La Ley de dar – El Dador Emocional – Reflexión

La Ley de dar – El Dador Emocional, es una interesante reflexión que nos cuenta el testimonio del pastor Benny Hinn, y nos demuestra cuan grande es Dios.

Cómo me conoció

—Toma asiento, Benny —dijo el caballero, conduciéndome a la sala de es­tar—. Acomodémonos y conversemos.

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Me dirigí rápidamente en la direc­ción que me señalaba y tomé asiento. Aun cuando había conocido a aquel hombre en su capacidad profe­sional por algún tiempo, estábamos a punto de cono­cernos de una manera más personal. La razón: Estaba a punto de convertirme en su yerno.

El hombre era el Rvdo. Roy Harthern, un pastor cuyo pulpito había ocupado como evangelista en varias ocasiones, y el padre de Suzanne, la mujer que escogí para casarme.

Al sentarnos frente a frente en su sala de estar, el padre de Suzanne dijo:

—Cuéntame algo de ti.

—Está bien. ¿Qué le gustaría saber? —le dije, y me preparé por lo que esperaba que sería una muy placen­tera conversación para conocernos. Después de todo, quería casarme con su hija, y parecía del todo justo que quisiera saber quién era yo.

—Dime algo acerca de ti, Benny —dijo Roy.

benny hinn, pastor, testimonioPensé que debía tener curiosidad acerca de mi fami­lia, y mi trasfondo, de modo que me preparé para decirle todo acerca de mí. Recorrí toda mi historia, incluyendo todo lo que parecía importante. Le conté cómo nos mudamos de Israel a Toronto, lo cual él ya sabía, pero no quería dejar nada fuera. Después de todo, ese hombre pronto sería mi suegro.

Roy me hizo preguntas acerca de esto y de lo otro, y al contestar cada una de ellas, pensaba: Realmente quiere saber todo acerca de quién se va a casar con su hija. Hasta ese momento me había conocido como evange­lista porque había predicado en su iglesia en un par de ocasiones. Dios se había movido poderosamente en esas reuniones, y me sentí bendecido al ser parte de ellas. También habíamos asistido a la misma reunión de ministros en Singapur, y viajado juntos en el largo vuelo de regreso. Sin embargo, nuestra relación era básicamente a nivel profesional, y eso era todo.

Yo era un evangelista joven con crecientes oportu­nidades para ministrar. Mi ministerio tenía algunas cuentas pendientes, pero había decidido no mencio­nárselas a Roy durante nuestra charla, porque no que­ría que tuviera alguna preocupación indebida respecto a mi matrimonio con su hija. Lo que no sabía es que Roy ya estaba enterado de la deuda.

Por varios minutos nuestra conversación fue tran­quila y casual. Apenas empezaba a sentirme a mis anchas, cuando nuestra conversación giró a un tono más intenso. Me preguntó:

—Benny, ¿diezmas?

Aunque estaba en el ministerio desde 1974, real­mente no comprendía mucho respecto al tema del diezmo. Aun cuando había pasado cientos y cientos de horas estudiando la Palabra de Dios, todavía no había concatenado todas sus enseñanzas en cuanto al asunto de dar. Era 1978, y nunca había oído una enseñanza fuerte sobre los principios divinos del diezmo y de dar. Básicamente asociaba la palabra diezmo con dar como donativo monetario una suma arbitraria… cuando me pareciera el momento apropiado. De modo que cada vez que iba a la iglesia, daba algo… cualquier cosa que me pareciera adecuada en ese momento.

Medio aturdido por su pregunta, no obstante, me aclaré la garganta y respondí lentamente:

—Bien, Roy… eeeso es algo entre Dios y yo.

Roy me miró directamente a los ojos y me dijo:

—Estás a punto de convertirte en mi yerno. Te prometo que eso será algo entre Dios, tú y yo.

Asombrado por su declaración directa, me detuve por un instante. Su pregunta me puso algo nervioso, y no estaba seguro de cómo responder.

—Pues… verá, Roy… es como… —arrastraba las pa­labras mientras buscaba una respuesta apropiada e inteligente. Cada momento me ponía más nervioso. Mientras trataba de pensar en lo que iba a decir, mi mente se llenaba de pensamientos tales como: ¿Por qué este hombre me hace estas preguntas? ¿Qué tiene esto que ver con el matrimonio, después de todo? ¡Esto no es asunto suyo!

—Bien —continué lentamente, tratando de parecer confiado—, usted sabe, a veces doy una buena canti­dad de dinero, a veces doy esta otra suma a Dios —mencionando sumas específicas que había dado en el pasado—. En realidad, creo que puedo decir que doy lo que siento que debo dar.

Se enderezó abruptamente, me señaló con el dedo directamente a la cara, y dijo enfáticamente:

—¡Ahora lo sé!

—Ahora sabe, ¿qué? —inquirí.

—Sentado aquí he estado deshilvanándome el cere­bro preguntándome por qué un joven evangelista con éxito como tú está endeudado. Deberías tener dinero en el banco. Y estás endeudado. Ahora lo sé. —Por favor, dígamelo —respondí—, porque a mí también me gustaría saber por qué estoy endeudado.

—¡Porque eres un dador emocional! —dijo Roy, contundentemente.

—¿De qué está hablando? —pregunté, tratando con todas mis fuerzas de no dejar que la voz traicionara mi irritación. Primero me hace una pregunta respecto a algo que realmente no es asunto suyo, y luego me dice que soy un dador emocional. A ese nivel ya estaba pensando: ¿Va a ser este hombre mi suegro? Olvídalo.

Roy respondió rápidamente:

—Acabas de decirme que algunas veces das tal cantidad y que otras veces das otra —repitiendo las cantidades que le había mencionado—. Das más cuan­do te sientes bien y das menos cuando no. Das más cuando el predicador te bendice y cuando no, das menos. Si la mañana te trata bien, das más; si tienes un mal día, das menos. Eso es dar emocionalmente. ¿Qué tal te parecería que Dios te devolviera de la manera en que le has estado dando?

—¡Lo hace! —le dije—. ¡Algunas veces las ofrendas son jugosas y otras no! ¡Unas veces son buenas y otras son malas!

Roy se inclinó hacia adelante y dijo:

—Nunca te olvides de esto, Benny. La ley de dar es una ley fija que no puedes cambiar. Dios maldice el dar emocional.

Mientras hablaba, podía sentir la unción en las pa­labras que él estaba diciendo.

—De modo que, ¿qué hago, Roy? —pregunté—. Estoy tremendamente endeudado.

— Te diré cómo librarte de deudas —dijo Roy.

—Por favor, estoy escuchando —respondí, ansioso de oír lo que me iba a decir.

—Empieza a pagar las cuentas de Dios —dijo Roy en forma decisiva.

—Roy, no tengo dinero ni para pagar mis cuentas —respondí.

Prácticamente obvió mi afirmación, y continuó

—Benny, si le pagas a Dios sus cuentas, Él hará triplicar las tuyas. La Palabra de Dios dice que la ley de dar es una ley fija. No puedes cambiarla ni puedes dar según tus emociones. Debes dar porque está ordenado. Das porque es la ley de Dios. Y si lo haces, Él te sacará de deudas. Regresa a tu casa y empieza a pagar las cuen­tas de Dios. Si lo haces, Él te sacará de deudas.

Nadie me había hablado acerca de dar, ni había tenido la audacia de hablarme de esa manera.

—¿Qué hago ahora? —pregunté, desesperado por respuestas.

—Pues bien, haz dos cosas —continuó Roy—. Nú­mero uno: Empieza a dar ahora; y número dos: págale a Dios todo lo que le debes.

Debo haberme quedado mirando fijamente a Roy cuando le pregunté:

—¿Qué fue lo que dijo?

—El Antiguo Testamento dice que si dejas de dar el diezmo, debes pagar lo que has dejado de dar añadien­do el veinte por ciento de lo que debes.

Asombrado, exclamé:

—¡Le debo a Dios más dinero del que les debo a mis acreedores!

—Correcto, Benny —dijo Roy.

—¿Me está diciendo que estoy más endeudado de lo que creía?

—La Palabra de Dios dice —repitió Roy—, que si dejas de dar el diezmo y las ofrendas, debes pagarlo añadiendo el veinte por ciento.

—En ese caso, debo cientos de miles de dólares —declaré—. ¿Qué hago?

—Empieza a pagar las cuentas de Dios y Él pagará las tuyas —reafirmó Roy enfáticamente.

Decisiones, decisiones

Mientras volaba de regreso a mi casa en Toronto, las palabras de Roy persistían decisiones en mi mente: «Si pagas las cuentas de Dios, Él pagará las tuyas». Sabía que Dios me había hablado y que Roy tenía razón, pero durante todo el vuelo libré una batalla. Quería obedecer a Dios, pero las circunstancias que estaba enfrentando me produ­cían un tremendo conflicto mental. «Amado Señor Je­sús», oré, «¿a quién obedezco? Sé que Roy tiene razón, pero, ¿qué puedo hacer respecto a todas esas cuentas pendientes?»

Y ¡sí que tenía cuentas! Vivía en Toronto, Canadá, y estaba ministrando por casi cuatro años. El Señor empezó a bendecir grandemente el ministerio, y las cosas empezaron a crecer y a expandirse. Empecé a hacer cultos el lunes por la noche en una enorme iglesia anglicana que tenía capacidad para unas tres mil seis­cientas personas, y más tarde nos fuimos a un edificio diferente.

Con todo marchando tan bien, dos hombres me habían aconsejado que saliera en la televisión. Dijeron: «Mira esto. El Señor está usándote, tienes multitudes, y te va muy bien. ¿Por qué no salir en la televisión?»

Acepté su consejo, dije: «Está bien. Es una buena idea».

En 1977 empezamos un programa semanal llamado «It’s a Miracle» en una estación de televisión canadiense. El programa se trasmitía los domingos a las diez de la noche, inmediatamente des­pués del programa «60 Minutes» . Era un tiempo excelente en una buena estación, pero el pro­blema era que el programa en la televisión fue una idea humana, no de Dios. Él nunca me dijo que saliera en televisión.

De acuerdo al contrato con la estación de televisión, el programa debía trasmitirse cada domingo por vein­tiocho semanas. En el contrato también acepté grabar los programas en las instalaciones de la estación. Con­secuentemente, con el costo del tiempo del estudio para preparar los programas y el tiempo de trasmisión semanal, de la noche a la mañana estuve lleno de deudas. Nunca antes en mi vida había tenido deudas, pero de súbito, estaba hasta el cuello. Pagaba mis cuentas cada semana, sólo para descubrir cada lunes al llegar a mi oficina que tenía más deudas que pagar; algunas de las que ni siquiera estaba enterado.

Las presiones financieras relacionadas con el pro­grama de televisión y los costos de producción empe­zaron a afectar los cultos. Antes de que pasara mucho tiempo mi libertad para ministrar se vio obstaculizada por la esclavitud que la deuda trajo a mi vida. Pronto las ofrendas no fueron suficientes para pagar las cuen­tas. Me vi obligado a recoger dos ofrendas: una para el ministerio y otra para la televisión.

Una mala decisión condujo a otra. Por ese tiempo había planeado un viaje a la Tierra Santa, pero debido a las finanzas me vi obligado a cancelar el viaje. La agencia de viajes entabló pleito judicial por dicha can­celación. De modo que enfrentaba el problema del pleito y la deuda al mismo tiempo. Pensaba: Señor, ¿en qué me equivoqué? Lo preguntaba con sinceridad, sin percatarme de que me había equivocado al escuchar a los hombres y pensar que Dios estaba en su plan. Es por eso que es tan importante conocer la voluntad de Dios.

Y para empeorar las cosas, me había enamorado y estaba haciendo planes para casarme. Todo ocurrió de repente, y descubrí que enamorarse puede ser muy costoso.

Cita divina

Permítame contarle brevemente lo que ocurrió. En esos días estaba viajando y ministrando. Por ese mismo tiempo co­nocí a Ronn Hauss, que es ahora mi evangelista asocia­do. Ronn me presentó a Roy Harthern, que en ese entonces tenía la iglesia de las Asambleas de Dios más grande de la nación. Estaba en Orlando, Florida, y la iglesia Calvary Assembly tenía una asistencia de diez mil personas por semana. Roy me invitó a predicar. Acepté, y tuvimos cinco cultos ese domingo. La unción del Señor fue poderosa en esos servicios.

Me invitaron a volver a Calvary, y acepté. No mu­cho después de haber predicado allí viajé a Singapur para asistir a una conferencia de David du Plessis. Ronn Haus trabajaba en el ministerio de Du Plessis y esperaba anhelante verlo en esa conferencia. Mi vuelo fue cancelado, y tuve que tomar un desvío por Tailan­dia. Eso hizo el viaje mucho más largo, y llegué cuando faltaba poco para que la conferencia concluyera.

Mis obligaciones hacían necesario que regresara a Toronto casi de inmediato. Me frustraba que los pro­blemas de viajes me impidieran asistir a la mayor parte de la conferencia. Cuando abordé el avión para regre­sar a casa, sin embargo, descubrí que Roy Harthern estaba en el mismo vuelo. Acabamos sentándonos jun­tos durante todo el vuelo. En cierto punto Roy sacó su billetera y me dijo: «Quiero mostrarte a mis hijas». Aunque había predicado dos veces en su iglesia, no había conocido a Suzanne debido a que estaba asistien­do a la universidad Evangel, una institución de las Asambleas de Dios en Springfield, Missouri.

Me mostró el retrato de sus tres hijas, una por una, diciéndome sus nombres. Cuando vi la fotografía de su hija Suzanne, el Señor me habló y me dijo: «Ella va a ser tu esposa». No me lo dijo con una voz audible, pero de todas maneras supe que me estaba hablando en estos momentos.

«Señor», le dije, «este no es el momento de hablarme acerca de una esposa. Estoy endeudado». Más tarde descubrí que el Señor le había dicho a Roy lo mismo en ese aeroplano, pero no me dijo lo que Dios le había dicho, y ciertamente yo no se lo mencioné.

No mucho después de eso Roy me invitó a pasar la Navidad en su casa. Acepté y planifiqué estar allí durante las fiestas. Suzanne vino de la universidad a su casa para celebrar la Navidad con su familia. Sin embargo, cuando llegué se había ido a la casa de una amiga.

Más tarde me enteré que Suzanne se había ido a la casa de su amiga porque se sentía nerviosa por la perspectiva de conocerme. De todas maneras Roy, su esposa Pauline, y yo, fuimos a la casa de la amiga para recoger a Suzanne e irnos a cenar. Cuando la vi sentí un gracioso temblor en las rodillas. Oí al Señor diciéndome las mismas palabras: «Ella va a ser tu esposa».

Le dije: «Señor, no es el momento de hablarme acerca de una esposa. Tengo cuentas pendientes que pagar… estoy en problemas económicos». Y aunque discutía con el Señor, sentía muy adentro un impulso, y sabía que Él me estaba hablando.

Casi en casa

Conforme avanzaba el vuelo a Toronto y el avión se acercaba más y más a casa, las palabras de Roy continuaban resonándome en los oídos: «Si pagas las cuentas de Dios, Él pagará las tuyas». Esta frase continuaba repitiéndo­se en mi mente. Muy adentro sabía que tenía razón. Poco antes de que el avión aterrizara en Toronto, tomé la decisión. ¡Obedecería a Dios!

Era miércoles, y el aeropuerto estaba a sólo diez minutos de mi oficina. Aterrizamos a medio día, y me dirigí directo a mi oficina. Saludé a la secretaria y le dije:

—Marian, tráigame la chequera.

—¿Para qué? —inquirió.

—Simplemente démela —repetí.

—Está bien —dijo dirigiéndose a su escritorio para sacar la chequera del ministerio.

—Envíe un cheque de mil dólares a… —y con eso le di las instrucciones para que enviara cantidades espe­cíficas a ciertos ministros y ministerios. Su mano em­pezó a temblar mientras giraba los cheques. Después de uno o dos cheques, se detuvo y preguntó:

—¿Qué está haciendo?

—Simplemente obedeciendo a Dios —respondí.

—¿Está seguro de que Dios le está hablando? —pre­guntó.

—¡Absolutamente! —afirmé.

—¿Qué quiere que haga? —inquirió.

—Envíe mil dólares a… y mil dólares a…

La lista se alargaba más y más.

De súbito la pobre mujer dijo:

—Espere, espere. Va a quedarse sin dinero muy pronto y se va a ir a la bancarrota. —Se detuvo y miró la lista. Luego me miró y dijo—: ¿Qué está haciendo? Estas no son personas a las que les deba algún dinero.

—Lo sé —respondí—. Ese es dinero que le debo al Señor, de modo que ¡obedezcámosle!

Una vez ganada mi batalla en el avión, había empe­zado a calcular cuánto le debía a Dios. Nací de nuevo en 1972 y era ya 1978. Al sumar todos los años en que no había dado el diezmo me di cuenta de que le debía a Dios más de lo que le debía a la estación de televisión. Y estaba decidido a empezar obedeciendo a Dios.

Completada la lista, mi secretaria empezó a girar los cheques. Su mano temblaba al escribir las cantida­des. A decir verdad, cuando se dio cuenta de que para cubrir todos los cheques se necesitaría casi todo lo que quedaba en la chequera se puso nerviosa y llamó a todos los miembros de mi junta directiva. Antes de que pasara una hora todos, los nueve, vinieron a mi oficina y preguntaron:

—¿Qué estás haciendo?

—¡Obedeciendo a Dios! —dije.

—Pero estás endeudado. No puedes hacer eso —protestaron—. Tenemos cuentas que pagar.

—Estoy obedeciendo a Dios. Estoy pagándole a Dios —dije firmemente.

Mi contador tomó la palabra y dijo:

—Benny: te vas a ir a la bancarrota. Ni siquiera tienes dinero para pagar tus propias cuentas pendien­tes. ¿Qué estás haciendo, regalando todo el dinero? —No comprendes —dije con determinación Debo obedecer a Dios.

—Pero le debes a la estación de televisión y le debes a… —y con eso los miembros de la junta empezaron a mencionar la lista de mis acreedores.

—Miren —les dije—. Dios me dijo por medio de un hombre que le pagara primero a Él.

Perplejo, mi contador renunció. Luego renunció mi abogado. Otro miembro de la junta siguió, diciendo:

—Lo lamento. ¡No quiero ser parte de un ministerio en bancarrota!

Siete de los nueve miembros de la junta renuncia­ron. Todo el mundo renunció, excepto dos.

Al quedar los dos miembros restantes de la junta solos con mi secretaria y yo, Fred Brown, con sus labios temblando, dijo:

—¿Estás seguro de que Dios te ha hablado?

—Sí —le dije con confianza y sin vacilación.

—Pueesss bien, si Dios te ha hablado, me quedo contigo —dijo.

—Gracias —respondí.

—Yo también —agregó Fred Spring, que ahora es parte del personal de mi ministerio y lo ha sido por muchos años.

La suma de todos esos cheques vació la chequera. Y la pobre Marian, con la cara pálida cerró la chequera; todos nos fuimos a casa.

Eso fue un miércoles. El jueves y el viernes ni siquie­ra fui a la oficina. Con una cuenta de cheques vacía, no había nada para enviar a ninguno de los acreedores y no quería tener que contestar el teléfono. Sabía que no tenía nada que perder. Estaba endeudado en lo natu­ral, pero sabía que era más importante obedecer a Dios. Confiando en Él, dejé vacía esa cuenta de cheques. Le dije: «Señor: Si Roy tiene razón y tú has dicho: «pro­badme ahora en esto si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías 3.10), te estoy proban­do, Señor. Estoy probándote al no dejar nada en la cuenta».

Con diez centavos en mi bolsillo

Al siguiente domingo fui a la iglesia. En aquellos días tenía un viejo Pontiac de dos puertas, con el techo rojo, que en un tiempo había sido de mi hermano me­nor, Willie. Llegué a la iglesia, aun cuando casi ni tenía gasolina para llegar y luego regresar a casa. Entré con sólo una moneda de diez centavos en mi bolsillo. Eso era todo lo que tenía, pero era el primer domingo en que realmente iba a dar el diezmo. Pensaba, diez centavos… eso quiere decir que debo darle a Dios un centavo.

Mientras el ministro anunciaba la recolección de la ofrenda y los ujieres distribuían los platos, me percaté que ni siquiera tenía un centavo para dar. Todo lo que tenía era una moneda de diez centavos. De modo que cuando el plato de la ofrenda llegó hasta mí, aunque en realidad quería dar el diezmo de los diez centavos que tenía en el bolsillo, no puse nada porque no tenía monedas de un centavo.

Mientras sostenía el plato de la ofrenda en mi mano, oí que el Señor decía: «Dalo».

Señor, seguro que no lo dices en serio, pensé. Acabo de dar todo el dinero que había en la cuenta boticaria, y ya no queda nada.

«No, no lo diste todo. Todavía tienes diez centavos en tu bolsillo», me dijo. «Dalo».

La convicción del Espíritu de Dios fue tan fuerte que empecé a sudar. Luché por esos diez centavos más que por los miles de la cuenta bancaria. Pensé: No puedo creer que Dios me pidiera esto.

Entonces me habló de nuevo y me dijo: «Quiero que des esos diez centavos sacrificialmente. Es la clave que abrirá los cielos para ti».

Lentamente metí la mano en el bolsillo y saqué mi última moneda. Me quedé sentado contemplando por un momento la moneda que tenía en la mano. Luché con la idea de darla, por cuanto era todo lo que tenía. Finalmente la deposité en el plato de la ofrenda. Lo más difícil aquella mañana fue dar esos diez centavos. Aun cuando diez centavos no podían haber logrado gran cosa, pensé que me fue más difícil dar esa moneda que regalar todo el dinero de la cuenta del ministerio el miércoles anterior.

El correo del lunes por la mañana

Me desperté temprano el lunes, y me preparé para empezar el día. Pensé: Señor, ¿qué hago ahora? La cuenta bancaria mañana esta vacía, no me queda ni un centavo. No tengo ni siquiera dinero personal en el ban­co y todavía te debo más que a nadie.

Estaba nervioso mientras me alistaba para ir a la oficina. Tuve que pedirle a mi hermano que me pres­tara algo de dinero para poner gasolina en el automó­vil, lo suficiente como para llegar a la oficina. Poco después uno de los dos miembros de mi junta pasó simplemente para asegurarse de que estaba bien. No mucho después de haber llegado él trajeron el correo, y pensé: Ay, Señor, ¡más facturas! Ay, ¿qué voy a hacer?

Mi pobre secretaria, Marian, estaba enferma esa mañana. Se veía pálida, pero vino de todas maneras porque sabía que iba a ser la semana de la decisión.

Abrí el primer sobre y quedé estupefacto. Era de uno de aquellos individuos al que le había dicho a mi secretaria que le enviara un cheque el miércoles ante­rior. Al principio no podía creer lo que mis ojos veían, por cuanto yo no le agradaba en forma particular y me lo había dicho directamente. Había un cheque por mil dólares. Incluía una nota que decía: «El Señor me des­pertó el miércoles por la noche y me dijo que le enviara esto». Envió ese cheque antes de recibir el mío. Pensé: Vaya, esto debe ser real. Debe ser Dios.

Yo dije: «Querido Jesús, ¡Roy tiene razón! Pero son sólo mil dólares, y todavía queda mucho camino por delante». El momento en que vi la cantidad del cheque el Señor me habló claramente y me dijo: «Dile a tu secretaria que gire un cheque por cien dólares ahora mismo. No esperes. Envíalo a…» Y así envié esos cien dólares ese mismo día.

Continué abriendo las cartas, sobre por sobre, y para el viernes habían llegado ocho mil dólares, de parte de personas que decían: «Dios me dijo que le enviara esto». Dios habló; Dios habló; Dios habló; Dios habló. Dios no se movió a mi favor sino cuando le obedecí. He descubierto una maravillosa verdad: ¡Cualquier cosa que lo mueve a usted, mueve a Dios! ¡Cualquier cosa que lo mueve a usted, moverá al cielo a su favor!

El dinero empezó a llegar milagrosamente. La gente empezó a escribirme inesperadamente, incluso algu­nos que jamás habían expresado ningún apego o amis­tad conmigo, y en pocos meses quedé totalmente libre de deudas.

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