Sé Propicio a mí Señor, soy Pecador – Estudio

A Jesús le gustaba hacer experimentos cíe amor. Nada le trajo mayor deleite que encon­trar a alguien cuya personalidad había sido aplastada, que había sido descartado por el resto de la sociedad. Entonces él tomaba el desafío de ver cuánta diferencia podía hacer amando a esa persona sabia e incondicionalmente.

Dick Winn

Seguro que tú, querido lector, igual que yo, recuerdas más de una de esas afirmaciones bíblicas que son fáci­les de memorizar por su brevedad, atrayentes por su sencillez, accesibles por su simplicidad, y que a la vez nos re­sultan tremendamente impactantes por su contenido e importancia.

Pues ahora quiero invitarte a meditar en una de esas im­pactantes afirmaciones:

«Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». (Romanos 10:13)

Ya desde su inicio, en esta aseveración se destaca lo in­clusivo y la amplitud de la salvación en nuestro Señor Jesu­cristo:

«Todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo».

Sin excepción alguna. Sin calificativo limitante. Este todo el que nos incluye a… ¡Todos!

En el otro extremo, al final de la frase, se destaca la se­guridad de la salvación en Cristo: «Todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo». Sin titubeos, sin duda alguna, con seguridad, «será salvo».

Y en el centro de esta frase se destaca la accesibilidad, lo sencillo, lo simple, de la salvación en Cristo: «Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo».

Para ser salvo no se necesita más que invocar el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Para el apóstol Pablo ser cris­tiano consistía en ser una persona que invoca el nombre de Cristo. Tanto es así que afirma que los cristianos son aque­llos que invocan el nombre de Cristo. (1 Corintios 1:2)

pecador, oracion, Dios¿Qué significa «invocar» el nombre del Señor?

Confiar, creer que Cristo perdona, acepta, recibe a todo pecador que en su necesidad clama a él pidiendo perdón.

Esto resulta fácil de comprobar cuando observamos que en el mismo contexto de este versículo aparece otra afirma­ción equivalente a la nuestra:

«Así dice la Escritura: “Todo el que confíe en él no será jamás defraudado”». (Romanos 10:11)

Sí, esto es todo lo que hay que hacer para ser salvo: In­vocar el nombre de nuestro Señor y confiar en él.

A muchos les resulta difícil aceptar esta verdad.

Nos sentimos inclinados a pensar que la salvación tiene que costamos un precio elevado, un sacrificio enorme. Tende­mos a creer que para ser salvos es preciso que tengamos que hacer algo más que simplemente invocar el nombre del Señor.

En resumen, eso de ser salvo únicamente por invocar el nombre del Señor suena a «gracia barata».

Pero a pesar de todo lo que tú puedas pensar, decir o ar­gumentar, la Palabra de Dios afirma rotundamente que: «Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo».

Nuestro Señor Jesús ilustró esta verdad de forma magis­tral en la breve parábola del fariseo y el publicano:

«A algunos que, confiando en sí mismos, se creían justos y que despreciaban a los demás, Jesús les contó esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, re­caudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo:

‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo’. En cambio, el re­caudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpea­ba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!”’ Les digo que este, y no aquel, volvió a su casa justi­ficado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». (Lucas 18:9-14)

  • Aquí tenemos a un pecador tan consciente de su maldad que no tenía valor para criticar a otros.
  • Aquí tenemos a un pecador tan consciente de su maldad que no era capaz de compararse con otro.
  • Aquí tenemos a un pecador tan cargado de maldad que no era capaz de elevar su vista al cielo.
  • Aquí tenemos a un pecador tan consciente de su iniqui­dad que no podía encontrar nada digno en sí mismo que le diera alguna esperanza de salvación.
  • Aquí tenemos a un pecador, tan pecador, que lo único que puede decir de sí mismo es eso, que es pecador. Y lo único que puede decir en su oración es: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!»

En esta parábola Jesús afirma que por el simple acto de orar a Dios, de clamar a Dios, de invocar el nombre del Señor, diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí», este pe­cador «volvió a su casa justificado», es decir, declarado justo, completamente listo para el reino de los cielos.

Fíjate que he dicho «declarado justo», no «hecho justo». «Justificar» no es «hacer justo», sino «declarar justo».

Aquel hombre era pecador, y por el simple acto de invocar su nombre, Jesús lo declara justo. Era literalmente un pecador a quien el Señor Jesús literalmente declaró justo. Era al mismo tiempo y a la vez realmente justo y realmente peca­dor. Era en verdad pecador en sí mismo, pera también era en verdad justo en Cristo.

Para entender mejor esto permíteme ilustrarlo.

Suponte que en lo que a teología se refiere tú eres ile­trado, completamente ignorante. Es más, ni siquiera sabes leer; no tienes aprobado ni el primer grado de primaria. Y acudes al rector de la universidad y le dices: «Necesito ser doctor en Teología, me urge serlo, Tenga usted compasión de mí y decláreme doctor en Teología».

El rector accede a su petición, se levanta de su asiento te viste con la toga doctoral, te coloca el birrete de graduando, te cambia la borla, te entrega un título auténtico de doctor en Teología y te dice: «Te declaro doctor en Teología».

Tú, en ti mismo, no eres doctor, pero la universidad te declaró doctor; así que eres doctor.

Eso es lo que ocurre cuando, hundidos en nuestra enorme maldad, invocamos el nombre del Señor. En el acto él nos justifica, es decir, nos declara justos, santos, listos para el reino de los cielos; aun cuando todavía somos pecadores.

Elena G. de White expresó esta verdad con las siguien­tes palabras: «Somos pecadores por nosotros mismos, pero somos justos en Cristo». Elena G. de White. Y luego agrega:

«Toda alma puede decir: “Mediante su perfecta obediencia, Cristo ha satisfecho las demandas de la Ley y mi única espe­ranza radica en acudir a él como mi sustituto y garantía, el que obedeció la Ley perfectamente por mí. Por fe en sus méritos, estoy libre de la condenación de la Ley. Me reviste con su jus­ticia, que responde a todas las demandas de la Ley. Estoy com­pleto en Aquel que produce la justicia eterna. El me presenta a Dios con la vestimenta inmaculada en la cual no hay una hebra que fue entretejida por instrumento humano alguno”».

¿Es esto verdad para nuestro tiempo y para nuestra iglesia? Por supuesto que sí. ¿Acaso podría ser de otro modo? Esta afirmación la obtuvo San Pablo ni más ni menos que del gran pasaje adventista de Joel 2: 28-32:

«Después de esto derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego  y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día, grande y espantoso, de Jehová. Y todo aquel que invoque el nombre de Jehová, será salvo; porque en el monte Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el resto al cual él habrá llamado» (RV95).

  • Sí, «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Y este «todo aquel» incluye al santo patriarca Abraham, y también al no tan santo rey David.
  • Sí, «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Y este «todo aquel» incluye al fiel José, y también a la in­fiel Rahab.
  • Sí, «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Y este «todo aquel» incluye al extraordinario profeta Elías, y también al ordinario ladrón de la cruz.
  • Sí, «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Y este «todo aquel» incluye al intachable Daniel, y tam­bién al lleno de manchas y tachaduras Manasés.

Por supuesto, «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Y este «todo aquel» incluye a los que se sienten felices porque tienen la dicha de estar obedeciendo y mar­chando con paso firme y seguro hacia la Canaán celestial, y también incluye a los que nos sentimos tristes porque hemos fallado, y con paso lento y vacilante seguimos caminando hacia la Canaán celestial.

Y esta afirmación nos incluye a todos nosotros porque…

«Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo».

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