados, haced vuestro trabajo para vuestros patronos terrenales, no sólo tratando de complacerlos cuando os observan, sino en todo tiempo; trabajad bien dispuestos porque amáis al Señor y queréis agradarle a él. Trabajad de firme y con buen ánimo en todo lo que hagáis, como hombres que trabajan para el Señor y no meramente para los capataces, recordando que es el “Se­ñor Cristo” quien os pagará, dándoos abundante salario de lo que él posee.»

¿Eres un patrono? Entonces tu actitud para con tus trabajadores no será la de ver cuánto provecho puedes conseguir de ellos ni hasta cuánto puedes abaratar los contratos de trabajo. No, «vosotros los patronos habéis de ser escrupulosamente rectos y justos con todos vues­tros empleados. Recordad siempre que también vosotros tenéis un Patrono en el cielo.» Cuando ambos lados de las fuerzas sociales se relacionan más allá de sí mismos con el Señor y lo que él quiere, entonces se consigue una verdadera armonía en la corporación. Pero cuando no se le tiene en cuenta, y los negocios y las industrias son gobernadas por políticas de rivalidad y codicia, no es sorprendente que el resultado sean la intransigencia, las suspicacias y la hostilidad.

Interés por los demás

relaciones personales, trabajo, personal, empleados, iglesia, estudioUna de las cualidades cristianas más distintivas es el amor para con los demás. Esto suena a tópico, pero no lo es. Es singular. Y es tan singular que los escritores del Nuevo Testamento tuvieron que acuñar una nueva pala­bra para describirlo. Porque es una actitud que vino al mundo con Jesucristo. Los antiguos lo sabían todo acerca de la philia, la amistad, que era determinada por la mutua atracción, afecto y respeto que dos personas se tenían entre sí: dependía de la valía de la persona amada. Lo sabían también todo acerca del erós, el amor de la pasión, y le daban tanta importancia como nosotros. Aquí, otra vez, la valía de la persona amada era algo crucial. Pero lo que Jesús trajo consigo fue el agapé, y este amor va determinado por la generosidad de quien da, no por la valía del objeto. Y lo cierto es que en su evangelio San Juan llega a decirnos que de tal manera amó Dios al mundo (un mundo que desde luego no podía gustarle, ni sentirse atraído por él ni respetar, ni mucho menos sentir una apasionada emoción hacia él) que dio a su Hijo único por nosotros. Este amor fue una absoluta abnega­ción. No fue determinado por la valía del amado sino por la naturaleza del Amante. Él nos ama no porque nosotros seamos dignos de su amor, sino porque él es amor. Su amor, lo mismo que su sol, resplandece igualmente sobre los justos y los injustos. Ahora bien, éste es el amor que nos ha alcanzado. Éste es el amor que ha arraigado en nosotros, y que debe ir a otros por medio de nosotros. Por ello, mostraremos interés por los demás, sean agra­dables o no, sean atractivos o no. Puede que no nos gusten, pero les amaremos, por cuanto él los ama a través de nosotros. Esto significa que no nos burlaremos del hombrecillo en la oficina que es objeto de las burlas de los demás. No dejaremos que nuestras malas hierbas caigan al jardín de nuestro vecino, por muy mal vecino que sea él con nosotros. No nos cerraremos a alguien porque haya ido a una escuela pública -o porque no haya ido. No nos apegaremos exclusivamente a personas de nuestro propio grupo social ni de nuestro propio color. No mostraremos ninguna traza de esnobismo ni de dis­criminación racial en nuestra conducta hacia otras per­sonas. Dios los hizo así. Cristo los amó hasta el punto de morir por ellos. Y él quiere que seamos conductos de este amor hacia ellos por medio de nosotros.

No mostraremos ninguna traza de esnobismo ni de discriminación racial en nuestra conducta hacia otras personas. Dios los hizo así. Cristo los amó hasta el punto de morir por ellos. Y él quiere que seamos conductos de este amor hacia ellos por medio de nosotros.

Servicio en el extranjero

Una de las maneras en que podrías considerar mostrar tu amor para con otros, si eres suficientemente joven, es ofrecerte a alguna sociedad misionera para ir y trabajar sin paga durante uno o dos años en un país extranjero en desarrollo. Estarías dando tu entusiasmo juvenil y tus habilidades, y lo estarías haciendo por Jesús. Con ello, tú mismo quedarías enormemente bendecido y enriqueci­do. Incluso un breve período es mucho mejor que nada. Muchos estudiantes universitarios cristianos pasan las vacaciones de verano en algún servicio voluntario en un país en desarrollo. Hay médicos residentes que hacen asignaturas facultativas en hospitales misioneros. Pero no has de ser joven ni ir al extranjero para encontrar oportunidades para el servicio. Encontrarás y muchas en tu propia población, en tu propia calle. Puedes preguntar a los ministros cristianos en tu congregación para que te orienten. En todo caso, el Señor te mostrará dónde pue­des ser útil, si estás abierto a sus sugerencias.

Amor en la iglesia

Hay una faceta de este amor hacia otros que se destaca por encima de todo lo demás en el Nuevo Testamento. Es el especial amor que los cristianos tienen para con los otros miembros de la familia del Señor. «Amor de la hermandad», lo llaman. Es destacable y de lo más conmo­vedor; no sé de nada en la tierra que lo iguale. El hecho que el mismo Señor te ha amado, que el mismo Padre te ha aceptado en su familia, que el mismo Espíritu vive en ti, que la misma motivación te mueve -bueno, pues esto te vincula con otros miembros de la familia de Jesús estés donde estés, de una manera que no se puede describir con palabras. Lo he experimentado en Ciudad del Cabo y en Nairobi, en Toronto y en Hong Kong, en Sidney y en Accra. Es un profundo sentimiento de mutua perte­nencia al Señor. Significa que puedes relacionarte rápi­damente con el otro cristiano; significa que quieres darle; significa que anheláis orar juntos; significa que los dos estáis preparados para manteneros juntos, incluso si es políticamente peligroso o socialmente rechazado. La Iglesia de Cristo trasciende todas nuestras barreras de raza, edad, clase y color. ¡Y así debemos mantenerlo!

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