Comentario 1ra Tesalonicenses Capítulo 2

Este es el Comentario de 1ra Tesalonicenses Capitulo 2 donde nos habla de la defensa de Pablo, ya que lo acusaban de querer enriquecerse por medio del engaño.

Defensa de Pablo

Pablo preso, encarcelado escribiendo epistolas, comentarioEs un tanto difícil para un ministro del evangelio saber cuándo debe defenderse. Casi siempre hay críticas injustas, pero cuando éstas ponen en peligro su mensaje y ministerio, es menester presentar una defensa. Este es el caso en el segundo capítulo de 1 Tesalonicenses. No sabemos exactamente qué habían dicho los enemigos del apóstol, pero por lo que él dice en su defensa podemos deducir varias acusaciones.

En términos generales, acusaban a Pablo de querer enriquecerse por medio del engaño y engrandecerse en los ojos de gente ingenua. Parece que sus adversarios eran judíos, cuyo verdadero propósito era impedir la predicación del evangelio a los gentiles (2:14–16).

Su visita no resultó vana 2:1. El “porque” del primer versículo hace referencia a algún antecedente. Probablemente se refiere a 1:5, donde Pablo pone a los hermanos tesalonicenses como testigos de la conducta que había observado mientras estuvo en medio de ellos. Dice literalmente: “como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros”.

En el 2.1 repite la frase” …vosotros mismos sabéis, hermanos…” ¡Qué bendición cuando un siervo de Dios se ha comportado de tal forma en una iglesia que los mismos hermanos son su mejor defensa.

El vocablo en griego que se traduce aquí como visita, podría ser entrada, y así la tienen algunas versiones. La palabra vanatambién podría ser vacía. En Marcos 12:3, hablando de un siervo del hombre que plantó una viña, se dice: “Mas ellos, tomándole, le golpearon, y le enviaron con las manos vacías”.

Si aceptamos estas variaciones, podríamos parafrasear el texto como sigue: “Cuando llegamos a vosotros, nuestras manos no estaban vacías”. En otras palabras, habían llegado a ellos con las manos llenas, para impartir la verdad del evangelio y para entregar su propia vida en servicio a ellos. No habían venido vacíos, con el fin de enriquecerse a costa de ellos.

Si aceptamos lo que dice la versión Reina-Valera 1960, llegamos a la conclusión de que la visita o la estancia de los misioneros en Tesalónica no fue infructuosa. En el capítulo 1 abunda la evidencia de que tuvieron un ministerio muy fructífero. Muchos se convirtieron y dieron muchas muestras de su fe verdadera, incluyendo la propagación del mensaje por todo aquel mundo.

Pablo mostró denuedo en Tesalónica 2:2. Pablo recordó a los tesalonicenses como él y sus colegas habían sufrido por el evangelio en Filipos (2:2a). Los detalles se encuentran en Hechos 16:11–40. En vez de desmayar por semejante maltrato, siguieron fieles a la visión macedonia y llegaron a Tesalónica, donde predicaron con denuedo el evangelio de Dios en medio de gran oposición (2:2b). La frase “como sabéis” indica que los hermanos tesalonicenses eran testigos del denuedo de Pablo y sus compañeros. Si los misioneros hubiesen ido motivados por el amor al dinero o por el deseo de engrandecerse, habrían abandonado la obra para volver a un trabajo que no exigiera semejante sacrificio.

Pablo no predicó por engaño 2:3. El mensaje de Pablo no provenía del error (2:3a). Él predicaba el evangelio, o sea, las buenas de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. El suyo, era un mensaje basado en muchas pruebas de su veracidad y había sido corroborado por todos los apóstoles, incluyendo a Pablo, quien vio a Cristo en el camino a Damasco (Hechos 9). No es sorprendente que los judíos dijeran que la fuente de su mensaje era el error. Ellos no creían en la resurrección de Cristo, e inventaron una fábula para decir que no resucitó de los muertos (Mateo 28:11–15).

Su exhortación tampoco procedió de la impureza (2:3b). La fornicación era una práctica común en los cultos paganos de aquel entonces, y parece que sus opositores habían acusado a Pablo de practicarla en sus cultos. Por ello, se vio obligado a defenderse de esa acusación también y aclarar que tales prácticas no formaban parte del culto evangélico.

Pablo no usó de ningún engaño para atraer a la gente ni para persuadirla a aceptar a Cristo. Él dependía del poder de Dios para llevar a cabo su obra. El uso de trucos no era correcto, ni eran necesarios para el éxito en un ministerio honrado.

¡Qué lección para nosotros, los que predicamos el evangelio! Pablo dijo en Romanos 1:16:

“No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…”

No debemos depender de trucos, elocuencia ni persuasión humana para hacer la obra. La palabra misma, predicada con sencillez en el poder del Espíritu Santo hace su obra.

Pablo fue aprobado por Dios para predicar el evangelio 2:4. La frase “fuimos aprobados por Dios” lleva la idea de ser sometidos a prueba, ser examinados y ser hallados fieles (2:4a). El verbo está en tiempo perfecto, de modo que podría traducirse de la manera siguiente: “Hemos sido aprobados por Dios”. En otras palabras, el proceso de ser examinados seguía en pie hasta el momento en que Pablo escribió estas líneas.

Desde su conversión a Cristo, había sido sometido a prueba. Esto incluye el tiempo que pasó en Arabia, su visita a Jerusalén, sus años en Tarso, su ministerio en Antioquía, su primer viaje misionero, el recorrido por los lugares visitados en ese viaje, y la experiencia en Filipos. En cada caso, Dios estaba sometiendo a su siervo a prueba, y siempre lo había hallado digno o genuino.

Como resultado de salir aprobado de cada uno de estos exámenes, Dios le había confiado el privilegio de predicar el evangelio continuamente, incluyendo el ministerio en Tesalónica. Pablo estaba siempre consciente de haber sido puesto en el ministerio por Dios. En 1 Timoteo 1:11–12 dijo:

“Según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado. Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio”.

Habiendo sido puesto en el ministerio por Dios, Pablo sentía la responsabilidad de agradar al Señor, y no a los hombres (1:4b). La tentación de agradar a los hombres está siempre presente para el que predica la palabra divina. Si uno no se cuida, comienza a eliminar ciertas cosas de su prédica para no ofender a sus oyentes. El siervo de Dios no debe predicar para ofender, pero no debe cambiar su mensaje sólo porque determinado personaje llega repentinamente al culto.

Pablo no predicó por avaricia 2:5. Pablo decía que no usaba “de palabras lisonjeras” (2:5a), porque éstas sólo pueden tener un propósito. Uno de ellos es para congraciarse con otros. En este contexto la razón es evidente, porque en aquel entonces abundaban charlatanes que comerciaban con su capacidad de pronunciar discursos acerca de diferentes temas. Probablemente algunos habían acusado a Pablo de predicar para sacar provecho material de sus oyentes.

Una vez más, él puso a los tesalonicenses como testigos de la falsedad de tal cargo (2:5b). Desmintió la acusación categóricamente con las palabras: “ni encubrimos avaricia” (2:5c) y puso a Dios como testigo (2:5d). Pocas personas pueden hacer eso, pero Pablo conocía su corazón, y sabía que era inocente.

Hay muchas cosas que tientan al ministro del evangelio. Una de ellas es el amor o mal uso del dinero. Es menester cuidarse mucho para ser guiado por el Espíritu Santo y no por ofertas monetarias. ¡Dichoso el joven ministro que conoce a un siervo de Dios de experiencia que le puede servir de mentor en tales cosas!

Pablo no predicó por alcanzar gloria personal 2:6. Existía la insinuación de que Pablo predicaba para obtener la gloria de los hombres (2:6a). Abundaban quienes sí lo hacían, pero no este siervo de Dios. ¿Qué gloria había en una cárcel de Filipos? ¿Qué gloria traía la experiencia de haber sido perseguido en Tesalónica y Berea? Él no buscaba la gloria ni de adversarios ni de amigos (2:6b).

Su única meta era que Dios recibiera la gloria por la salvación de las almas y la edificación de cuantos creyeran. El apóstol aun se privaba de sus privilegios o derechos legítimos. Él podía ser una carga por ser apóstol de Cristo. En otras palabras, tenía derecho a vivir del evangelio o esperar que los tesalonicenses lo sostuvieran mientras predicaba en medio de ellos. Pero los misioneros decidieron no hacerlo, y al contrario, servían a los hermanos de Tesalónica con gran amor, como hacen constar los versículos 7–9.

Pablo mostró ternura para los tesalonicenses 2:7. En vez de usar su autoridad apostólica para exigir la atención de los tesalonicenses, Pablo los trató con mucha ternura (2:7). El cuadro que presenta es el de una madre que abriga tiernamente a su bebé en el regazo mientras lo acaricia. No es común pensar de Pablo como un hombre de gran sensibilidad o ternura, pero así se presenta en este contexto.

Es loable cuando un pastor puede derramar lágrimas por las almas perdidas y con los hermanos cuando pasan por diversas pruebas. Tendemos a creer que al hombre tierno de corazón le falta carácter varonil. Al contrario, las lágrimas genuinas vinculan al pastor con su pueblo.

Pablo estaba dispuesto a sacrificarse por los tesalonicenses 2:8. El amor que Pablo y sus compañeros sentían por los tesalonicenses era muy grande (2:8a). Los hermanos habían llegado a serles muy queridos (2:8d). Ese amor se manifestaba de dos maneras:

  •       Los motivó a entregarles el evangelio, (2:8c) y
  •       Los motivó incluso a estar dispuestos a entregarles su propia vida (2:8b).

   Un amor así se compara con el amor de Cristo, y desmiente toda acusación falsa acerca de los motivos de los misioneros.

Los misioneros se sostenían a sí mismos 2:9. En el versículo 6, Pablo ya había dicho que él y sus colegas evitaban ser una carga para los tesalonicenses.

Aquí da más detalles acerca de esa afirmación. Habían trabajado con sus propias manos para no ser gravosos a ninguno de ellos (2:9c). Hechos 18:1–3 habla de la relación que existía entre Pablo, Aquila y Priscila. Todos practicaban el mismo oficio, y Pablo se quedó con ellos; “…el oficio de ellos era hacer tiendas” (Hechos 18:3c).

Los tesalonicenses eran testigos del trabajo que Pablo y sus compañeros desplegaban de noche y de día para no ser gravosos (2:9a y b). Trabajaban con sus manos para sostenerse y poder predicar el evangelio de Dios (2:9d). No tenían la meta de enriquecerse, sino de proclamar el mensaje de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Tal trabajo era otra evidencia de su gran amor para los tesalonicenses.

Había quienes cooperaban económicamente con Pablo en su ministerio (Filipenses 4:15–16), pero parece que él tenía la costumbre de no ser carga para nadie durante la predicación inicial en cada lugar (2 Corintios 11:8–9).

Pablo enseñaba que el obrero es digno de su salario (1 Timoteo 5:17–18) y los miembros de la iglesia hacen bien en cumplir con este principio bíblico. Asimismo, es muy loable ver a un hombre de Dios trabajar con sus propias manos para obtener su sostén cuando la carencia de recursos económicos no permite a los hermanos sostenerlo completamente.

La conducta de Pablo fue ejemplar 2:10. El apóstol usa tres adverbios para describir su comportamiento entre los tesalonicenses. Dijo que él y sus colegas se comportaron: santa, justa e irreprensiblemente con los creyentes (2:10). Una vez más pone a los tesalonicenses como testigos con la frase: “Vosotros sois testigos” (2:10a). Santamentese refiere a la conducta pura, separada del mal y apartada para Dios, cosa que debe caracterizar a todos los creyentes.

Justamente tiene que ver con la justicia práctica. No hace referencia a la justicia perfecta de Cristo, que es nuestra por haberlo aceptado como nuestro Salvador. Procedemos justamente cuando damos a Dios y a los seres humanos lo que les pertenece. Irreprensiblemente quiere decir en forma irreprochable.

Así era la conducta de Pablo, Silas y Timoteo. Pablo enseñaba que “es necesario que el obispo sea irreprensible” (1 Timoteo 3:2) y practicaba lo que predicaba.

padre, hijo, conviviendo, enseñando, amorPablo fue como un padre para los creyentes 2:11–12. Anteriormente habló de mostrar ternura hacia los hermanos tesalonicenses (2:7). Tal cuidado generalmente es característico de una madre. En estos dos versículos describe su papel como padre espiritual que se preocupaba por el desarrollo completo de sus hijos, así como su autoridad. Para llevarlos hacia la madurez espiritual, les exhortaba, les consolaba y les encargaba que anduvieran como es digno de Dios.

Una de las definiciones de exhortar es “amonestar con urgencia”. Ese papel le pertenece al padre. Consolar tiene un significado más obvio. Los tesalonicenses estaban pasando por muchas pruebas, y necesitaban del ministerio de consolación. “Encargar” tiene la idea de pedir a alguien que asuma una seria responsabilidad. El encargo tenía que ver con andar como es digno de Dios.

Pablo agregó que Dios les había llamado “a su reino y gloria”. El reino de Dios tiene cuando menos dos significados. Hay un aspecto actual, que es espiritual (Colosenses 1:12–13). Tiene también un aspecto futuro que se llevará a cabo cuando Cristo vuelva a esta tierra para reinar. Los cristianos somos partícipes de ambos.

Cristo debe reinar ahora mismo en nuestros corazones, y reinaremos con él sobre la tierra cuando regrese (Apocalipsis 2:10 y 5:6). Debemos hacer todo para la gloria de Dios.

Preocupación de Pablo por los tesalonicenses

Ya hemos observado la forma en que Pablo amaba a los creyentes de Tesalónica; incluso estaba dispuesto a entregarse por ellos. En este capítulo se pone de relieve su gran preocupación por ellos. Pablo y sus colegas tuvieron que salir repentinamente de Tesalónica después de la persecución que iniciaron contra ellos los judíos.

Puesto que su estancia en esa ciudad había sido muy breve, no tuvieron tiempo suficiente como para confirmar a los creyentes en su fe. Debido a ello, se fueron muy preocupados por ellos. Entre otras cosas, no sabían si habían podido resistir la oposición de los enemigos a la palabra de Dios.

Pablo vuelve a su tema de dar gracias a Dios por los hermanos tesalonicenses. Esa era su norma constante; lo hacía sin cesar (2:13a–b). La gratitud que expresa en este versículo tiene que ver con la manera en que los tesalonicenses recibieron la palabra de Dios que habían oído de los misioneros (2:13c).

La recibieron no como palabra de hombres (2:13d), sino como la verdad, la palabra de Dios (2:13e). Es obvio que el Señor había abierto sus corazones, tal como hizo con Lidia en Filipos (Hechos 16:14).

Romanos 10:17 dice:

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”.

Los siervos de Dios habían declarado que el evangelio es la palabra de Dios, y así fue recibido. Ella tiene poder en sí para regenerar las almas (1 Pedro 1:23), y su poder se manifestó en los corazones de los tesalonicenses que creyeron.

El deber de los enviados de Dios es compartir la palabra, no usando palabras persuasivas, ni trucos o engaños, sino en el poder del Espíritu Santo. Él hace la obra de Dios en los corazones de cuantos creen.

Esa palabra no sólo regeneró a los creyentes, sino que también actuaba en ellos. Pablo usó el tiempo presente: “la cual actúa en vosotros los creyentes” (2:13f). La palabra hace una obra continua en los corazones de los que hemos creído. El mismo verbo se usa en Efesios 3:20:

Con razón debemos empapar nuestra mente y corazón con la palabra de Dios, para dar al Espíritu algo sobre lo que pueda actuar. Pablo aconseja en Colosenses 3:16:

“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”.

El papel de los judíos en iniciar la persecución 2:14. Pablo dijo que los hermanos tesalonicenses habían llegado a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que estaban en Judea (2:14a). Esas congregaciones habían sido víctimas de la persecución de parte de sus paisanos (2:14b).

En el párrafo introductorio se hizo referencia a la persecución contra Pablo y sus colegas por parte de los judíos de Tesalónica, quienes alborotaron al pueblo y a las autoridades de la ciudad acusándolos falsamente diciendo que contravienen los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús (Hechos 17:7–8).

La meta inmediata de los judíos era acallar a Pablo y a sus compañeros, pero seguramente la persecución de los coterráneos de los tesalonicenses continuó aún después de la salida de los misioneros. Probablemente esas noticias habían llegado a oídos de Pablo, y aumentaron su preocupación.

Seguramente su referencia a los padecimientos de los creyentes de Judea de parte de los judíos le hizo recordar su papel en la persecución de ellos antes de convertirse a Cristo. Saulo consintió en la muerte de Esteban, y:

“en aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1).

Trayectoria de persecución de parte de los judíos 2:15–16. Pablo menciona varias cosas que los judíos hicieron contra el Señor y su iglesia (2:15–16). Los acusa de matar al Señor Jesús. Él no fue el primero en levantar semejante acusación. Los detalles de la muerte del Señor que se dan en los evangelios confirman las palabras de Pablo.

Los líderes religiosos buscaban la forma de matarlo (Juan 11:45–53). Pilato quiso soltarlo, pero los judíos pidieron su muerte (Juan 19:12–15). Pedro declaró en Hechos 2:22–23:

“Varones, israelitas” a Jesús nazareno, “prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole”.

Pablo dijo además que también habían asesinado a sus propios profetas. Sus palabras concuerdan con lo que dijo Esteban en su mensaje a los judíos, antes de ser apedreado por ellos:

“¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo…” (Hechos 7:52).

En resumen, los judíos expulsaron a Pablo, no agradaban a Dios, se oponían a todos los hombres, e impedían que Pablo y sus colegas hablaran a los gentiles para que éstos se salvaran.

Semejante maltrato a los profetas, a Cristo, a los predicadores del evangelio y a los creyentes en Cristo, traerá sus consecuencias. Primera Tesalonicenses 2:16 aclara eso muy bien:

“Así colman siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo”.

En su misericordia, Dios pasa por alto los pecados de los seres humanos por algún tiempo (Hechos 17:30).

A muchos pecadores les parece que Dios ignora sus pecados y que siempre los pasará por alto. Infortunadamente, la copa de su ira sigue llenándose hasta el colmo, y la oportunidad de arrepentirse pronto terminará (Proverbios 29:1). La expresión: “vino sobre ellos la ira hasta el extremo” no es específica, pero ha habido varios juicios. Jerusalén fue destruida en el año 70 d. C. Las tinieblas espirituales prevalecen sobre los judíos hasta el día de hoy, y para quienes no crean en Cristo, les espera el colmo de la ira de Dios en diversos juicios futuros.

Antes de pasar a otro tema, para evitar el peligro de fomentar sentimientos antisemíticos, conviene aclarar algunas cosas. Los judíos son el pueblo de Dios. Él ha hecho pactos permanentes con ellos (Génesis 12:1–3 y 13:15; 2 Samuel 7:8–16; Jeremías 31:31–34 y Romanos 11:25–32). Nuestro Señor Jesucristo mismo hizo la siguiente petición desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Dios mismo se encargará de castigarlos por el maltrato que infligieron a su Hijo, pero a nosotros los gentiles creyentes nos conviene bendecirlos (Génesis 12:3) y unirnos a Pablo en pedir a nuestro Padre celestial por su salvación (Romanos 10:1).

Pablo deseaba ver a los creyentes 2:17. El apóstol dijo que su corazón estaba con los creyentes, aunque estaba separado de ellos por un poco de tiempo (2:17a), anhelaba verlos (2:17b). A la vez que Pablo expresa un deseo grande y sincero de ver a los hermanos tesalonicenses, es muy posible que algún adversario hubiese insinuado que no volvería a visitarles. Él les escribió para confirmarles su deseo ardiente y para silenciar a sus opositores.

Satanás estorbó los esfuerzos de Pablo de visitarles 2:18. Pablo procuró ir a los tesalonicenses una y otra vez, pero Satanás le estorbó. Es bien sabido que Satanás es el adversario de Dios y de los hijos de Dios. El apóstol Pedro dijo:

“porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

Satanás sabía que al regresar Pablo para animar a los creyentes, habría nuevos triunfos en la predicación del evangelio y nuevas derrotas para él. Con razón el enemigo ponía obstáculos para impedir el regreso del apóstol. Cada avance de parte de la iglesia despierta la resistencia del enemigo. Nosotros los cristianos debemos de resistir sus ataques con el poder del Espíritu Santo (1 Pedro 5:9), confiando en el triunfo por intervención divina (1 Pedro 5:10–11 y Efesios 6:10–18).

Tales luchas con Satanás no son nuevas. En el capítulo 10 del libro de Daniel tenemos un caso muy interesante que demuestra la forma en que Satanás se opone a la obra de Dios. Daniel había recibido una visión del Señor (Daniel 10: 1). La visión le impactó tanto, que pasó tres semanas afligido (10:2). Después se le apareció un ángel con el siguiente informe:

“Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales prícipes, vino para ayudarme, y quedé allí con los reyes de Persia” (Daniel 10:12–13).

“El príncipe de Persia” probablemente era un demonio enviado de parte de Satanás. Es menester tomar en cuenta que el demonio prevaleció sólo por un tiempo limitado. El tiempo que él se opuso coincide con el tiempo que Daniel pasó postrado delante de Dios (10:2). La intercesión de Daniel fue motivada por Dios, tal como la intervención de parte del ángel.

Al fin y al cabo triunfó el Altísimo, y siempre triunfará, pero en su misericordia permite que sus siervos participen con él como colaboradores en llevar a cabo sus propósitos eternos (2 Corintios 6:1). A él sea toda la gloria por los triunfos en que nos permite participar.

Los tesalonicenses creyentes son el gozo y la gloria de Pablo 2:19–20. Pablo ya había puesto a los tesalonicenses como testigos de la efectividad de su ministerio (2:1). En este contexto, usando palabras muy tiernas, expresa sus sentimientos profundos en cuanto a su relación continua y creciente con ellos.

Además, echa una mirada hacia la venida de nuestro Señor Jesucristo y pregunta: “¿Cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida?”

Nuestro Señor Jesucristo dijo:

“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:10).

También hay gran gozo aquí en la tierra en el corazón del que gana almas para Cristo. Él siente que hay una relación estrecha con sus discípulos y encuentra gran satisfacción en el hecho de que la semilla que siembra germina y da fruto.

Le encanta contar a otros los testimonios de sus adeptos. Pero mucho mayor será nuestro gozo cuando en el tribunal de Cristo recibamos la corona por nuestras labores que han traído almas a sus pies.

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