Afrontando las Dudas – Reflexión

Son muchas las incertidumbres y las dudas que no podemos evitar; y en nuestra propia generación son más apremiantes que jamás lo hayan sido. Inseguridad que surge de la amenaza del desempleo, de la pobreza, de la agitación política y laboral, de la rotura de las relaciones familiares y del estado general del mundo en la actuali­dad. Son incertidumbres con las que tenemos que vivir. Sin embargo, podemos tener una total confianza de que pertenecemos a Cristo, y se nos llama a esta confianza. Lo cierto es que hasta que no estemos seguros acerca de esta relación con él, ni podremos desarrollarla ni intro­ducir a otros a él. Estaríamos edificando la casa de nues­tras vidas sobre la arena, y no sobre la roca.

Pero, ¿acaso la misma pretensión de que los cristianos puedan tener certidumbre de dónde están no huele a presunción y a autoconfianza? Ésta es una acusación que se oye con frecuencia, pero sencillamente es falsa. Claro que hay cristianos presuntuosos, pero esto es culpa de ellos, no de su cristianismo. Es posible poseer certidum­bre sin ser presuntuoso.

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Supongamos que por Navidad le das a tu niña una bicicleta. Tu intención es que ella sepa que es de su propiedad, ¿verdad? Puede estar segura de tu regalo, pero no tiene nada de qué presumir. No la ganó; es un regalo.

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Y así es con Dios. Si comenzamos a pensar en lo que nos merecemos, el Nuevo Testamento nos lo dice sin rodeos: «El salario del pecado es la muerte.» No nos ganamos la nueva vida, ni podemos hacerlo. «El regalo gratuito de Dios es vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor.» La nueva vida es su don: sé que la tengo; pero sé también que se debe totalmente a su generosidad, no a mis méritos. Esto es lo que significa aquella famosa frase de «justificación por la fe». Somos justificados, absueltos, puestos a bien con Dios (posición ésta que nada puede destruir) no por nuestras «obras», por nuestros esfuerzos de autojustificación, sino por la «gracia», el inmerecido favor de Dios para con nosotros. Y esto lo recibimos por la «fe», confiando en él. «De modo que ahora, por cuanto hemos sido justificados por la fe, podemos tener una verdadera paz con Dios por lo que Jesucristo nuestro Señor ha hecho por nosotros. En respuesta a nuestra fe, él nos ha introducido en este lugar del mayor privilegio en el que estamos firmes, y nos alegramos en la expectativa de llegar a ser todo lo que Dios se ha propuesto para nosotros.»

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