La Vida en el Espíritu – Estudio

Estudiamos y discutimos sobre la persona y obra del Espíritu Santo a la luz de las Escrituras. La naturaleza per­sonal del Espíritu es de “Dios Intermediario” que procede del Padre en nombre del Hijo. Dios es una trinidad, una comu­nidad de amor, con el Espíritu como el poder personal que hace posibles la unidad y la misión de Dios. El amor que fluye de la comunidad divina se revela en la creación y se perfec­ciona en la redención. La redención conduce a una nueva creación en que el Reino de Dios será revelado finalmente cuando todas las cosas sean reconciliadas con su Creador.

El Espíritu Santo es Dios en misión; la voluntad y propósi­tos de Dios son realizados por medio del Espíritu Santo. El Espíritu continuamente de testimonio en el orden creado y en la historia, y da testimonio redentoramente en la obra reconciliadora de Jesucristo en el mundo.

La obra creadora del Espíritu puede verse en todas las esferas de la vida: la social, la política, la económica, la cultural, la ecológica, la biológica y la religiosa. Puede verse en cualquier cosa que estimula la sensibilidad por las necesi­dades de la gente; que construye comunidades y sociedades más justas y pacíficas y que hace posible que la gente viva en mayor libertad para hacer elecciones responsables en pro de una vida más abundante. Puede verse en cualquier cosa que conduce a la gente a hacer sacrificios por el bien común y por el bienestar ecológico de la tierra; que opta por los pobres, los marginados y los oprimidos, viviendo en solidaridad con ellos para su superación y liberación, y que construye relacio­nes de amor y reconstituye instituciones según los valores del Reino de Dios. Todos estos son “sacramentos de la vida” que glorifican a Dios. Sólo pueden darse por medio del poder del Espíritu Santo.

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Podemos identificar la obra redentora del Espíritu en to­das las personas y eventos que dan testimonio y enseñan la verdad acerca de la persona y obra salvadora de Jesucristo, y que hacen que la gente se arrepienta de sus pecados y le entreguen a él su vida como Señor y Salvador (cf. 1 Col 5:2-3; Jn 16:8; 14:15-17).

Podemos discernir la presencia del Espíritu Santo en las personas que expresan fe en el Señor Jesucristo por medio de la confesión verbal, oraciones, celebración de adoración y alabanza y la Cena del Señor; y en las personas que rinden sometimiento y obediencia a las Sagradas Escrituras norma­tivas (cf. Jn 15:26; 16:12-15; Ro 10:9-10; Hch 2:1-47; 4:12; 2 Ti 3:16-17; 2 P 1:21).

Podemos discernir la presencia del Espíritu Santo en las personas que se identifican con sus congéneres en humildad y debilidad, y actúan en solidaridad con sus sufrimientos de manera humilde y cautelosa, evitando el sensacionalismo y la arrogancia. Usan el poder no para dominar sino para servirse mutuamente, trascendiendo inclusive la igualdad (cf. Mr 10:42-44; Ef 5:18-21; Fil 2:5-11; 3:3-11; Is 53).

Podemos discernir la obra del Espíritu en las personas que se reconcilian entre sí y entre quienes desaparecen las ba­rreras de raza, cultura y nación; que son constituidos en un solo y nuevo pueblo de los muchos que hay en la humanidad, y que manifiestan la justicia y la paz del Reino de Dios para todos (cf. Ef 2:16-18; Ro 14:17; 1 P 2:9).

Podemos ver al Espíritu en las personas que están dis­puestas a dialogar con otros en sus respectivas tradiciones religiosas y comunidades, y comparten sus luchas, temores y aspiraciones con la esperanza de que encuentren a Cristo como el objeto de su búsqueda (cf. Hch 19:8-10; Jn 4:5-26).

Podemos discernir la obra del Espíritu en las personas que anhelan que él dé vida nueva a comunidades sufrientes, desoladas y oprimidas; que se entregan a realizar la visión del Reino manifestada en las enseñanzas de nuestro Señor y sus apóstoles, por todos los medios que Dios provee (cf. Mt 5-7; 25:14-46; Hch 26:19; 1 Co 15:51-58).

Podemos discernir la presencia del Espíritu en las perso­nas que se arrepienten y reconocen su falta de santidad y visión, su indiferencia espiritual y su deficiente obediencia a la totalidad de la vida en el Espíritu; que continuamente buscan la perfección cristiana y tratan de discernir entre la verdad y el error, entre Cristo y el Anticristo, y entre el poder salvador del evangelio y las ilusas afirmaciones de todos los sistemas humanos de salvación (cf. Jn 16:8-14; Fil 3:12-14; Mt 5:48; 1 Jn 4:1-6; 1 Co 15:3).

El Espíritu garantiza el futuro goce completo de la libertad de la nueva vida, y hace de la nueva vida una señal de esperanza para el universo. Todos lo que afirman haber nacido del Espíritu y disfrutar de esa vida deben por lo tanto demostrar el fruto del Espíritu que es el amor, en su vida y conducta social. El amor, el gozo, la paz, la libertad y la justicia del reino deben caracterizar el estilo de vida personal y social de los creyentes, especialmente en su servicio libera­dor a favor del mundo. No podemos pretender gloria propia alguna, pero podemos servir con confianza ya que todo lo que pasa en la historia del mundo depende solamente del Espíritu de Dios (cf. Gá 5:22-23; Ro 14:17; Ef 1:13-14).

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