Dispuestos a Morir por su Fe – Reflexión

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¿Que es la fe?

Según la Biblia: Hebreos 11:1-6 «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

2 Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. 3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. 4 Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella. 5 Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios. 6 Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.»

Romanos 1:17  «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe,  como está escrito:  Mas el justo por la fe vivirá.»

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Cuenta Richard Wurmbrand en su best seller autobiográfico, Torturado por Cristo, que cuando los rusos ocuparon Rumania, dos soldados rusos irrumpieron en una iglesia cristiana y, apuntando sus armas a todos los presentes, gritaron:

—¡No creemos en su fe! A los que no renuncien de inmediato a ella, los mataremos de un tiro ahora mismo. Los que renuncian a su fe, pasen a la derecha.

Algunos se pasaron a la derecha del recinto.

—¡Ustedes, salgan de la iglesia y regresen a sus casas! —les ordenó uno de los soldados.

Y salieron huyendo, como alma que lleva el diablo.

Los soldados rusos, una vez que quedaron solos con la mayoría de los asistentes que no se habían movido ni un ápice, los abrazaron y les dijeron emocionados:

—Nosotros también somos seguidores de Cristo, pero queríamos fraternizar sólo con aquellos que están dispuestos a morir por la verdad que profesan. 

En realidad, esta historia pone el dedo en la llaga. Aunque cueste trabajo admitirlo, hay muchos presuntos cristianos que tienen una úlcera en el alma que los está envenenando por completo.

Para éstos, el cristianismo no es más que un amuleto contra la mala suerte que en el mejor de los casos les trae muy buena suerte. Creen que Jesucristo tiene la obligación de protegerlos de todo accidente y de proveerles de todo lo que ansían y piden para gastar en sus propios deleites. Hacen con la religión un negocio. «Si yo sigo a Cristo —dicen—, entonces Él tiene que darme salud, dinero y placeres. Y si no, entonces no tengo por qué seguirlo.»

En cambio, los seguidores de Cristo que viven en países donde el ateísmo es la religión del estado arriesgan la vida cuando confiesan su fe en Él. En los lugares en que hay leyes que prohíben hablar acerca de la fe cristiana con personas menores de dieciocho años, el hacer tal proselitismo puede significar prisión y muerte. Y sin embargo miles de hombres y mujeres lo hacen, convencidos de la justicia de su causa, afrontando con valor hasta las últimas consecuencias.

Aunque parezca algo severo, Cristo espera lo mismo de todos sus seguidores, cualquiera que sea su país de origen o de residencia. Es que lo que no nos cuesta nada tampoco tiene valor alguno. Por eso el Rey David le dijo al jebuseo Arauna que no ofrecería a Dios lo que no le hubiera costado nada. (2S 24:24) Y por eso Cristo categóricamente dijo: «Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará…. Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.» (Mr 8:34,35,38)

Grandes hombres de Dios han muerto la muerte por su fe, Policarpo es un ejemplo ello:

Policarpo de Emirna (c. 70 – c. 155) es un santo de la Iglesia primitiva fue llevado al fin ante el procónsul Decio Cuadrato, que aún le dio la oportunidad de arrepentirse de su fe. El diálogo que mantuvieron fue este: “Declara que el César es el Señor”. Policarpo respondió: “Yo sólo reconozco como mi Señor a Jesucristo, el Hijo de Dios”. Añadió el gobernador: “¿Y qué pierde con echar un poco de incienso ante el altar del César? Renuncia a Cristo y salvarás tu vida”. A lo cual San Policarpo dio una respuesta admirable.

Dijo así: “Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a Él ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo”.

El procónsul le grita: “Si no adoras al César y sigues adorando a Cristo te condenaré a las llamas”. Y el santo responde: “Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga”.

¿Estamos dispuestos nosotros a hacer lo mimo?

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